Carta de Engels a Marx, febrero de 1851

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Esta carta de Engels rara vez es citada. Probablemente por su tono iconoclasta, que revela una voluntad de comprender la realidad efectiva de la vida social para poder actuar de manera transformadora por encima de otras consideraciones, como las organizaciones políticas contingentes en las que se pueda actuar. Este rasgo probablemente moleste a las micro-burocracias de la izquierda radicalizada, ya que vivimos un tiempo en el que los grandes aparatos de masas se han visto adelgazados por la crisis del proyecto socialista, porque pone a la teoría y al conocimiento por encima de los grupos en que se milita. De ninguna manera podría encontrarse aquí una expresión de la omnipotencia de las ideas. Basta leer hasta el final cuando Engels describe la dinámica revolucionaria standard con gran realismo, como un cataclismo que arrastra a todas las fuerzas sociales y partidos. La teoría es un plus que abre una oportunidad para actuar y triunfar en un escenario convulsivo pero que no garantiza nada. Mucho menos si nuestra conducta se limita a la administración de una herencia doctrinaria construida por grandes revolucionarios que han abandonado este mundo hace ya mucho. El contexto en el que debe leerse esta carta es el de la agonía de la Liga Comunista alemana y la lucha que tanto Marx como Engels llevaron adelante contra las ilusiones despertadas por el optimismo afiebrado de ciertos emigrados alemanes o también la falta de perspectiva de largo plazo de los dirigentes que habían participado en la construcción de un movimiento de masas como el cartismo. La forma política de la secta había mostrado sus límites pero también, de otra manera y con otros problemas y atenuantes, lo habían hecho los movimientos populares de su tiempo.


13 de febrero, 1851

Querido Marx:

La estupidez y la falta de tacto de Harney me han irritado personalmente más que cualquier otra cosa. Au fond, por supuesto, no significan nada.

Por fin volvemos a tener la ocasión, tras mucho tiempo, de mostrar a todos que no necesitamos ni popularidad ni el apoyo de ningún partido de ningún país, y que nuestra posición es totalmente independiente de semejantes consideraciones despreciables. De ahora en adelante seremos responsables sólo ante nosotros mismos; y cuando esos caballeros crean necesitarnos, nos encontraremos en una situación que nos permitirá dictar nuestras propias condiciones. Hasta entonces, al menos, tendremos paz. A decir verdad, incluso cierta soledad: mon Dieu, llevo soportándola tres meses aquí en Manchester y me he acostumbrado a ella, y además llevando vida de soltero, -aquí, al menos-, resulta terriblemente aburrido. En realidad, no tenemos motivo para quejarnos de que los petits grands hommes nos eviten. ¿No hemos pretendido, Dios sabe durante cuantos años, que éste y aquel eran de nuestro partido cuando realmente no teníamos un partido y cuando quienes figuraban, al menos oficialmente, como pertenecientes a él, sous réserve de les appeler des bétes incorrigibles entre nous, no entendían ni los rudimentos de lo que nosotros pretendíamos? ¿Cómo es posible que personas como nosotros, que evitamos los cargos políticos como la plaga nos encontrásemos a gusto en un “partido”? Siempre hemos escupido sobre la popularidad, dudando de nosotros mismos tan pronto comenzábamos a sentirnos populares; ¿qué podríamos hacer, pues, con un “partido”, es decir, con una colección de asnos que juran en nuestro nombre porque nos toman por asnos como ellos? La verdad es que no perderíamos gran cosa si dejásemos de ser la “expresión correcta y completa” de estos idiotas e ineptos entre los cuales hemos caído en estos últimos años.

Una revolución es un fenómeno real y natural gobernado por leyes físicas más que por las reglas que determinen el desarrollo de la sociedad durante los períodos normales. O, mejor dicho, en la revolución estas reglas toman un carácter más pronunciadamente físico y la fuerza material de la necesidad entra en juego con mayor violencia. Y desde el momento en que uno figura como representante de un partido, se ve arrastrado por el torbellino de la necesidad natural irresistible. Sólo en la medida en que uno logra mantenerse independiente –con lo que se es de hecho más revolucionario que los demás- puede escapar, al menos durante cierto tiempo, de caer en el torbellino; porque, finalmente, claro está, uno se verá arrastrado por él como todos los demás.

Tenemos que mantener esta posición, y de hecho podemos hacerlo, cuando ocurra esto de nuevo. Ni cargos públicos, ni siquiera, en tanto sea posible, ninguna tarea oficial en el partido, ni participación en comités, ni responsabilidad alguna, por cuanto hagan estos burros, sino crítica despiadada de todos, y con ello esa alegre serenidad que no nos podrá arrebatar la conspiración de todos esos estúpidos juntos. Y esto lo podremos hacer. De este modo, seremos en realidad mucho más revolucionarios que los charlatanes, porque hemos aprendido algo mientras que ellos no han aprendido nada; porque sabemos lo que queremos mientras que ellos no saben nada, y porque, después de lo que hemos visto durante los últimos tres años, tomaremos las cosas con más calma que ningún otro de los que participan en este asunto.

Lo principal, por el momento, es conseguir el medio de llevar nuestras ideas a la letra impresa, bien por medio de una revista trimestral, en la que podríamos atacar directamente y dejar clara nuestra posición frente a determinadas personas, o en libros, con lo que lograríamos la misma finalidad sin necesidad siquiera de mencionar a esas arañas. Cualquiera de los dos me parece bien: a la larga, y a medida que la reacción se agudice, creo que disminuirán las posibilidades del primero y será el segundo el que nos veremos obligados a utilizar cada vez más. ¿De qué servirán todos los cuentos estúpidos de esa banda de emigrados hagan circular contra ti cuando les contestes con tu Economía Política?

Mañana me ocuparé de escribirle a Harney. En attendant salut.

Tuyo

F.E.


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