Friedrich Engels: Proteccionismo y Librecambio

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A fines de 1847 se celebró en Bruselas un congreso de librecambistas.

Se trataba de una maniobra estratégica dentro de la campaña del librecambio que por aquel entonces mantenían los industriales ingleses. Victoriosos en su país, gracias a la derogación de las leyes cerealistas en 1846, decidieron pasar al continente y mantener allí la reivindicación de que se concediera a los productos industriales ingleses libre acceso a los mercados continentales, a cambio de permitir la libre importación del trigo del continente en Inglaterra. En la lista de oradores del congreso figuraba Carlos Marx. Pero, como era de esperar, los organizadores se las arreglaron para que el congreso clausurara sus sesiones sin que Marx pudiera hacer uso de la palabra. Marx viose obligado a exponer lo que tenía que decir acerca del librecambio en la Sociedad Democrática de Bruselas, una asociación internacional de la que él era vicepresidente.

En vista de que la cuestión del proteccionismo o el librecambio se hallaba actualmente a la orden del día en Norteamérica, se ha considerado conveniente publicar una edición en inglés del discurso de Marx y se me ha invitado a ponerle unas cuantas palabras a manera de prólogo.

“El sistema proteccionista fue un medio artificial para fabricar fabricantes, expropiar a obreros independientes, capitalizar los medios de producción y de vida de la nación y abreviar por la fuerza el tránsito del régimen antiguo al régimen moderno de producción (Marx, Capital, tomo I, 3° ed., pág. 783)[1]. Eso fue el proteccionismo al surgir, en el siglo XVII, y eso siguió siendo hasta bien entrado el XIX. El sistema proteccionista constituía, entonces, la política normal de todos los países civilizados de la Europa occidental. Las únicas excepciones a esta regla eran los pequeños Estados alemanes y los cantones suizos, y no precisamente porque el sistema les desagradara, sino porque desconfiaban de la posibilidad de aplicarlo dentro de un territorio tan pequeño como el suyo.

A la sombra de esta protección arancelaria nació y se desarrolló en Inglaterra, en el último tercio del siglo XVIII. el sistema de la gran industria moderna, de la producción a base de maquinaria y fuerza de vapor. Y, como si no hubiera sido suficiente la protección arancelaria usual, vinieron las guerras libradas contra la revolución francesa, que ayudaron a Inglaterra a asegurarse el monopolio de los nuevos métodos industriales. Durante más de veinte años, se encargaron los barcos de guerra ingleses de alejar a los competidores industriales de Inglaterra de sus respectivos mercados coloniales y de abrir por la fuerza estos mercados al comercio inglés. La emancipación de las colonias sudamericanas de sus metrópolis europeas, la conquista por Inglaterra de todos los mercados importantes pertenecientes hasta entonces a Francia y Holanda y el gradual sojuzgamiento de la India fueron convirtiendo a todos estos países en otros tantos clientes de la industria inglesa. Inglaterra completaba, así, la protección arancelaria practicada dentro de sus fronteras con el sistema del librecambio, impuesto al extranjero, dondequiera que ello le era posible. Y, gracias a esta afortunada mezcla de ambos sistemas, se encontró al final de la guerra de 1815 en posesión del monopolio efectivo del comercio mundial, por lo menos en lo tocante  todas las ramas industriales decisivas.

Este monopolio se desarrolló y consolidó durante los años de paz subsiguientes. La delantera que los ingleses habían tomado durante la guerra creció de año en año; Inglaterra parecía ir dejando atrás, cada vez más, a todos sus posibles rivales. En realidad, la exportación de productos industriales en cantidades cada vez más mayores semejaba una cuestión de vida o muerte para Inglaterra. Solo dos obstáculos parecían alzarse en su camino: las prohibiciones de importación y los aranceles protectores de otros países y los aranceles sobre la importación de materias primas y productos alimenticios en Inglaterra.

Así se hizo popular en la patria de John Bull la libertad de comercio predicada por la Economía política clásica, por los fisiócratas franceses y sus secuaces ingleses, Adam Smith y Ricardo. La protección arancelaria en el interior del país era inoperante para los industriales que habían hecho batirse en retirada a todos sus competidores extranjeros y cuya existencia dependía plenamente de la continua expansión de sus exportaciones. La protección arancelaria de puertas adentro solo resultaba ventajosa para los productores de víveres y otras materias primas, es decir, para la agricultura; lo que, en la Inglaterra de entonces, valía tanto como decir para quienes percibían la renta de l atierra, para la nobleza terrateniente. En cambio, para los industriales sesta protección arancelaria resultaba directamente perjudicial. Cuando gravaba sobre la importación de materias primas, elevaba el precio de los productos industriales elaborados a base de ellas, y cuando pesaba sobre los víveres, encarecía el precio del trabajo; en ambos casos, colocaba al industrial inglés en una posición de inferioridad con respecto al extranjero. Y como los demás países exportaban a Inglaterra, principalmente, productos agrícolas e importaban de ella, casi exclusivamente, artículos industriales, la abolición de los aranceles protectores ingleses sobre los cereales y las materias primas equivalía ya, indirectamente, a invitar al extranjero a que, por su parte, derogase o, por lo menos, redujese sus tributos de importación sobre los productos industriales.

Triunfaron, tras larga y violenta lucha, los capitalistas industriales ingleses: por aquel entonces, estos elementos eran ya, de hecho, la clase dirigente de la nación, la clase cuyos dirigentes se identificaban, momentáneamente, con los intereses nacionales. La nobleza terrateniente tuvo que capitular. Fueron abolidos los aranceles sobre el trigo y las materias primas. La consigna era, ahora. Librecambio. La tarea inmediata de los industriales ingleses y de sus portavoces, los economistas políticos, era difundir por todas partes la fe en el evangelio del librecambio y crear así un mundo cuyo gran centro industrial fuera Inglaterra, en torno al cual todos los demás países quedaron reducidos al papel de un distrito industrial dependiente de él.

Fue esa la época del congreso de Bruselas y del polémico discurso de Marx.

Marx reconoce que los aranceles protectores pueden todavía, en ciertas y determinadas circunstancias, por ejemplo en la Alemania de aquel tiempo, favorecer a los capitalistas industriales; demuestra que el librecambio no es, ni mucho menos, la panacea universal para curar todos los males de la clase obrera y que, lejos de ello, puede incluso agravar estos males. Pero, poniendo todo esto de manifiesto, se pronuncia en última instancia y en principio en favor del librecambio. El librecambio es, para él, el estado normal de la moderna producción capitalista. Solamente bajo el librecambio pueden llegar a desarrollarse plenamente las gigantescas fuerzas productivas del vapor, la electricidad y la maquinaria; y cuanto más rápido sea este desarrollo, antes y de un modo más completo se manifestarán sus inevitables consecuencias: la escisión de la sociedad en dos clases, de una parte los capitalistas, de la otra los obreros asalariados; aquí riqueza hereditaria, allá miseria legada de padres a hijos; excedente de la oferta sobre la demanda, incapacidad de los mercados para absorber la masa sin cesar creciente de productos industriales; un ciclo constantemente repetido de prosperidad, superproducción, crisis, pánico, estancamiento crónico y paulatina reanimación de los negocios, que no es, por cierto, signo de mejoría duradera, sino indicio de que se avecinan una nueva superproducción y una nueva crisis; en una palabra, un crecimiento tan gigantesco de las fuerzas productivas sociales, que las instituciones de la sociedad bajo las que se han puesto en marcha se convierten para ellas en trabas insoportables y solo cabe una solución: una transformación social que libere las fuerzas productivas sociales de las cadenas de un orden social anticuado y emancipe de la esclavitud asalariada a los verdaderos productores, que forman la gran mayoría del pueblo. Y, siendo el librecambio la atmósfera normal y natural para este desarrollo histórico, el medio económico en que más rápidamente pueden darse las condiciones de esta inevitable solución, Marx se declara, por esto y exclusivamente por esto, a favor del librecambio.

Ahora bien, los años que siguieron inmediatamente al triunfo del librecambio en Inglaterra aparecieron colmar hasta las esperanzas más desmedidas de prosperidad. El comercio británico se elevó a fabulosa altura; el monopolio industrial de Inglaterra en el mercado mundial parecía descansar sobre cimientos más firmes que nunca; surgían por doquier nuevos altos hornos, nuevas fábricas; nacían por todas partes ramas industriales nuevas. Cierto que en 1857 se presentó una grave crisis, pero fue superada y los nuevos avances en todo el campo del comercio y la industria se pusieron otra vez a la orden del día, hasta que en 1866 estalló un nuevo pánico, que esta vez parecía, en efecto, abrir una nueva época de la historia económico mundial.

No cabe duda de que el insólito auge de la industria y el comercio de Inglaterra en los años 1848 a 1866 debíase, en gran parte, a la eliminación de los aranceles protectores sobre las materias primas y los artículos alimenticios. Pero no solamente a esto. A ello contribuyeron poderosamente también otros acontecimientos simultáneos. Los citados años coinciden con el descubrimiento y puesta en explotación de las minas de oro de California y Australia, lo que trajo consigo un enorme incremento de los medios de cambio en el mercado mundial; dichos años registran una revolución general en los medios de transporte, tanto los de personas como los de mercancías; en el océano, el desplazamiento de los barcos de vela  por los buques a vapor y, en tierra, a lo largo de todo el mundo civilizado, el triunfo de los ferrocarriles sobre las calzadas, que convierte a las vías férreas en el camino principal y delega las carreteras asfaltadas a medio de comunicación secundario. Nada tiene de extraño que, en circunstancias de comunicación tan propicias, extendiese sus dominios la industria inglesa, movida por el vapor, a expensas de las industriales domésticas extranjeras, cuya fuerza motriz era el trabajo manual. Y, ante esto, ¿qué iban a hacer los demás países? ¿Cruzarse de brazos y resignarse a verse degradados, así, al papel de simples apéndices agrarios de Inglaterra, “taller de universo”?

Los demás países no hicieron eso, ni mucho menos. Francia llevaba casi doscientos años respaldando a su industria con una verdadera muralla china de aranceles protectores y prohibiciones de importación, adquiriendo en el ramo de todos los artículos de lujo y de buen gusto una superioridad que Inglaterra no intentaba siquiera discutir. Suiza, bajo un régimen de completo librecambio, poseía una industria elativamente importante, a la que la competencia inglesa no podría ni tocar. Alemania, con tarifas muchos más liberales que las de cualquier otro gran país continental, desarrolló su industria relativamente más a prisa que la propia Inglaterra. Por último, Norteamérica se había visto, de pronto, empujada por la guerra civil de 1861, obligada a atenerse a sus propios recursos, tenía que hacer frente a una repentina demanda de productos industriales de todas las clases y solo podía hacerlo creando una industria interior propia. La demanda de guerra cesó al terminar ésta; pero la nueva industria estaba allí y tenía que dar batalla a la competencia de los ingleses. Y la guerra había hecho madurar en los Estados Unidos la consciencia de que un pueblo de treinta y cinco millones, capaz de duplicar su censo de población en cuarenta años a lo sumo, dotado de fuentes auxiliares casi ilimitadas y de todas clases y rodeado de vecinos que, durante años, se mantendrían apegados esencialmente a la agricultura, de que este pueblo tenía el “destino manifiesto” de hacerse independiente de las industrias extranjeras en cuanto a sus artículos de principal consumo, lo mismo la paz que la guerra. Y así fue como los Estados Unidos implantaron los aranceles protectores.

Hace aproximadamente quince años viajé en el mismo vagón de tren con un inteligente hombre de negocios de Glasgow, que se interesaba especialmente por el hierro. La conversación recayó sobre Norteamérica. Mi compañero de viaje sacó a relucir los archiconocidos tópicos librecambistas: ¿no era inconcebible -me dijo- que gentes de negocios tan expertas como los norteamericanos pagaran un tributo a los dueños de sus altos hornos y a sus industriales, cuando por el mismo precio podrían recibir de Inglaterra los mismos artículos u otros mejores? Y venían luego los ejemplos de cómo los norteamericanos se imponían a sí mismo gabelas fabulosamente altas con la única finalidad de enriquecer a dos o tres avariciosos dueños de altos hornos. “Sin embargo -intervine yo-, la cosa puede verse también por otro lado. Como usted sabe, en materia de carbón, fuerza hidráulica, yacimientos de hierro y otros minerales, productos alimenticios baratos y otras materias primas, los Estados Unidos disponen de recursos y ventajes que nada tienen que envidiar a ningún país europeo y que sólo podrán desarrollarse en su plenitud cuando Norteamérica sea un país industrial. Reconocerá usted también que un gran pueblo como el norteamericano no se va a dedicar eternamente a la agricultura como su única ocupación, pues ello sería condenarlo a la eterna barbarie y a la sumisión perpetua; hoy en día, ningún gran pueblo puede subsistir sin una industria propia. Pues bien. Si los Estados Unidos han de convertirse en un país industrial, y no cabe duda de que cuentan con todas las posibilidades para alcanzar y, más aún, para batir en este terreno a sus competidores, solo tiene ante sí dos caminos: o librar, en régimen de librecambio, digamos durante 50 años, una lucha de competencia extraordinariamente costosa contra la industria inglesa, que le lleva cien años de delantera, o, recurriendo a los aranceles protectores, eliminar la competencia de los ingleses por espacio, supongamos, de veinticinco años, con la casi absoluta certeza de que, al cabo de ese tiempo, la industria norteamericana conquistará un puesto en el mercado mundial abierto. ¿Cuál de estos dos caminos es el más corto y más barato? Eso es lo que se trata de saber. Si viaja usted de Glasgow a Londres, puede tomar el tren tortuga legalmente prescrito (el parliamentary train), pagando a razón de un penique la milla y recorriendo doce millas a la hora; pero seguramente que no lo hará, para no perder su tiempo, sino que tomará el tren expreso, aunque tenga que pagar dos peniques por millas, con tal de viajar a cuarenta millas la hora. Pues bien, los norteamericanos prefieren viajar con billete de expreso, para llegar mucho antes a su destino”. El librecambista escocés me escuchó sin replicar ni una palabra.

Siendo el sistema proteccionista un medio artificial para fabricar fabricantes, no sólo puede parecerle útil u conveniente a una clase capitalista semidesarrollada, en lucha todavía contra el feudalismo; puede también ayudar e impulsar a la clase capitalista ascensional en un país como los Estados Unidos, que no ha llegado a conocer el feudalismo, pero que se halla en la fase de desarrollo en que se plantea como una necesidad el paso de la agricultura a la industria. Norteamérica, situada ante esta alternativa, optó por los aranceles protectores. Desde aquella decisión han pasado ya, más o menos , los veinticinco años de que yo hablaba a mi compañero de viaje, y, si no me equivoco, el sistema proteccionista ha dado ya, en aquel país, los frutos que de él podían esperarse y puede ser abandonado como superfluo.

Así es como yo pienso, desde tiempo atrás. Hacía unos dos años, le dije a un proteccionista norteamericano: “Si los Estados Unidos implantan el librecambio, estoy convencido de que Inglaterra será batida en el mercado mundial en plazo de diez años”.

El sistema proteccionista es, en el mejor de los casos, una tuerca sin fin, y nunca se sabe cuándo se ha llegado al final. Protegiendo a una rama de negocios, perjudicamos directa o indirectamente a todas las demás, razón por la cual tenemos que extender también a ellas la protección. Pero, al hacerlo, dañamos, a su vez, a la industria primeramente protegida, que tendrá derecho a pedirnos que la indemnicemos; y esta indemnización repercutirá, una vez más, sobre todas las demás ramas de negocios y las pondrá en el caso de reclamar nuevas reparaciones, y así hasta el infinito.

En este respecto, nos brindan los Estados Unidos un ejemplo palpable de cómo se puede matar una industria importante a fuerza de aranceles protectores. El total de las importaciones y exportaciones de los Estados Unidos por mar ascendía en 1856 a 641.604.850 dólares; de esta suma, correspondía a los buques norteamericanos el 75,2 y a los extranjeros solamente el 24,8 por ciento de la carga. Ya por entonces comenzaban los vapores transatlánticos ingleses a desplazar a los buques de vela norteamericanos; a pesar de ello, en 1860, de un total de comercio marítimo cifrado en 762.288.550 dólares, todavía transportaron los barcos estadounidenses el 66,5 por ciento de la carga. Vino la guerra civil y, como consecuencia de ella, se implantaron aranceles protectores para la construcción de buques norteamericanos; y tan eficaz fue esta protección arancelaria, que casi acabó eliminando totalmente a la bandera de los Estados Unidos de la navegación por alta mar. En 1887, el total del comercio marítimo de Norteamérica ascendió a 1.408.502.979 dólares. Pero solo el 13,8 por ciento de la carga fue transportado en barcos del país, mientras que los buques extranjeros arrastraban el 86,2 por ciento del flete. El valor de las mercancías transportadas por los barcos norteamericanos fue, en 1856, de 482.286.274 dólares: en 1860, de 507.247.757; en 1887, de 194.356.746 dólares solamente[2]. Hace cuarenta años, la bandera de los Estados Unidos amenazaba con arrancar a la inglesa la primacía sobre el océano; actualmente, casi ha desaparecido. La protección arancelaria de la navegación ha arruinado la navegación y la construcción de buques.

Otro punto. Hoy día, los métodos perfeccionados de producción de suceden con tal celeridad los unos a los otros y hacen cambiar tan repentina y completamente la naturaleza de ramas industriales enteras, que lo que ayer era una tarifa protectora equitativa se trueca hoy en todo lo contrario. Un ejemplo lo tenemos en el citado informe del secretario del Tesoro, pág. XIX:

“Las mejoras introducidas durante los últimos años en la maquinaria de peinado de la lana han provocado tales cambios en los paños llamados de hilo de estambre, que estos años han desplazado, en los vestidos de hombre, a los paños de lana peinada corrientes. Dichos cambios… han venido a perjudicar bastante a nuestros textiles nacionales de paño peinado, puesto que los aranceles son los mismos para la lana en bruto de todas las clases, mientras que los que gravan sobre la lana cardada hasta un valor de 80 centavos por libra ascienden a 35 centavos por libra y al 35 por ciento sobre el valor; en cambio, los aranceles para la lana peinada hasta un valor de 80 centavos por libra son solamente de 10 a 24 centavos la libra y de 35 centavos ad valorem. En algunos casos, el impuesto de aduanas sobre la lana cardada es superior al valor del género ya acabado”. Por tanto, lo que ayer era protección de la industria nacional se convierte hoy en una prima para el importador extranjero, y el secretario del Tesoro tiene razón en decir: “Hay que esperar que la industria textil de la lana cardada deje de funcionar pronto dentro del país, si no se modifican las tarifas arancelarias”. Ahora bien, para modificar las tarifas hay que batirse con los tejedores de lana cardada, que se aprovechan de la situación actual, hay que abrir una campaña de toda regla para conquistar la mayoría en ambas cámaras y hay, por último, que hacer cambiar la opinión pública del país, ante todo lo cual surge la pregunta de si vale la pena.

Pero lo peor de la protección arancelaria es que no resulta tan fácil desembarazarse de ella. Por muy difícil que sea implantar una tarifa aduanera equitativa en todos los órdenes, el retorno al librecambio es infinitamente más difícil. Jamás volverán a presentarse las circunstancias que permitieron a Inglaterra llevar a cabo el tránsito en un par de años. E incluso en Inglaterra vemos que la lucha data ya de 1823 (Huskinson), que no logró los primeros éxitos sino hasta 1842 (tarida de Peel) y que se mantuvo en pie unos cuantos años después de la derogación de las leyes cerealistas. A la industria sedera (la única que aún tenía por qué temer a la competencia extranjera) se le empezó otorgando una protección arancelaria prolongada durante una serie de años, concediéndosela luego bajo una forma verdaderamente infame: las demás industriales textiles quedaron bajo la vigencia de la ley fabril que limitaba las horas de trabajo para las mujeres, los jóvenes y los niños; la industria sedera, en cambio, resultaba favorecida mediante exenciones considerables, quedando autorizada para emplear el trabajo infantil y hacer trabajar a los obreros juveniles más tiempo que las demás industrias. Es decir, que el monopolio que los hipócritas librecambistas abolían en favor de los competidores extranjeros se restablecía a costa de la salud y de la vida de los hijos de los obreros ingleses.

Pero jamás volverá a darse el caso de que un país pueda llevar a cabo el paso de la protección arancelaria al librecambio en una época en que todas o casi todas las ramas de su industria se hallan en condiciones de hacer frente en el mercado abierto a la competencia extranjera. La necesidad de este paso se impondrá mucho antes de que pueda ni siquiera esperarse que se dé semejante estado de cosas. Esa necesidad se hará valer en diferentes ramas comerciales y en diversos momentos; y de los intereses encontrados de estas ramas comerciales brotarán las más edificantes disputas e intrigas parlamentarias. El constructor de maquinaria, el ingeniero y el dueño de astilleros considerarán, tal vez, que la protección aduanera sobre el hierro encarece su mercancía y les cierra, exclusivamente por ello, las puertas de la exportación; el industrial textil algodonero creerá. Posiblemente, que estaría en condiciones de batir el percal inglés en los mercados de China y la India si la protección arancelaria no elevase para el hilandero el precio de la hebra, etc. En el momento mismo en que una rama industrial nacional conquista por entero el mercado interior, esa rama industrial necesita inapelablemente de la exportación. Bajo el sistema capitalista, una industria tiene que expanderse o derrumbarse, no hay término medio. No puede permanecer estacionaria; si tropieza con los obstáculos para su expansión, eso es ya el comienzo de la ruina; el progreso de los invento mecánicos y químicos deja constantemente ociosa una masa de trabajo humano, al paso que se incrementa y concentra más rápidamente todavía el capital, de este modo, crea en toda industria estancada un exceso de obreros y de capital, que no encuentran acomodo en ninguna otra parte, por la sencilla razón de que el mismo proceso se desarrolla simultáneamente en todas las otras ramas industriales. El paso del comercio interior al comercio de exportación es, por ello, cuestión de vida o muerte para todas las ramas industriales; pero ante ellas se enfrentan los derechos adquiridos y los intereses consagrados de otros, que, a veces, encuentran en la protección arancelaria más seguridad o mayores ganancias que en el librecambio. Y se entabla, así, una lucha larga y tenaz entre librecambistas y proteccionistas, lucha cuya dirección no tarda en pasar de manos de los directamente interesados a manos de los políticos profesionales, de los encargados de tirar los hilos a los partidos políticos tradicionales, interesados no tanto en que el problema se resuelva como en que se mantenga en pie todo el tempo que sea posible, pues al cabo de una pérdida interminable de tiempo, dinero y energías, suele quedar abierto el camino para una serie de componendas a favor de un lado o del otro, componendas que, en su conjunto, van impulsando lentamente el librecambio, a no ser que, entre tanto, la protección arancelaria consiga hacerse de todo punto insoportable para la nación, como muy bien podría ocurrir en los Estados Unidos.

De todos los tipos de protección arancelaria, el peor es el que se despliega en Alemania. También este país experimentó a raíz del año 1815 la necesidad de un rápido desarrollo industrial. La primera condición para ello era crear un mercado interior mediante la eliminación de las innumerables líneas aduaneras y de las leyes fiscales de cada uno de los pequeños Estados de por sí; en una palabra, mediante la instauración de una liga aduanera alemana. Esta sólo era viable a base de unas tarifas liberales, orientadas más bien hacia fines de tributación que hacia una protección industrial. Solo bajo esta condición se habría movido a los pequeños Estados a incorporarse a esa liga. De este modo, la nueva tarifa aduanera de la liga, aunque protegiera en mínima medida a ciertas industrias era, al implantarse, un verdadero modelo de librecambio; y siguió siéndolo, aunque la mayoría de los industriales alemanes levantaron el grito, demandando protección arancelaria. Y, sin embargo, bajo el régimen de esta tarifa extraordinariamente liberal y a pesar de la implacable opresión que para las industrias alemanas basadas en el trabajo manual, suponía la competencia de la gran industria inglesa también en Alemania se llevó a cabo, poco a poco, y casi ha llegado ya a su término, el paso del trabajo manual a la maquinaria. Y en la misma medida se operó el tránsito de Alemania de la agricultura a la industria, proceso estimulado, además, a partir de 1866, por los acontecimientos políticos: la instauración de un fuerte gobierno central y de un parlamente del Reich, que garantizaba una legislación industrial uniforme, la implantación de una moneda general y de los mismos pesos y medidas, y por último, la oleada de los mil millones de franceses. Así se explica que, en 1874, el volumen global del comercio alemán en el mercado mundial solo fuera inferior al de Inglaterra [3] y que Alemania empleara en la industria y el transporte mayor cantidad de fuerza de vapor que cualquier otro país europeo continental. Venía a demostrarse, de este modo, que también ahora, pese a la enorme delantera de la industria inglesa, puede un gran país elevarse al plano de una competencia victoriosa con Inglaterra.

En estas condiciones cambia de pronto el frente: en el preciso momento en que el librecambio parecía ser una necesidad para Alemania, ésta implantó los aranceles protectores. Fue, evidentemente, algo absurdo, pero que admite explicación.

Mientras Alemania exportaba trigo, todos los terratenientes y todos los armadores de buques eran entusiastas librecambistas. Pero, en 1874, en vez de exportar cereales, Alemania necesitó importarlos en gran cantidad. Por los mismos días aproximadamente, comenzó Norteamérica a inundar a Europa de trigo barato: adondequiera que llegaba este grano mermaba los ingresos en dinero suministrado por la tierra y, consiguientemente, la renta del suelo; a partir de entonces, la propiedad territorial de toda Europa levantó el grito reclamando protección arancelaria. Al mismo tiempo, la industria alemana sufría las consecuencias de la desenfrenada superproducción y superespeculación provocadas por la lluvia de los millones venidos de Francia, mientras que Inglaterra. Cuya industria aún no había logrado superar el estancamiento crónico sobrevenido después de la crisis de 1866, inundaba todos los mercados a ella asequibles con las mercancías invendibles de fronteras adentro y que por ello mismo lanzaba al malbarato al extranjero. Por tanto, aunque la industria alemana se hallaba atenida, esencialmente, a la exportación, los industriales vieron ahora en los aranceles protectores un medio para asegurar de un modo exclusivo el mercado interior. Ahora bien, el gobierno, por su parte, se sintió muy satisfecho de poder aprovecharse de esta circunstancia en beneficio de la nobleza terrateniente, concediendo aranceles protectores a ambos sectores, los terratenientes y los industriales. En 1878 se implantó una alta tarifa protectora, que regía tanto para los productos agrícolas como para los industriales.

Ello trajo como consecuencia el que, desde entonces, la exportación de los productos industriales de Alemania fuese directamente subvencionado por el bolsillo del consumidor interior. En cuantos casos les era posible, los industriales formaban cártels para regular el comercio exterior y la misma producción. La producción siderúrgica alemana está en manos de unas cuantas empresas, en su mayoría sociedades anónimas, que entre todas producen, sobre poco más o menos, cuatro veces más hierro del que por término medio necesita el país. Para evitar una estéril competencia mutua, estas empresas han formado un consorcio, encargado de distribuir entre ellas todos los pedidos extranjeros y de señalar en cada c aso la empresa llamada a hacer la oferta real. Hace algunos años, este consorcio había llegado, incluso, a concertar un convenio con los propietarios ingleses de altos hornos, convenio que, sin embargo, se vino por tierra. También las minas de carbón de hulla de Westfalia, que producen hacia treinta millones de toneladas al año, han formado un cártel para regular los precios de las ofertas y la propia producción. En general, todo industrial alemán afirma que la única finalidad de la protección arancelaria consiste en permitirle resarcirse en el mercado interior de los precios ruinosos que tiene que aceptar en el extranjero. Pero no es esto todo. A costa de este absurdo sistema de protección industrial, los capitalistas industriales han aceptado un monopolio todavía más absurdo, que ha mantenido en pie la propiedad territorial. No solo imponen sobre los productos agrícolas elevados aranceles de importación, aumentados además sin cesar, sino que ciertas industrias rurales explotadas en sus fincas por los señores hacendados son directamente subsidiadas por el erario. La industria del azúcar de remolacha, además de protegida, percibe sumas enormes en forma de primas de exportación. Alguien que tiene razones para saberlo opina que, si se arrojara al mar todo el azúcar que se exporta, los fabricantes seguirían haciendo un buen negocio con la prima de exportación. Del mismo modo, los destiladores de aguardiente de patata reciben, gracias a la nueva legislación, un regalo de no menos de treinta  y seis millones de marcos anuales, que salen de los bolsillos del contribuyente. Y, como casi todos los grandes terratenientes del nordeste de Alemania son fabricantes de azúcar de remolacha o destiladores de aguardiente de patata, o ambas cosas a la vez, nada tiene de extraño que el mundo se vea inundado de sus productos.

Esta política, que sería ruinosa en cualquier situación, lo es doblemente para un país cuya industria encuentra salida en los mercados neutrales gracias, principalmente, a la baratura del trabajo. Incluso en los mejores tiempos, los salarios abonados en Alemania se mantienen rozando intolerablemente con el nivel del hambre, gracias al rápido incremento del censo de población, a despecho del elevado índice de la inmigración. Pero la carestía de todos los víveres, impuesta por los aranceles protectores, presiona la subida de los salarios. Llegado ese momento, el industrial alemán no estará ya en condiciones, como actualmente ocurre con demasiada frecuencia, de resarcirse de los precios ruinosos de sus mercancías mediante una deducción del salario normal de sus obreros, y perderá su capacidad de competencia. En Alemania, los aranceles protectores matan la gallina de los huevos de oro.

También Francia sufre las consecuencias de la protección arancelaria. Aquí, el sistema proteccionista, a fuerza de imperar sin discusión durante doscientos años, se ha convertido casi en parte integrante de la vida de la nación. No obstante, es una rémora cada vez mayor. La gran industria impone constantemente cambios en los métodos de producción, pero los aranceles protectores se interponen en el camino. El forro del terciopelo de seda se hace, actualmente, de hebra fina de algodón; pues bien, el fabricante francés tiene que pagar el impuesto aduanero por este género o, si no lo hace, someterse a interminable trámites y engorros burocráticos, que contrarrestan y anulan en la práctica la admission temporaire[4]otorgada, y así se explica que los fabricantes de Krefeld puedan competir eficazmente, porque en esa plaza sigue siendo aún bajo el arancel de aduanas sobre la hebra fina de algodón.

Las exportaciones francesas, como ya hemos dicho, consisten principalmente en artículos de lujo, en las que decide el gusto francés, que hasta ahora marcha a la cabeza; pero los principales consumidores de estos artículos son, hoy en día, en todas partes, los modernos arribistas del capitalismo, carentes de cultura y de buen gusto, que se contentan con burdas y baratas imitaciones alemanas o inglesas y que, con harta frecuencia, compran estos artículos imitados a precios fabulosos, creyéndolos legítimos franceses. El mercado para los artículos especiales que no pueden fabricarse fuera de Francia va restringiéndose cada vez más; la exportación de productos industriales franceses se defiende a duras penas y no puede tardar en descender, pues ¿qué nuevos artículos puede Francia exportar, en sustitución de aquellos cuya exportación va desapareciendo? Lo único que puede salvar o remediar la situación, en Francia, es el paso audaz al régimen de librecambio, que saque a los industriales franceses de la atmósfera del invernadero a que están acostumbrados y los obligue a respirar al aire libre de la competencia abierta. Lo cierto es que todo el comercio francés se habría derrumbado ya si no lo hubiese apuntalado del paso débil e inseguro hacia el librecambio que representó el tratado de Cobden el año 1860, pero sus efectos, a estas alturas, ya casi se han esfumado y hace falta dar al país una dosis más fuerte de este tónico.

Apenas vale la pena hablar de Rusia. En este país, la tarifa aduanera protectora, cuyos aranceles deben pagarse en oro, y no en moneda depreciada nacional, sirve ante todo para suministrar al indigente gobierno el dinero contante y sonante del que, desgraciadamente para él, no puede prescindir en sus relaciones con los acreedores extranjeros. El día en que esta tarifa cumpla la función protectora que le está asignada y cierre el paso a toda mercancía extranjera sin excepción. Aquel día dará en quiebra el gobierno ruso. No obstante, este mismo gobierno hace concebir a sus crédulos súbditos la brillante esperanza de que los aranceles protectores van a convertir a Rusia en un país totalmente independiente, que no necesite importar absolutamente nada del extranjero, ni víveres ni materias primas ni productos de la industria o del arte. Las gentes que creen ciegamente en esta Rusia espectral, aislada del mundo entero, se parecen bastante a aquel teniente prusiano de la guardia que pidió en la tierra un globo terráqueo, pero no del planeta entero, sino solamente de Prusia.

Pero volvamos a Norteamérica. Existen ya bastantes indicios para llegar a la conclusión de que el sistema proteccionista ha dado a los Estados Unidos cuanto podía dar y de que es hora de despedirse de él. Uno de estos indicios a que nos referimos es la creación de cártels para apoyar a la industria protegida en la explotación de su monopolio. Ahora bien, los cártels (trusts y consorcios) son instituciones típicamente norteamericanas, y cuando se crean para explotar ventajas naturales hay que aguantarlos momentáneamente. La transformación de la producción de petróleo mineral de Pensilvania en un monopolio de la Standard Oil Company es un procedimiento perfectamente en consonancia con las reglas de la producción capitalista. Pero no sería lo mismo, ni mucho menos, el que los fabricantes de azúcar tratasen de convertir en un monopolio contra los consumidores nacionales, es decir, contra la misma nación que eles otorga los aranceles protectores, la protección que la nación les concede. No obstante, los grandes fabricantes de azúcar han creado, en efecto, un cártel que no persigue otra finalidad. Y el cártel del azúcar no es el único de su género. La creación de cártels de este tipo en las industrias protegidas es el más seguro indicio de que la protección arancelaria no tiene ya su razón de ser y ha cambiado su carácter; que ya no protege al industrial contra el importador extranjero, sino contra el consumidor nacional; que, en esta ramo por lo menos, el proteccionismo ha fabricado ya bastantes fabricantes, y hasta es posible que más de la cuenta; que el dinero que la protección arancelaria regala a estos fabricantes es dinero tirado a la calle, ni más ni menos que en Alemania.

A diferencia de lo que ocurre en otras partes, en los Estados Unidos se defiende la protección arancelaria con el argumento de que el librecambio solo favorece a Inglaterra. Pero la mejor prueba de que no es así la tenemos en el hecho de que, en Inglaterra, no solo se hacen proteccionistas los arrendatarios y los terratenientes, sino incluso los industriales. El 1° de noviembre de 1886 discutió la Cámara de Comercio, en plena sede de la escuela librecambista manchesteriana, en el propio Manchester, la propuesta de que “después de haber aguardado durante cuarenta años en vano que otras naciones se decidieran a seguir el ejemplo librecambista de Inglaterra, la Cámara cree llegada la hora de reconsiderar esta situación”. La propuesta fue rechazada, es cierto, pero logró 21 votos contra 22. Y esto sucedía en el centro de la industria algodonera, la única industria inglesa cuya superioridad sigue afirmándose en el mercado abierto. Claro está que también en esta rama industrial específica vemos que el espíritu de inventiva ha emigrado de Inglaterra  a los Estados Unidos. De Norteamérica han salido casi todos los nuevos perfeccionamientos de la maquinaria para la industria algodonera (hilandería y textil), y Manchester se ha limitado a adoptarlas. Los Estados Unidos marchan resueltamente a la cabeza en cuanto a inventos industriales de todas clases, mientras Alemania disputa a los ingleses el segundo lugar. En Inglaterra gana terreno el convencimiento de que el monopolio industrial inglés ha pasado irremisiblemente a la historia, de que, proporcionalmente, Inglaterra pierde cada vez más terreno al paso que sus competidores avanzan, y de que va acercándose poco a poco a una situación en la que tendrá que resignarse a ser un país industrial entre tantos, en vez de convertirse, como había soñado, en el “taller del mundo”. Y, para tratar de contener esta suerte inevitable, se invoca ahora la protección arancelaria, envuelta bajo el velo del fair trade[5]y los aranceles de combate, y la invocan los hijos de los mismos hombres que hace unos cuarenta años no veían más salvación que el cabal y absoluto librecambio. Y, si vemos que, ahora, los propios industriales ingleses opinan que el librecambio los arruina e imploran al gobierno que los proteja contra la competencia extranjera, no cabe ni la menor duda de que ha llegado el momento de echar por la borda el sistema proteccionista, ya del todo inútil, y de combatir el monopolio industrial de Inglaterra, en trance de naufragio, con su propia arma, con el librecambio.

Sin embargo, como hemos visto, es más fácil implantar la protección arancelaria que desembarazarse de ella. La legislación, al adoptar los aranceles protectores, crea poderosos intereses y se empeña en favor de ellos. Y no todos estos intereses ni todas estas ramas industriales están por igual en condiciones de exponerse, en un momento dado, a la libre concurrencia. Algunas no necesitan ya las andaderas proteccionistas, pero otras se arrastran trabajosamente, dando tumbos. Esta diferencia de situación desencadenará en el parlamento los acostumbrados debates entre los partidos y constituye de por sí garantía suficiente de que, cuando se dé carpetazo definitivamente al librecambio, se procederá con las industrias protegidas delicada y limpiamente, como se procedió después de 1846 con la industria sedera en Inglaterra. Tal como están las cosas, es inevitable y los librecambistas tendrán que resignarse a ello, mientras la transición se mantenga solamente en principio.

La cuestión de librecambio o protección arancelaria se mantiene por entero dentro de los marcos del sistema actual de producción capitalista, y no ofrece por ello ningún interés directo para los socialistas, que reclaman la abolición de este sistema. Pero les interesa indirectamente, por cuanto que están interesados en que el actual sistema de producción se desarrolle con la mayor libertad y se extienda con la mayor rapidez posible, ya que de ese modo desplegará también sus inevitables consecuencias económicas: la miseria de las grandes masas del pueblo, como resultado de la superproducción, fuente de crisis periódicas o de un estancamiento crónico del mercado; escisión de la sociedad en dos campos, una reducida clase de grandes capitalistas y una numerosa clase de gentes que son, de hecho, esclavos asalariados de padres a hijos, etc., proletarios, cuyo número aumenta sin cesar, a la par que van quedando, también sin cesar, privados de trabajo por obra de la nueva maquinaria, mediante la cual se ahorra mano de obra; en una palabra, empantanamiento de la sociedad en un callejón sin salida, es decir, con una única salida: la total transformación de la estructura económica que sirve de base a la sociedad.

Manteniéndose en esta posición abogó Marx, hace cuarenta años, en principio, en favor del librecambio, por considerarlo como el camino más derecho, es decir, el que más pronto sacará de este atolladero a la sociedad capitalistas Ahora bien, el hecho de que Marx sea, por esta razón, partidario del librecambio, ¿no justifica cabalmente el que estén en contra de él todos los partidarios del orden actual? Si el librecambio tiene una misión revolucionaria, ¿no es natural que todos los buenos ciudadanos voten por el sistema proteccionista, en contraste con aquel obligadamente conservador?

Si un país, hoy en día, abraza el librecambio, no lo hará, por supuesto, en gracia a los comunistas, sino porque el librecambio constituye, en las condiciones actuales, una necesidad para los capitalistas industriales. Y si lo rechaza y se aferra a los aranceles protectores para no dar el gusto a los socialistas y escamotear a éstos la catástrofe social esperada, el único que saldrá perjudicado con ello será el propio país. El proteccionismo es un medio para fabricar artificialmente obreros asalariados. Quien cría los unos no tiene más remedio que criar los otros. El obrero asalariado sigue por doquier al fabricante, pisándole los talones; es como la sombra negra de que habla Horacio, que marcha detrás del jinete y que éste no puede sacudirse, haga lo que haga. No podréis sustraeros al destino o, dicho de otro modo, a las consecuencias necesarias de vuestros propios actos. Un sistema de producción basado en la explotación del trabajo asalariado, un sistema en el que la riqueza aumenta en proporción al número de obreros empleados y explotados, no puede subsistir más que incrementando la clase de los obreros asalariados y acentuando con ello un antagonismo de clases, contra el cual, inevitablemente, se estrellará un día, hundiéndose, todo el sistema. La cosa no tiene remedio: no podéis por menos de impulsar y desarrollar el sistema capitalista, acelerar la acumulación y la centralización del capital, y a la par con ello, acrecentar la producción de una clase que se halla al margen de la sociedad oficial. Y el que para ello sigáis el camino del proteccionismo o abracéis el del librecambio, no cambiará en lo más mínimo el resultado y, además, alargará muy poco el plazo del que disponéis hasta la hora del desenlace. Mucho antes de esa hora, la protección arancelaria se habrá convertido en un grillete insoportable para cualquier país que aspire, con perspectivas de éxito, a ocupar una posición independiente en el mercado mundial.


Notas

[1]  El Capital, trad. de W. Roces, ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1959, tomo I, pág. 643.

[2] Annual Reporto f the Secretary of Treasury, etc., para el año 1887, páginas XXVIII, XXIX. (Nota de Engels).

[3] Comercio total (sumando importaciones y exportaciones), en 1874, en millones de marcos: Gran Bretaña, 13380; Alemania, 9300; Francia, 6600; Estados Unidos, 4980 (kolb, Statistik, 7° ed. , Leipzig, 1873, pág. 790). (Nota de Engels).

[4] Autorización de importación por un plazo fijo (N. del E.).

[5] Comercio limpio (N. del E.).


Prólogo a la edición norteamericana del folleto titulado Carlos Marx, Discurso sobre el problema del librecambio, Nueva York, 1888.

Traducido de la versión alemana de F. Engels, Die Neue Zeit, año VI (1888), páginas 289-299.

Fuente: Carlos Marx – Federico Engels, Escritos Económicos varios, Ed Grijalbo, México 1962, Recopilación y traducción de Wenceslao Roces.