A. S. Durán: La división del Partido Obrero, una tentativa de interpretación de su crisis

Por A. S. Durán*

El examen de lo sucedido en el Partido Obrero puede parecerle folklórico o ridículo a amplios sectores del progresismo, de la izquierda independiente o de la llamada izquierda democrática. No comparto esa apreciación. Por más distancia que se pueda tener con la óptica del PO, lo sucedido tiene trascendencia y, a su modo, expresa otro fracaso más para la militancia de izquierda en un tiempo histórico en el que las fuerzas socialistas no consiguen aparecer como portadoras de un futuro posible para la sociedad humana.

Como es sabido, PO pertenece a la tradición del trotskismo en una de sus versiones más ortodoxas y está asociada con otra fuerza similar, el PTS, en el acuerdo electoral del FIT. El trotskismo ya no es un tema tan controversial en la izquierda, como lo era hace varias décadas. Sin embargo, la tradición trotskista arrastra en su pasado una historia de persecución y exclusión política que ha marcado su trayectoria hasta estos días. Algunas organizaciones de esta tradición lograron una importante estructuración militante en sus países y, a partir de esto, se lanzaron a construir una corriente internacional propia. Pero también hay que marcar que esos éxitos, tanto en lo nacional como en lo internacional, no lograron conservarse a través de sucesivas generaciones militantes y volvieron a caer en una mayor marginalidad política.

La larga marcha de Jorge Altamira

El PO es también una trayectoria militante que tiene más de 50 años. Su origen se remonta al MIR-Praxis, liderado por Silvio Frondizi entre fines de los 50’s y mediados de los 60’s. PO, entonces Política Obrera, atravesó el período de mayor confrontación política y social de la historia argentina con una gran voluntad militante y unos relativamente escasos logros en lo político (1). Como parte de la izquierda opuesta a la lucha armada, PO consiguió sobrevivir a la masacre de la dictadura y convertirse en partido nacional en 1983. Pero en los tiempos de la transición democrática, el partido que logró construir una enorme organización militante fue el Movimiento al Socialismo (MAS), representante de esa suerte de alter ego odiado por el PO, que era la tradición trotskista de Nahuel Moreno (2). 

Cuando el MAS resultante de la división de 1992 se fue fragmentando paulatinamente, PO quedó como la principal organización de la izquierda radicalizada (3) junto al MST en los difíciles años noventa. Poco antes había tenido una participación relativamente destacada en las elecciones de 1989. Esa relevancia no se expresó mediante la acción de su militancia ni en los votos obtenidos sino en la notoriedad alcanzada por la oratoria de Altamira en los espacios publicitarios de campaña. Sus apariciones generaron múltiples comentarios en la opinión pública. Altamira se volvió un personaje político público. Respecto al contenido del mensaje político partidario que Altamira transmitió habría varios aspectos distintos a considerar. En el marco inmediatamente previo de la crisis hiperinflacionaria de 1989 una parte del mensaje del PO resultó verdadero para una parte amplia de la población argentina. Una cuestión muy diferente era que el PO, por su relativa insignificancia y por el tipo de organización que había construido, pudiera capitalizar políticamente esos aciertos. La otra parte de la notoriedad de Altamira aquellos días estribaba en sus recursos idiosincráticos, en su personal manera de transmitir el discurso partidario. Se puede decir que, a partir de esa época, Altamira no solamente se convirtió en un personaje conocido de la política argentina sino también en un personaje a secas. Esta percepción ambigua también se nos aparece en lo sucedido inmediatamente después, con el estallido social que trajo la hiperinflación y la detención de parte de la dirección del PO acusada de delitos imaginarios e inverosímiles a partir del todavía más inverosímil y patético estado de sitio decretado por Alfonsín en sus últimos días. En el tiempo detestable de la crisis de 1989, el encarcelamiento de Altamira, Rieznik y otros fue visto por la mayoría de la población como un recurso ilegítimo por parte de un gobierno en retirada. El PO fue visto como un pequeño partido que había dicho algunas verdades que se hicieron evidentes poco tiempo después de enunciadas. Pero nadie, ni siquiera con la mejor buena voluntad, podía verlo como una alternativa política de izquierda emergente. En primer lugar, porque ese lugar lo ocupaba el MAS (4). Y en segundo lugar, por un mix entre la muy reducida dimensión del PO y a que la política argentina oscilaba entre la derecha y un centrismo mayoritario pero cada vez más diluido, y se encontraba muy alejada de cualquier postura de izquierda.

En los años noventa, PO y el MST quedaron como las principales referencias de la izquierda radicalizada, con una leve ventaja para el primero. En un contexto particularmente adverso para la izquierda y el campo popular, la militancia política se angostó sensiblemente si se comparaba con la década anterior. PO tuvo la virtud de no abandonar la escena política y presentarse a elecciones a pesar de sacar cifras muy exiguas, incluso comparadas con la década del ochenta. Esa persistencia cosecharía sus frutos hacia fines de la década y pegaría un salto en el crecimiento militante después del 2001. De todas maneras, hay que destacar que ninguna de las corrientes de izquierda alcanzó el desarrollo militante del MAS de los años ochenta, que superó los 9000 militantes. El crecimiento de los partidos de izquierda nunca superó ese nivel de estructuración. Ni siquiera fusionando a todos los partidos en uno solo. Al mismo tiempo, a partir de 2000 la izquierda empezó a tener más votos que en los años ochenta.

PO como partido tuvo algunas peculiaridades. Periódicamente expresaba una profesión de fe en que las crisis económicas, nacionales e internacionales, se tradujeran en una crisis política y social que redundara en un aumento de la influencia política partidaria y de la izquierda en general. Un momento particularmente errado de estos pronósticos se dio cuando en una tapa de Prensa Obrera apareció el titular “¿Cae Menem? a poco más de dos meses que el Supremo Riojano obtuviera su reelección con una gran ventaja sobre Bordón y los radicales. Otro rasgo de PO es una mayor insistencia en la postulación de la huelga general, si lo comparamos con las demás organizaciones de izquierda. 

Hay una crítica frecuente en la militancia desencantada que, a primera vista, parecería justa: es la afirmación de un vínculo necesario entre la postulación frecuente de crisis económicas que se traducirían políticamente con la creación de un entusiasmo artificial en base a perspectivas políticas irrealistas. Las caracterizaciones optimistas funcionarían como un combustible para la ascesis militante. Tanto el PO como el MAS de los años ochenta cultivaron esta lógica administrativa y poco política de la militancia. Quizás la crisis temprana del segundo se debió a que alcanzó una dimensión cuantitativa más importante que el PO y al tipo de base social más general que formaba su militancia (asalariados y, en menor medida estudiantes, en vez de una base mayoritaria del movimiento de desocupados).

Si bien tanto PO como la corriente morenista presentaron acusados rasgos caudillistas, la manera concreta en que esto se expresó fue distinta. Nahuel Moreno en los dos partidos legales que construyó en Argentina, el PST en los setenta y el MAS en los ochenta, permaneció en las sombras y erigió una figura pública que representaba al partido ante la sociedad (5). Juan Carlos Coral, que ya era un dirigente destacado en los años sesenta, fue el principal dirigente público del PST y Luis Zamora empezó su carrera política como figura pública del MAS.

En la trayectoria histórica total del PO es más difícil de ver a causa de que su estructuración político-institucional recién pudo darse una década después. Pero es poco discutible que posteriormente a 1989 la presencia de Jorge Altamira se volvió cada vez más dominante. Era el principal dirigente partidario, el principal teórico y el candidato más destacado de su partido a diferentes cargos ejecutivos y legislativos. La palabra pública de PO se confundía con su palabra individual. 

No creo que sea aventurado afirmar que la mayoría de los miembros de PO haya vivido su trayectoria como militantes durante este proceso de personalización partidaria. Durante mucho tiempo este vínculo entre la base partidaria y su dirigente marchaba sin problemas. Seguramente muchas personas habrán sido testigo del encantamiento que la palabra del líder máximo suscitaba entre la militancia. Si Altamira daba dos horas de informe político en los congresos partidarios esto le resultaba poco al auditorio militante. Y si hablaba el doble de tiempo no había problema. Las dosis grandes satisfacen más a los consumidores. En términos freudianos, se constituyó un lazo libidinal que tuvo una duración bastante prolongada.

Este proceso de fascinación recíproca como vínculo político y afectivo en el interior del Partido Obrero tuvo otras consecuencias relativamente inesperadas. PO empezó a ser un partido antipático para el mundo exterior. La sociedad civil empezó a verlo como un partido sin renovación y excesivamente personalista. Por buenas y malas razones. Por el conservadorismo teórico del PO que lo vuelve reactivo hacia los fenómenos nuevos y también por el rechazo instintivo que las multitudes argentinas sienten por todo lo que perciben como izquierda política. A las características propias de sectarización interna que se reproduce con frecuencia en la izquierda, el PO reforzaba estos problemas con sus características propias.

El FIT y después

Uno de los logros menos reconocidos que tuvieron los gobiernos de Cristina fue obligar a la izquierda trotskista a unificarse electoralmente. Hasta ese momento la vida política trotskista había transcurrido en una interminable interna durante dos décadas y en la que ninguna fuerza había conseguido el predominio pleno. Si bien PO y el MST (6) corrían con cierta ventaja respecto a partidos como el PTS, el nuevo MAS y otros agrupamientos, esto no se traducía en una ventaja clara para nadie. Otro elemento que profundizó, aparentemente, las divisiones fue la movilización de las corporaciones agrarias contra el gobierno de CFK. Como es sabido, el MST, IS y otros grupos apoyaron a estas corporaciones en contra del gobierno, impresionados por el componente masivo y movilizador que las reivindicaciones de los exportadores alcanzaron en amplísimas franjas de la sociedad argentina. La otra franja trotskista, con vacilaciones iniciales de PO y el PTS hacia las movilizaciones campestres, decidió declararse neutral ante el enfrentamiento en nombre de la independencia de clase.

La imposición de las PASO por parte del gobierno de Cristina tuvo por objetivo desorganizar al espacio opositor de derecha. Al mismo tiempo, esto decretó el fin de facto de la interminable interna de las fuerzas trotskistas en cada elección nacional. Un lógico instinto de conservación fue lo que primó entre los partidos de este signo debido a la posible pérdida de las legalidades partidarias que podía traer la nueva ley electoral. El peso de los viejos hábitos difícilmente iba a desaparecer y la unidad del trotskismo argentino, puramente electoral, ya que no existe una actividad común de los partidos del FIT, nació con la exclusión del nuevo MAS; como si en este paso fundacional los trotskistas vernáculos hubiesen realizado un último esfuerzo por dar razón a los extendidos lugares comunes que se dicen sobre sus prácticas y su imaginario faccional. 

En 2011, la situación interna del nuevo frente indicaba que el PO era el partido más grande y que, por lo tanto, Altamira era el candidato natural a la presidencia. Y la campaña de ese año fue el primer éxito político de la izquierda radicalizada. El FIT no sólo superó en votos a la Coalición Cívica de Carrió sino que consiguió llegar al parlamento. La campaña no estuvo exenta de algunos rasgos patéticos, como el apoyo del comunicador Jorge Rial, que lanzó el hashtag “Un milagro para Altamira”. Pero a pesar de este tipo de cosas el FIT logró su objetivo de mínima. Es decir, entrar al parlamento, lo que equivalía a integrarse al sistema político realmente existente. Para un agrupamiento de extrema izquierda esto constituye un importante desafío en el que debe mantener un perfil de oposición al régimen existente al mismo tiempo que reconoce la especificidad del trabajo institucional.

En general, la experiencia del FIT, desde 2011 hasta ahora, solamente consiguió mantener la presencia trotskista en el sistema político. De ningún modo pudo convertirse en el agrupamiento que exprese la oposición real al régimen existente. Votar negativo a la mayoría de los proyectos legislativos no es suficiente para llegar a esta finalidad. Y el resultado no podía ser otro, ya que el FIT no es un frente que haya procesado una integración interna que potencie al frente como tal. Todos aceptan que están en un acuerdo electoral, una cooperativa de votos para pasar lo mejor posible la vida en la democracia burguesa. Siempre es más cómodo que alguien nos pague una parte de nuestros gastos –ese alguien es el estado burgués evidentemente- a tener que costearlos solamente con las finanzas partidarias. Otro elemento a tener en cuenta es que las reglas de las PASO kirchneristas reforzaron el mecanismo del voto útil, que en el caso del reducido electorado de izquierda en Argentina, se expresa en una concentración que beneficia al único agrupamiento que ha sacado diputados. Cristina constituyó sin buscarlo (7) una suerte de monopolio semi-legítimo en el seno de la izquierda argentina. Para decirlo imitando a Borges; el FIT como tal no existe, existen el PO, el PTS y, bastante menos, IS y los grupos de definición guevarista que creen acertado participar de un armado político trotskista. La crisis del PO va a tocar, casi seguro, al FIT. La magnitud del daño es difícil de predecir. Puede ser un inconveniente menor o una crisis.

Pero examinemos más detenidamente algunos momentos políticos previos que tuvieron importancia en el actual desenlace. Si bien inicialmente parecía que el predominio del PO iba a tardar en ser puesto en cuestión, los acontecimientos se precipitaron. Para esto hay que entender que el acuerdo del FIT tal cual es hoy implicó la realización del plan político del PTS. Esta organización tuvo un triunfo táctico, que probablemente no fue apreciado en su real importancia, con la exclusión del nuevo MAS del acuerdo político. Esta exclusión lo ponía, por peso político ya que era la organización que venía detrás del partido de Altamira en importancia, en comparación directa con PO. El PTS es hoy un partido más dinámico y actualizado en lo que hace al conocimiento del management y la comunicación política (8). Si bien el PTS busca persuadir de que su trotskismo encarna la verdadera comprensión de la inefable doctrina, confía en que su manera de presentarla ante el público elector y las tribus militantes lo catapultará al éxito. La apuesta del PTS era que en algún momento esa comparación lo iba a beneficiar. Uno de los pasos necesarios de implementación de ese plan político era carecer de rivales que pudieran ser competitivos en la comparación con el anticuado PO. En ese sentido, el nuevo MAS, a pesar de tener menos peso político, posee una dinámica similar a la del PTS (9) y una mayor apertura teórico-política en lo que refiere a.los marcos del trotskismo (10). O, en todo caso, la suma de un competidor adicional le complicaba la ecuación política. Esta funcionaba si existía un solo competidor potencial y no dos que aspiran al mismo objetivo. El PO no percibió como lo hubiera beneficiado para mantener su predominio la inclusión del nuevo MAS, lo cual también da cuenta de sus dificultades de percepción respecto al juego político en este campo de la izquierda radicalizada, que es estrecho pero poseído de una intensidad infernal en su dinámica interna (11). En este campo de disputas, un partido como Izquierda Socialista, totalmente conformado por la nostalgia conservadora de la importancia que tuvo décadas atrás la corriente morenista, era perfectamente inofensivo. Otra cuestión que IS arrastraba como obstáculo fue su postura a favor de las corporaciones rurales en el conflicto de 2008. El PO y el PTS (que al igual que el nuevo MAS, aunque con algunos énfasis distintos) sostuvieron la posición neutralista en el conflicto, han dictado una virtual amnistía de los pecados pro-sojeros de IS, los cuales sólo se le eran echados en cara al MST, el cual, pasados unos años de penuria, dobló el lomo y finalmente ingresó al FIT (12).

Desencanto y sacrificio

El triunfo en las PASO 2015 del joven Del Caño sobre Altamira, aún por poco margen, fue devastador. La militancia de PO, una masa tan artificial como cualquier otra pero más enamorada de su líder, comparativamente, sufrió un golpe aplastante. Todos los elementos de análisis desmesurados y de falsas perspectivas optimistas que Altamira cultivó y estimuló en el ámbito del PO parecería que le fueron cobrados todos juntos retroactivamente y en brevísimo lapso. La virtual infalibilidad vaticana que tenía su opinión para la masa militante se canceló súbitamente.

Los cuadros políticos que formaban el aparato administrativo del PO se pusieron en movimiento durante 2016 y en el Congreso partidario de ese año empezaron a construir el desplazamiento de Altamira. Una cosa fue aceptar la conducción en piloto automático por parte del máximo líder y muy otra cosa es dejar que éste estrelle el vehículo por causa de su orgullo herido (13). Este argumento fue dicho de manera explícita y Altamira fue comparado con Guillermo Lora (14). 

No se me pasa que el caudillismo como forma de liderazgo político, cuando se da en una organización de vocación revolucionaria y con una estructuración basada en el bolchevismo de inicios del siglo XX, tiene una serie de límites en su accionar, de los que carece el fenómeno caudillista en su forma más pura. En una organización política que busca funcionar de modo leninista, por lo menos de jure, el principal límite que se le impone al caudillo es de tipo doctrinario: debe compatibilizar su acción con las referencias teórico-políticas a las que adscribe el partido. Las construcciones ideológicas que ha generado este tipo de relacionamiento marcó la historia del movimiento obrero y los múltiples marxismos, tanto en sus vertientes mayoritarias como en las minoritarias. Este tipo de fenómenos no pueden ser sólo analizados respecto a una mayor o menor corrección teórica. Una sociología crítica de las organizaciones y también algunos aspectos del psicoanálisis también deberían ser considerados.

Otro aspecto central de esta clase de estudios es la relación entre el líder caudillesco y el aparato administrativo partidario. En ciertos momentos, el segundo parece tornarse invisible durante el intervalo que dura la fortuna del líder. Pero siempre está… Un partido de vocación transformadora puede carecer de un líder caudillesco. No todos lo tienen. No puede carecer de un aparato burocrático mínimo.

En el PO este aparato parecía haberse reducido al mínimo de existencia frente a un líder tan protagónico como Altamira. Pero cuando los errores y desatinos de éste se acumularon en exceso hizo su aparición como grupo cohesionado con intereses propios. Recuerda mucho el relato freudiano de Tótem y tabú, en el cual el “viejo hechicero vienés” (Nabokov dixit) conjetura que, necesariamente, el origen del totemismo estuvo dado por el asesinato del padre de la horda a manos de los hombres jóvenes unidos. Del asesinato se pasa a la devoración, acto nutricio que busca absorber la energía del padre-líder. Si cada uno no podía ser como el padre, con este acto tratan que algo de la fuerza del muerto pase a cada uno de ellos. El padre asesinado retorna después como ley interiorizada que se impone a cada uno de los miembros, independientemente de que pueda sufrir transgresiones eventuales que no discuten la ley sino que la reafirman debido a que subsiste la ambivalencia de los sentimientos y aparece, en todo su esplendor, la culpa. El delito primigenio conserva sus huellas en la comida totémica periódicamente realizada, que recuerda lo que en el ensayo se nombra como la primera fiesta de la humanidad, en la que se calibra un goce que se sabe excesivo y existente pero que resulta inaceptable para la continuidad de la vida en común. Con este mito Freud buscaba enlazar la base psíquica de los lazos parentales, el horror al incesto, la represión primaria, el retorno de lo reprimido, una teoría sobre el origen de la civilización y el poder. Cuestiones relativamente ajenas a nuestro asunto. Evidentemente el paralelo claro que se puede hacer entre el mito freudiano y la crisis del PO está dado en la unión, mayoritaria y no unánime en este caso, de los cuadros y funcionarios políticos partidarios en contra de un líder excesivamente presente que con su gula de personalismo hacía indistinguibles a la organización y a su persona. Afortunadamente en esta disputa nadie se comió ni mató a nadie. Altamira perdió la adhesión de la mayoría de los militantes de PO. Los contendientes están embarcados en una disputa que ascendió a los extremos y, vistos los términos de la discusión, a todo observador razonable le asombra que problemas completamente tácticos y limitados a enfatizar uno u otro aspecto de la situación (15) terminan en la constitución de dos partidos diferentes.

Sin duda, gran parte de la responsabilidad de esta escisión se encuentra en el estilo intelectual de Jorge Altamira. PO debe ser el único partido de la izquierda internacional que acepta gustoso el calificativo de catastrofista en la interpretación de las crisis económicas. Y no sólo eso, sino que lo levanta como una bandera programática. Altamira fue un gran impulsor de esto pero estuvo lejos de estar solo en estas posturas (16). 

Pero aquí hay que hacer otro señalamiento en sentido inverso: ningún episodio de progreso en la dogmatización del pensamiento marxista justifica la exclusión de Altamira y Ramal de la dirección del Partido Obrero. La dirección o el comité central de una organización anticapitalista y revolucionaria no se forma a partir de la posición política sino por balance de actividades (17). La dirección de un partido tiene que buscar, como un fin deseable, abarcar las diversas sensibilidades existentes en una organización, aunque esto haga marchar algo más lento la construcción del partido. La razón siempre tiene ventajas frente al militantismo alienante, en el que la dirección hace que la base se esfuerce en pos de quimeras.

Pero volviendo a la actual dirección de PO, hay un rasgo que los acerca a la fratria que mató al padre del mito freudiano. No es tanto la culpa como el temor. Del bochorno que sintieron después de la negativa de Altamira a reconocer la victoria del insulso Del Caño pasaron a esconder al “monstruo” en una mazmorra. Altamira intentó contraatacar desde su Facebook, que se convirtió en un lugar de reagrupamiento de sus partidarios. La nueva dirección censuró esto como si Altamira estuviera destruyendo las bases mismas del centralismo democrático de un partido leninista. Concepción bastante absurda desde cualquier punto de vista. Y tanto Altamira como Ramal decidieron no retroceder y organizar su fracción pública, lo cual en los códigos de acción trotskistas significa la ratificación de la escisión.

¿Cuál era la lógica de la conducta de la mayoría? ¿No eran luchadores democráticos en contra del personalismo? Hay que decirlo con claridad: no (18). Probablemente eran claramente concientes que la identidad política de su partido tenía una elevada proporción de altamirismo en su ADN, cuestión que también los involucra a ellos. Asistimos a un movimiento simultáneo de purgación y de expurgación. Se envía a Altamira al exilio, es decir, afuera de las fronteras partidarias por pequeños delitos abominables (Esther Tusquets dixit) en contra de la unidad partidaria. Cosa que no se cree nadie. (Néstor) Pitrola, (Gabriel) Solano y (Romina) Del Pla se han visto en figurillas para explicarlo. Altamira también, lo cual debería advertir a los partidos trotskistas sobre algunos rasgos bastante marcianos de su ritualidad orgánica, pero se ha visto beneficiado por ser la parte excluida. Siempre los que echan a alguien tienen que explicar mejor sus acciones que el expulsado. El nuevo PO desconfía de su propia base, a la cual debe mantener en cuarentena respecto a la palabra de su viejo ex dirigente máximo. Y también ellos mismos parecen estar viviendo un proceso de expurgación, de transformación política de sí mismos. Por esa razón, a pesar de lo baladí que parece el trasfondo mismo de la discusión, parecería que no hay retroceso en esta ruptura.

Otra de las tácticas usadas por la nueva dirección de PO es recurrir a las biografías ejemplares de viejos cuadros y militantes (19) para demostrar “la continuidad política del Partido Obrero”. Dado el peso que tenía la imagen de Altamira para la mayor parte de los militantes de PO, y también hasta de aquellos que pasaron por sus filas, el documento titulado de esa manera busca proclamar, con cierta desesperación: “no somos advenedizos, construimos hace décadas este partido”. Y, dando un nuevo paso hacia la cristalización de la ruptura, la nueva dirección del PO afirma algo más que eso. El PO es una construcción tan sólida que ha logrado “…defender al Partido Obrero contra una fracción liquidacionista impulsada por su fundador. La vitalidad de nuestro partido, su carácter revolucionario y sus reservas enormes de lucha están permitiendo lograr lo que ningún otro partido que se reclama de la IV Internacional lograra hasta el momento, que es superar las tendencias liquidacionistas cuando éstas vienen de su dirigente fundador. El golpe que implica para el Partido Obrero la ruptura precipitada por Altamira deja, sin embargo, este saldo favorable, que pasa a ser parte de nuestro acervo político y teórico” (20). Como se observa no parece este ser el lenguaje de una organización que ha sufrido una crisis sino el de un grupo que se ha sacado un gran peso de encima y contempla confiada su propio porvenir.

De la discusión que encontramos en sus textos es posible extraer algunas reflexiones con las que se puede acordar pero, al ser una discusión en torno a un hecho consumado (principalmente por las medidas tomadas por la dirección de PO), esto genera un contexto en el que las cosas ya están decididas y el contenido de los textos como tal pierde relevancia.

La cuestión del régimen interno

Dos últimos puntos habría que tratar. El primero refiere a las características específicas del régimen interno que tuvo históricamente el PO, tanto cuando fue Política Obrera como en la más larga etapa del Partido Obrero. Como corresponde al modelo organizativo de tipo leninista, en su estatuto existe tanto el derecho de tendencia como el de fracción. El primero responde a un agrupamiento interno que plantea una serie importante de cambios en la política de la organización sin plantear como necesario el desplazamiento de la dirección. La fracción incluye esto último y es el intento por mantener la unidad partidaria ante una situación de crisis sostenida. En la tradición trotskista, que es a nivel internacional el movimiento de izquierda que ha intentado mantener esta forma organizativa, el establecimiento de la fracción suele ser el prólogo a la escisión.

Sin embargo, lo específico del régimen interno de PO no es esto sino una práctica en la que la dirección partidaria no reconoce como legítimo a un grupo de militantes disconformes sin la exigencia de un programa claro y definido desde el inicio. Las discusiones políticas difícilmente puedan nacer claras y distintas como los argumentos cartesianos o Minerva de la cabeza de Júpiter. El proceso de discusión siempre es mucho más contradictorio y enrevesado. PO usaba este recurso para reprimir la discusión política interna: acusaba de camarillismo a la tendencia en formación y la disolvía. La acusación de formar una camarilla busca su legitimación en ciertas discusiones de Trotsky con sus discípulos norteamericanos, casi siempre en crisis. Y como tal es la acusación de agruparse internamente a partir de afinidades personales y no políticas. Pero este punto de vista tiene el inconveniente de asegurar la cristalización de las afinidades personales, que son las que aparecen primeramente cuando empieza la disconformidad con la política de una dirección (21). En el régimen interno histórico de PO esto se complementaba con la práctica de la separación política de la organización de los militantes problemáticos o de bajo rendimiento, los cuales, pasado un período de prueba mínimo de seis meses, debían pedir nuevamente el ingreso a la organización. Como puede verse fácilmente, es una medida administrativa disfrazada de política cuyo fin es el disciplinamiento interno en el peor sentido de la palabra. Justamente, la disciplina, para encarnar lo que Gramsci consideraba un centralismo progresivo (y no reaccionario), debe ser libre y concientemente aceptada. La práctica de la separación orgánica constituye un formidable obstáculo a una disciplina progresiva. Cualquier renovación progresiva en el Partido Obrero pasa por el abandono y, sobre todo, la crítica de esta práctica y de sus bases políticas. 

Repercusiones en el campo trotskista

En partes anteriores de esta nota hice referencia al artículo de Roberto Saenz, dirigente del nuevo MAS. Las dos notas publicadas por este autor contienen reflexiones valiosas y honestas, suscritas desde un punto de vista trotskista más abierto que el promedio de las organizaciones de este signo que actúan en Argentina. No compartimos esa mirada en términos generales pero con sus coordenadas más específicas se puede establecer una conversación. Saenz sitúa varios de los problemas del trotskismo en la ubicación marginal de esta corriente con posterioridad a la segunda guerra mundial y a muchos de los actuales en la contradicción de ser una organización revolucionaria y actuar en tiempos que no son revolucionarios. El hecho de ser una organización revolucionaria ya constituye por sí mismo un gran problema debido a lo complejo que es hoy definir los contornos reales de un programa revolucionario, que no puede desprenderse de la mera voluntad de querer acabar con el capitalismo, que es importante como punto de partida, pero que está lejos de poder ubicar el conjunto de las determinaciones necesarias para la tarea de construir un programa.

La nota de Fernando Scolnik y Matías Maiello, articulistas de La Izquierda Diario del PTS, comparte el punto de partida más general de la dificultad de construir organizaciones revolucionarias en tiempos no revolucionarios. Pero se trata en general de una nota típica de un house organ que toma el problema específico de la crisis en el Partido Obrero como una excusa para propagandizar sus supuestas virtudes. El PO es acusado de no prestar atención a la teoría, lo cual es cierto pero el PTS se limita a reafirmar la vigencia incontestada del trotskismo mientras produce discusiones con (Slavoj) Zizek, (Ernesto) Laclau, (Judith) Butler, y cualquier teoría que esté circulando en este período, que parecen calcadas unas de otras y que llevarían a pensar a cualquier lector sensato que para hacer eso mejor sería quedarse tranquilo sin hacer nada. PO en los años ochenta tenía la voluntad de hacer este tipo de discusiones. Después debe haber descubierto que daba lo mismo no hacerlas y profundizó su deriva hacia la osificación de su marxismo. El PTS está en esa etapa anterior y se enorgullece de ello. También hay una discusión sobre la política sindical en la que el PTS acusa a PO de hacer coaliciones espúreas con caudillos sindicaleros mientras que el PTS construye agrupamientos clasistas cuya influencia se regula objetivamente por la lucha de clases (22). Pura retórica de house organ como se ve.

Lo que resulta instructivo de la nota de La Izquierda Diario es que Scolnik-Maiello hablan de todas las cuestiones que se les ocurren salvo de una que es central: ¿manejó correctamente la dirección del PO esta crisis? ¿la fracción de Altamira tiene derecho a llevar adelante su política al interior del partido? Una crisis partidaria puede dar pie para hablar de una serie de temas variados, según lo que cada individuo o grupo considere relevante. Pero en lo que hace a la cuestión política concreta, no a la sintomatología de lo que cada uno cree que es causal, sino al problema en su dimensión práctica, la nota da una respuesta que no sorprenderá al lector: ninguna de las dos fracciones es progresiva o representa algún principio superior que es necesario defender por encima del conjunto de la discusión (23). Lo que dicen sobre esto es algo muy claro: con Altamira o con los otros, lo que nos interesa es mantener el tinglado del FIT. Todo lo demás es secundario. Respeto como algo políticamente legítimo la defensa que el PTS pueda hacer de sus intereses partidistas. Rechazo su abstencionismo en la cuestión práctica y la retórica y la posición más general del artículo que intenta asentar una mirada de falsa superioridad que no se sostiene en nada objetivo (24), salvo ser el socio con mayor estabilidad dentro del semi-legítimo monopolio de la representación de la izquierda brindado por las proscriptivas PASO. Su única preocupación es defender este pozo común en que administran hoy, aparentemente, la tajada más grande.

El MST también se manifestó en torno a la crisis en PO. Su artículo, firmado por Enrique Silva, tiene un tono precavido. Quizás porque esta organización es una recién llegada a los ámbitos del FIT y no quiere decir algo muy inconveniente. Sin embargo, de una manera diplomática, la nota no deja de mencionar el problema metodológico que implica el cierre del debate político y la exclusión de la disidencia (25). Contrariamente, Izquierda Socialista, que es una escisión del MST y viene de su vertiente más conservadoramente morenista, lamenta la situación muy diplomáticamente y se abstiene de cualquier posicionamiento respecto a la disputa en el interior de PO (26). Su posición es muy escueta, el artículo está compuesto por unos pocos párrafos y recoge una preocupación análoga a la del PTS de que la crisis del PO no perjudique al FIT.

El FIT como tal, en la actual coyuntura argentina tiene dos pronósticos posibles. El optimista es estancamiento. El pesimista es retroceso. Una vez superado el entusiasmo inicial por la casi completa unidad de la izquierda trotskista que se registró entre los votantes de la izquierda trotskista y una parte del progresismo, el FIT no avanzó en ningún aspecto significativo en tanto proyecto político común. Incluso, ya se empiezan a notar los efectos de la miseria teórica de la izquierda trotskista, que carece de un programa explícito y articulado para un país como la Argentina (27). El trotskismo, más o menos ortodoxo, de este país tiene un programa que hace eje en las determinaciones más claramente universales de los combates políticos actuales pero carece de toda elaboración sistemática de la Argentina en tanto formación social específica. Está bien resaltar las implicancias objetivas de que Argentina sea un país capitalista, en un país en el que es tan importante la creencia en la armonía de clases. Pero esto debe hacerse atendiendo a un contexto y a una trayectoria histórica que presenta particularidades y articulaciones que es preciso formular con claridad para poder plantear una política socialista que pueda dar cuenta de los enfrentamientos reales de esta formación social. El FIT como experiencia política combina una serie de consignas socialistas genéricas con planteos de la ortodoxia trotskista (28) a lo que se agrega la enorme carencia programática ya señalada.

Después de la experiencia desastrosa del macrismo, que expresa la agresividad reaccionaria de la burguesía argentina y sus capas medias adictas pero que al mismo tiempo deja a la vista una dificultad hasta ahora insalvable para manejar eficazmente el capitalismo argentino, es una tarea importante pensar la situación de la actual izquierda trotskista parlamentaria, que oscila entre el sindicalismo combativo y una política que no ha logrado pensar las condiciones específicas para luchar por el socialismo en este país. Con una mirada levemente cínica podríamos afirmar que estas dos nulidades (a las que no ponemos en el mismo plano porque en un caso se trata de compañeros de lucha con los que tengo diferencias lo suficientemente  grandes como para que la política del FIT no merezca mi apoyo mientras que en el caso del macrismo se trata de enemigos completos) aseguran que por un período histórico difícilmente calculable el peronismo parece ser el horizonte insuperable de la sociedad argentina.  

Notas:

1 En su mejor momento en los setenta alcanzó unos 600 militantes, durante las huelgas de junio-julio de 1975, según su propia dirección.

2 El predominio del MAS en la izquierda argentina fue tan claro como poco perdurable. Su crisis se incubó entre enero de 1987, con la muerte de Nahuel Moreno, y mediados de 1992, cuando el MAS queda dividido en dos grandes organizaciones: el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), que representaba la continuidad política de lo hecho hasta ese momento por la organización y a la mayoría de su comité ejecutivo y la que conservó la sigla del MAS, encabezada por una inestable mayoría de su comité central que no lograba conformar una política superadora  para el conjunto de la organización aunque era consciente de los problemas que su construcción política y organizativa estaba acumulando. Su política de volver a jerarquizar la militancia en las estructuras laborales era correcta pero resultó insuficiente.

3 Usamos el adjetivo radicalizada para expresar las posturas de izquierda que sostienen la necesidad de una transformación global de la sociedad. Descartamos el uso de izquierda revolucionaria debido a que pensamos que hoy no existe una hoja de ruta programática que pueda sostenerse con un mínimo de verosímil. Recurrimos al adjetivo radicalizado en el sentido de los planteos y las demandas discursivas que se proponen a la sociedad.

4 Curiosamente en el momento del estallido el MAS tuvo militantes de base que fueron encarcelados (en Rosario, epicentro de la crisis) mientras que el PO no sufrió esa contrariedad.

5 En este rasgo singular el PTS, desprendido del MAS en 1988,  es completamente morenista.

6 Hasta su división en MST e Izquierda Socialista.

7 CFK está en otra ubicación, bien distinta a la micropolítica propia de estos grupos.

8 No es así en el plano teórico-político en el que comparte la misma matriz trotskista ortodoxa. La diferencia entre ambas organizaciones es que el PO, probablemente por los más de veinte años que le lleva al PTS, se encuentra más cristalizado en sus rutinas mientras que su competidor inmediato todavía es capaz de ensayar nuevos trucos.

9 Una simpática afirmación que el autor de esta nota escuchó de boca de varios militantes de base del PTS es la acusación kitsch de que “el MAS nos imita en todo lo que hacemos”.

10 Tiene, por ejemplo, una postura distinta en lo que hace a la caracterización del proceso seguido por los países del “socialismo real” que se aparta de la vieja postura de Trotsky, cuestión que hoy sería impensable que pueda ser discutida de verdad por organizaciones como el PO o el PTS.

11 Estamos muy lejos de creer en una política sin competencia ni luchas internas. Sin embargo es difícil dejar de observar que en los espacios políticos minoritarios, si se busca alcanzar un mayor grado de penetración en la sociedad, se debe aprender a alcanzar una proporción adecuada entre el plano de las luchas internas con reglas cooperativas que fortalezcan al espacio común. Esta lógica política constructiva no parece existir en el trotskismo local, que solamente alcanzó a construir una lógica de la pura supervivencia en la que cada uno de sus componentes permanece, obstinadamente, idéntico a sí mismo. Camino que muchas veces conduce a una transformación forzada por los acontecimientos y que va en un sentido aún más contrario a las expectativas iniciales.

12 En el momento inicial del FIT, el MST lo caracterizaba como un frente sectario. Su propuesta era la unidad de la izquierda en general (sin hacer énfasis en el trotskismo como identidad) con el nacionalismo desprendido de Solanas y con un eje radicalmente anti kirchnerista. Es decir, una política de unidad tan amplia como inverosímil.

13 Según se relata en el documento del CC titulado “Maniobra rupturista. Defendamos al Partido Obrero”, Altamira no reconoció el triunfo de la fórmula Del Caño-Bregman ni acudió a la conferencia de prensa del FIT en la que se iba a efectivizar la presentación a la prensa del binomio. En algunos fragmentos de la documentación de la mayoría del PO se califican estos hechos como “bochorno”, de manera bastante razonable.

14 Importante dirigente trotskista boliviano. Tuvo bastante protagonismo en acontecimientos centrales de la lucha de clases en Bolivia pero en las últimas décadas sufrió una importante caída en su influencia política. Fue un caso relativamente típico en la historia del movimiento trotskista en el cual la permanente búsqueda de fundamentos programáticos doctrinarios para la acción política termina convirtiéndose en una evasión hacia el sectarismo y el auto aislamiento político que esconde la ausencia de vocación de poder.

15 Por ejemplo el planteo sobre si había que plantear o no “Fuera Macri”, cuestión que puede ser muy importante en una coyuntura pero que no constituye un motivo válido para la ruptura en una organización.

16 Sin ir más lejos el principal protagonista del combate por el catastrofismo fue el economista Pablo Rieznik, un militante que combinaba un talante inconformista y abierto con la afirmación dogmática en una serie de principios bastante a contramano del tiempo histórico que vivimos pero a los que él pensaba que debía defender hasta su último aliento, cosa que efectivamente hizo.

17 Compartimos lo dicho en este aspecto por Roberto Saenz en su artículo “A propósito de la crisis en el Partido Obrero” en izquierdaweb.com.

18 La lucha contra el predominio personalista en la dirección de un partido de tipo leninista es una bandera correcta. Hay que reconocer que no existen medidas administrativas ni políticas que hayan demostrado estar a salvo de desviaciones en este terreno. Pero también hay que ser mínimamente realistas y reconocer que los liderazgos existen y la salida verdadera no es su represión sino la búsqueda de relaciones políticas entre los miembros de un partido que establezcan un territorio en el cual puedan tener expresión sin destruir la construcción orgánica de la organización. Los liderazgos deben poder existir sin que puedan construir relaciones por encima de las reglas de juego de la organización. Algo que por cierto es complejo y difícil.

19 Por ejemplo, destacar la fecha en que inició su militancia tal y cual dirigente. O recurrir al apoyo dado a esta verdadera refundación por algunos fundadores del viejo Política Obrera como Roberto Gramar (en Prensa Obrera del 4/7/2019).

20 “La continuidad política del Partido Obrero” fue el editorial del mismo número de Prensa Obrera antes citado.

21 Parto de la base de que una tendencia interna puede estar equivocada en sus fundamentos. No siempre los agrupamientos que expresan la disconformidad interna de un partido tienen razón y son progresivas en sí mismas. Pero esto debe ir unido al tratamiento político de la disidencia y no a la represión, abierta o sutil, de la discusión política.

22 La política del PTS en el subte está lejos de tener ese grado de declamada pureza cuando busca reagrupar a toda clase de elementos contra (el secretario general de los Metrodelegados -AGTSyP- Beto) Pianelli y (Néstor) Segovia. No es un problema de principios ya que el sindicalismo es un ámbito en donde se hace necesario ajustar alianzas non sanctas para fines puntuales. El problema es engañar con un lenguaje purista que también lleva a autoengañarse y ser acrítico con sus propias prácticas mientras se realizan críticas facciosas en relación a las otras organizaciones, rasgo típico del PTS.

23 La posición de esta nota es diferente. A pesar de que nos parece pobre la discusión interna de PO y que lo verdaderamente interesante e instructivo es la dinámica que expresa, creo que hay que defender los derechos de la fracción a sostener sus posiciones en el interior del PO. Más allá de que la ruptura sea un hecho consumado. Sergio Ortiz, dirigente cordobés del Partido de la Liberación, ironizó sobre el artículo de Scolnik-Maiello  diciendo: “Con amigos como el PTS ¿quién necesita enemigos?” 

24 Ni los materiales del PTS ni los hechos en la lucha de clases permitirían mostrar nada semejante. Por lo menos por ahora.

25 Artículo de “Alternativa Socialista” nº 745 (4/7/2019) y en la página web del MST.

26 Artículo firmado por Luis Covas en “El Socialista” nº 429 (3/7/2019) y en la página web de IS.

27 Esta miseria teórica no es monopolio de la izquierda trotskista. Tampoco los sectores de izquierda afines al kirchnerismo presentan un escenario mucho mejor. Solamente que como el FIT no está comprometido con ninguna de las fuerzas sociales realmente existentes y en conflicto en la Argentina actual, al depender exclusivamente de sí mismo, esta situación resalta más y en la llamada izquierda popular se disimula mejor.

28 Probablemente la manera en que cada grupo entiende el programa de transición y la herencia trotskista supone una fuente de tensión y presiones

*Agrimensor.