Gabriel Rockhill: La CIA lee la teoría francesa, la labor intelectual de desmantelar la izquierda cultural*

Por Gabriel Rockhill **

Gabriel Rockhill es filósofo, teórico político y crítico cultural. Enseña en la Universidad de Villanova y la prisión de Graterford, y dirige el taller de teoría crítica en la Sorbona.

En este artículo, Rockhill realiza una declaración a favor del rol de los intelectuales en la transformación social. Lejos de todo prejuicio que los destina a la mera charlatanería e intelectualización de las disputas “concretas”, el autor reivindica su papel en los debates ético-políticos que colaboran en la definición de los proyectos políticos transformadores.

La evidencia que presenta es la del estudio realizado por la CIA para aprehender los fundamentos teóricos de la izquierda francesa de los años 80. La organización estadounidense de inteligencia estaba seriamente preocupada por la capacidad de movilización y convocatoria de una serie de pensadores anticapitalistas. Para ello, destinaron una oficina específica en la capital francesa orientada únicamente a debilitar, mediante numerosas herramientas ideológicas, el potencial político de este grupo.

En consecuencia, Rockhill se ve obligado a analizar algunas de las estrategias utilizadas por la CIA y que se ven replicadas en la actualidad. Se trata de un sistema diagramado por los grupos dominantes con el objetivo de fortalecer una oposición más moderada al capitalismo (con el enaltecimiento de la figura de Foucault y otros representantes de la pretendida izquierda francesa, por ejemplo) y de esa forma quitar impulso a grupos intelectuales verdaderamente radicales.
***

A menudo se presume que los intelectuales tienen poco o nulo poder político. Posados en una privilegiada torre de marfil, desconectados del mundo real, inmiscuidos en intrascendentes debates académicos sobre especificidades, o flotando en las abstrusas nubes de la alta teoría, los intelectuales son retratados frecuentemente no solo como desconectados de la realidad política sino como incapaces de generar impactos valederos en ella. La Agencia Central de Inteligencia piensa de otra forma. De hecho, la agencia responsables de golpes de estado, asesinatos y manipulaciones clandestinas de gobiernos extranjeros no solo cree en el poder de la teoría, sino que dedicó cuantiosos recursos a un grupo de agentes secretos diseminados sobre lo que algunos consideran la más recóndita e intrincada teoría alguna vez producida. En un intrigante trabajo de investigación escrito en 1985, y recientemente publicado con retoques menores a través de la Freedom of Information Act [Libertad de información], la CIA revela que sus operadores estudiaron la teoría francesa, compleja y a la vez guía de las tendencias internacionales, asociada con los nombres de Michel Foucault, Jacques Lacan y Roland Barthes, La imagen de espías americanos encontrándose en cafés parisinos para estudiar asiduamente y comparar notas sobre los principales apóstoles de la intelligentsia francesa puede impactar a aquellos que presumen que este grupo de intelectuales es un conjunto de iluminados cuya increíble sofisticación no podría jamás ser atrapada por tan vulgar estrategia, o que asumen que son, por el contrario, charlatanes de retórica incomprensible con poco o nulo impacto en el mundo real. No obstante, no debería ser sorpresa para aquellos familiarizados con la inversión persistente y a largo plazo de la CIA en la guerra cultural global, incluyendo el apoyo de sus formas más avanzadas, proceso que ha sido bien documentado por investigadores como Frances Stonor Saunders, Giles Scott-Smith, Hugh Wilford (yo he realizado mi propia contribución en Radical History & the Politics of Art). Thomas W. Braden, el antiguo supervisor de las actividades culturales de la CIA, explicaba el poder de la política cultural de la Agencia en un raconto de información privilegiada publicado en 1967: “Recuerdo la enorme alegría que tenía cuando la Boston Symphony Orchestra (financiada por la CIA) obtuvo mejores recepciones de los EEUU en París que lo que podrían haber conseguido John Fuster Dulles o Dwight D. Eisenhower con cien discursos”. Esto no era de ninguna forma una operación pequeña o liminal. De hecho, como ha señalado adecuadamente Wilford, el Congreso para la Libertad Cultural (CCF), el cual tenía su centro de operaciones en París y que luego fue descubierto su carácter de organización pantalla de la CIA durante la Guerra Fría cultural, estaba entre los mecenas más importantes de la historia universal, financiando una gama increíble de actividades artísticas e intelectuales. Tenía oficinas en 35 países, publicaba docenas de prestigiosas revistas, estaba involucrada en la industria editorial, organizaba eventos internacionales y exhibiciones de arte del más alto perfil, coordinaba presentaciones y conciertos y contribuía con fondos a numerosos convenios y premios culturales, así como representaba organizaciones como la Farfield Foundation. La agencia de inteligencia entendía a la cultura y la teoría como armas cruciales en el arsenal general que desplegaba para perpetuar los intereses de EEUU alrededor del mundo. La investigación de 1985 recientemente publicada, titulada “Francia: Bloqueo de los Intelectuales Izquierdistas” examina -sin duda con el objetivo de manipularla- a la intelligentsia francesa y su rol fundamental en la modelación de las corrientes intelectuales que generan las políticas públicas. Sugiriendo que ha habido un relativo balance ideológico entre la izquierda y la derecha en la historia intelectual de Francia, el reporte subraya el monopolio de la izquierda en la era de la inmediata posguerra -a lo cual, sabemos, la CIA se oponía rabiosamente- debido al rol central del comunismo en la resistencia del fascismo y en última instancia en su derrota durante la guerra. Si bien la derecha había sido fuertemente desacreditada por su contribución directa a los campos de concentración nazis, así como su característica agenda xenofóbica, ati-igualitaria y fascista (de acuerdo a la propia descripción de la CIA), los agentes secretos que diagramaron el estudio destacan con un palpable regocijo el retorno de la derecha desde aproximadamente comienzos de los 1970s. Más específicamente, los guerreros culturales encubiertos aplauden lo que ven como un movimiento doble que contribuye al viraje del enfoque crítico hacia los EEUU de la intelligentsia hacia la URSS. En la izquierda, había una desafección gradual del estalinismo y el marxismo, un progresivo retiro de los intelectuales radicales del debate público y un movimiento teórico de alejamiento del socialismo y el partido socialista. En la derecha, los oportunistas ideológicos denominados los Nuevos Filósofos y los intelectuales de la Nueva Derecha lanzaron una agresiva campaña de ensuciamiento del marxismo. Mientras otros tentáculos de la organización mundial de espías estaban involucrados en el derrocamiento de líderes elegidos democráticamente, en la provisión de inteligencia y fondos a dictadores fascistas y financiando patotas de derecha, el escuadrón de inteligencia de París recolectaba datos sobre cómo el giro teórico hacia la derecha beneficiaba directamente a la política externa de EEUU. Los intelectuales de izquierda de la inmediata posguerra habían sido abiertamente críticos del imperialismo estadounidense. La explosión mediática de Sartre como un marxista crítico, y su rol notable- como fundador de Libération– en el descubrimiento de la estación de oficiales de la CIA en París y decenas de operativos encubiertos, era monitoreado de cerca por la Agencia y considerado un problema muy serio. En contraste, la atmósfera anti-soviética y anti-marxista de la era neoliberal emergente desviaba el escrutinio público y proveía una excelente pantalla para las guerras sucias de la CIA al hacer “muy difícil para cualquiera movilizar cualquier oposición significativa entre las elites intelectuales a las políticas norteamericanas en Centroamérica, por ejemplo”. Greg Grandin, uno de los más renombrados historiadores de América Latina, resumió perfectamente la situación en “La última masacre colonial”: “Aparte de realizar intervenciones visiblemente desastrosas y mortales en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973 y El Salvador y Nicaragua en los 80s, los Estados Unidos han provisto de forma silenciosa y permanente apoyo financiero, material y moral a organizaciones contrainsurgentes. (…) Pero la enormidad de los crímenes de Stalin asegura que dichas sórdidas historias, sin importar cuán movilizantes, condenables o dañinas, no modifiquen el fundamento de una perspectiva comprometida con el rol ejemplar de los EEUU en la defensa de lo que conocemos como democracia”: Es en este contexto que los mandarines enmascarados alaban y financian la incansable crítica que una nueva generación de pensadores anti-marxistas como Bernard-Henri Lévy, André Glucksmann y Jean Francois Revel desataron sobre la “última camarilla de eruditos comunistas” (compuesta, de acuerdo con los agentes anónimos, por Sartre, Barthes, Lacan y Louis Althusser). Dadas las inclinaciones izquierdistas de estos anti-marxistas en su juventud, proveen un modelo perfecto para construir narrativas engañosas que amalgamen supuestos crecimientos políticos personales con la progresiva marcha del tiempo, como si la vida individual y la historia fueran simplemente una cuestión de “crecer” y reconocer que la profunda transformación igualitaria es una cosa del pasado -histórico y personal-. Este derrotismo condescendiente y omnisciente no servía solamente al descrédito de los nuevos movimientos, en particular de aquellos protagonizados por la juventud, sino que también posiciona los relativos éxitos de la represión contra-revolucionaria como el progreso natural de la Historia. Incluso teóricos no tan opuestos al marxismo como aquellos reaccionarios intelectuales hicieron una contribución significativa al ambiente de desilusión alrededor del igualitarismo transformador, de desinterés con la movilización social y de “pregunta crítica” desprovista de una política radical. Esto es extremadamente importante para entender la estrategia general de la CIA en sus amplios y profundos intentos de desmantelar la izquierda cultural en Europa y a nivel universal. Al reconocer la imposibilidad de abolirla por completo, la organización de espías más poderosa del mundo buscó mover la cultura de izquierda lejos del anticapitalismo y las políticas transformadoras hacia posiciones reformistas de centroizquierda que sean menos abiertamente críticas de las políticas externa y doméstica de los EEUU. De hecho, como Saunders demostró en detalle, la Agencia trabajó a espaldas del congreso conducido por [el senador republicano Joseph] McCarthy en la posguerra para apoyar y promover directamente proyectos de izquierda que dirigieran a los productores y consumidores culturales lejos de la izquierda definidamente igualitaria. Atacando y desacreditando a la última, aspiraba también a fragmentar a la izquierda en general, dejando lo que quedara de la centro izquierda solo con un mínimo poder y apoyo público (así como ser potencialmente desacreditada por su colaboración con proyectos políticos de derecha, un problema que continúa siendo una plaga para los partidos de izquierda contemporáneos). Es bajo esa luz que debemos entender la debilidad de la central de inteligencia por narrativas reformistas y la profunda apreciación de “marxistas reformados”, un leitmotiv que atraviesa el trabajo de investigación sobre la teoría francesa. “Aún más efectivo para debilitar al marxismo”, dicen los espías, “eran aquellos intelectuales que comenzaron como verdaderos creyentes en la teoría marxista en las ciencias sociales pero terminaron re-pensándose y rechazando la tradición entera”. Citan en particular la profunda contribución realizada por la Escuela de los Anales de historiografía y estructuralismo -particularmente Claude Lévi-Strauss y Foucault- a la “demolición crítica de la influencia marxista en las ciencias sociales”. Foucault, a quien se refieren como el “pensador más profundo e influyente de Francia”, es específicamente aplaudido por su saludo a los intelectuales de la Nueva Derecha por recordarle a los filósofos las “consecuencias sangrientas que surgieron de la teoría social racionalista y la Ilustración del Siglo XVIII y la era revolucionaria”. Si bien sería un error plegar la opinión política de alguien o sus efectos políticos en una sola posición o resultado, el izquierdismo antirrevolucionario de Foucault y su perpetuación del chantaje del Gulag (por ejemplo, la idea de que movimientos radicales en expansión que buscan una profunda transformación social y cultural solamente resucitan las tradiciones más peligrosas) están perfectamente en línea con la estrategia general de la agencia de espionaje sobre la guerra psicológica. La lectura de la CIA sobre la teoría francesa nos debería dar el espacio, entonces, para reconsiderar el revestimiento de “chic” que se le ha dado en la mayor parte de su recepción angloparlante. De acuerdo con una concepción etapista de la historia progresiva (la cual es usualmente ciega a su implícita teleología), la obra de figuras como Foucault, Derrida y otros innovadores teóricos franceses es asociada intuitivamente con una forma profunda y sofisticada de crítica que presumiblemente supera por mucho cualquier otra encontrada en la tradición socialista, marxista o anarquista. Es ciertamente verdadero y merece ser enfatizado que la recepción angloparlante de la teoría francesa, como adecuadamente señaló John McCumber, tuvo importantes implicancias políticas como un polo de resistencia a la falsa neutralidad política, las tecnicidades de la lógica y el lenguaje o directamente el conformismo ideológico operativo en las tradiciones anglo-americanas de filosofía apoyadas por McCarthy. No obstante, las prácticas teóricas de figuras que le dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis llamó la tradición de la crítica radical -es decir la resistencia anticapitalista y antiimperialista- sin dudas contribuyeron al giro ideológico que se alejó de las políticas transformadoras. De acuerdo con la propia agencia, la teoría francesa posmarxista contribuyó directamente al programa cultural de la CIA de inclinar la izquierda a la derecha, mientras desacreditaba al antiimperialismo y el anticapitalismo, de esa forma creando un ambiente intelectual en el que los proyectos imperiales podrían ser perseguidos sin obstáculos provenientes del escrutinio crítico de la intelligentsia. Como sabemos gracias a la investigación del programa de la CIA sobre guerra psicológica, la organización no solo ha buscado coercionar individuos, sino que también ha estado siempre dispuesta a comprender y transformar las instituciones de producción y distribución cultural. De hecho, su estudio sobre la teoría francesa señala el rol estructural que las universidades, editoriales y los medios tienen en la formación y consolidación de un ethos político colectivo, En descripciones que, como el resto del documento, deberían invitarnos a pensar críticamente sobre la situación académica actual en el mundo angloparlante y más allá, los autores del reporte ponen en primer plano las formas en que la precarización de la labor académica contribuye a la demolición de la izquierda radical. Si intelectuales de izquierda dura no podemos asegurarnos los medios materiales necesarios para desarrollar nuestro trabajo, o si somos más o menos sutilmente forzados a moderarnos para conseguir empleo, publicar lo que escribimos o tener una audiencia, entonces las condiciones estructurales para una comunidad de izquierda definida se debilitan. La “vocacionalización” de la educación superior es otra herramienta utilizada para este fin dado que busca transformar a la gente en eslabones tecno científicos del aparato capitalista en lugar de ciudadanos autónomos con herramientas confiables de crítica social. La teoría que los mandarines de la CIA en consecuencia defiende los esfuerzos de parte del gobierno de Francia por “empujar a los estudiantes a cursos de negocios y técnica”. También señalan las contribuciones realizadas por las grandes editoriales como Grasset, los medios y la moda de la cultura norteamericana en impulsar su plataforma post socialista y anti igualitaria. ¿Qué lecciones podríamos tomar de este reporte, particularmente en el actual ambiente político con su constante ataque a la intelligentsia crítica? Primero que nada, debería ser un convincente recordatorio de que si algunos presumen que los intelectuales no tiene poder, o que nuestras orientaciones políticas no importan, la organización que ha sido uno de los agentes de poder más potentes en la política contemporánea no está de acuerdo. La Agencia Central de Inteligencia, como su nombre irónicamente sugiere, cree en el poder de la inteligencia y la teoría, y deberíamos tomar esto seriamente. Si falsamente presumimos que el trabajo intelectual tiene poca o nula tracción en el “mundo real”, no solo malinterpretamos las implicancias prácticas de la labor teórica, sino que también corremos el riesgo de hacer la vista gorda a proyectos políticos por los que fácilmente podemos convertirnos en embajadores culturales inconscientes. A pesar de que el aparato estatal y cultural de francia promueve una plataforma pública mucho más significativa para los intelectuales de la que podemos encontrar en otros países, la preocupación de la CIA en mapear y manipular la producción teórico y cultural en el resto del mundo debería servirnos como un llamado de atención a todos. En segundo lugar, los agentes de poder del presente tienen un interés manifiesto en cultivar a la intelligentsia cuya visión crítica ha sido amortiguada o destruida por instituciones patrocinantes fundadas en intereses de negocios o técnico-científicos, asociando políticas de izquierda con lo anti-científico, relacionando la ciencia con una presunta (y falsa) neutralidad política, promoviendo a los medios que saturen las transmisiones con charlatanería conformista, recluyendo izquierdistas duros de las instituciones académicas grandes y del ojo de los medios, y desacreditando cualquier llamado a la transformación ecológica e igualitaria radical. Idealmente, buscan alimentar una cultura intelectual que, aún de izquierda, sea neutralizada, inmovilizada, apática y conformista con taras derrotistas, o con un criticismo pasivo de la izquierda radical movilizada. Esta es una de las razones por las que podríamos considerar la oposición intelectual a la izquierda radical, algo que es preponderante en la academia estadounidense como una posición política peligrosa: ¿no es directamente cómplice con la agenda imperialista de la CIA alrededor del mundo? En tercer lugar, para contrarrestar este ataque institucional a la cultura de izquierda, es imperativo resistir a la precarización y vocacionalización de la educación. Es tan importante como crear esferas públicas de verdadero debate crítico y proveer una plataforma más amplia para aquellos que reconozcan que otro mundo es no sólo posible, sino necesario. También necesitamos agruparnos para contribuir y desarrollar medios de comunicación alternativos, diferentes modelos de educación, tejidos contra institucionales colectivos radicales. Es vital fomentar precisamente lo que los combatientes culturales encubiertos quieren destruir: una cultura de izquierda radical con un amplio marco institucional de apoyo, apoyo público extenso, publicidad en los medios y poder expansivo de movilización. Finalmente, los intelectuales del mundo deberíamos unirnos alrededor del reconocimiento de nuestro poder y orientarlo a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para desarrollar una crítica sistémica radical que sea tan igualitaria y ecológica como antiimperialista y anticapitalista. Las posiciones que uno defiende en el aula o públicamente son importantes para fijar los términos de debate y diagramar el campo de posibilidades políticas. En directa oposición a la estrategia cultural de la agencia de espías de fragmentar y polarizar, por la cual ha buscado castigar y aislar a la izquierda antiimperialista y anticapitalista, a la vez que oponiéndonos a las posiciones reformistas, deberíamos federarnos y movilizarnos al reconocer la importancia de trabajar juntos -entre toda la izquierda, como Keeanga-Yamahtta Taylor nos ha recordado recientemente [en su libro From #BlackLivesMatter to Black Liberation]- para el cultivo de una intelligentsia verdaderamente crítica. En lugar de proclamar o lamentar la falta de poder de los intelectuales, deberíamos aprovechar la habilidad de decir la verdad al poder por medio del trabajo en conjunto y la movilización de nuestras capacidades para crear colectivamente las instituciones necesarias por un mundo con una cultura de izquierda. Puesto que solo en un mundo así, y en las cámaras de eco que produciría, las verdades dichas podrían ser escuchadas y de esa forma cambiar las verdaderas estructuras de poder. 

*Publicado en el sitio The Philosophical Salon el 28 de febrero de 2017. Enlace: http://thephilosophicalsalon.com/the-cia-reads-french-theory-on-the-intellectual-labor-of-dism antling-the-cultural-left/ 

Tradujo para SF Juan Delgado

**Gabriel Rockhill es filósofo, teórico político y crítico cultural. Enseña en la Universidad de Villanova y la prisión de Graterford, y dirige el taller de teoría crítica en la Sorbona.