Hernán Borisonik: Adam Smith, la ley natural y el gran incendio de Londres

Un comentario a propósito de La ciudad en llamas de David Casassas
Por Hernán Gabriel Borisonik

Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente fue”. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro
Walter Benjamin

I.
Un acontecimiento clave dentro de la mutación de la ideología liberal europea fue el famoso terremoto ocurrido en Lisboa el primer día de noviembre de 1755. Este episodio puso a los desastres naturales en el centro del cosmos intelectual de fines del siglo XVIII. A partir de entonces, la fragilidad de la vida humana en la Tierra se ha ido posicionando entre los tópicos privilegiados del pensamiento. Sin embargo, existió un evento previo al terremoto, que ya había dejado a la vista ciertas fisuras que hacían de la ley natural un artilugio del caos y no del orden. El Great Fire of London fue un incidente de enorme magnitud para la sociedad inglesa temprano-moderna. Este incendio de 1666 despertó la atención de políticos e intelectuales, a tal punto que Adam Smith haría referencia a este desastre casi un siglo más tarde, al manifestar su punto de vista acerca de la relación entre humanidad y naturaleza. A su vez, a partir de la metáfora sobre el fuego, David Casassas tituló, organizó y dio comienzo a un libro fundamental para comprender el legado smithiano en el siglo XXI. Continuando con los estudios de Antoni Domènech, Casassas se hace eco de una posición teórica muy específica acerca del republicanismo, encarnada, por ejemplo, por Pettit y Skinner.
Gracias al análisis del gran fuego llevado adelante por Smith nos es posible poner en duda toda una línea interpretativa de intenso peso, que ha colocado a este pensador escocés como piedra fundamental de una serie de ideas que condujeron al capitalismo industrial y financiero, cuyos terribles efectos se dejan sentir hoy con mucha fuerza. Por eso, es central desafiar las nociones recibidas y aceptadas sobre su obra, que se han asentado durante largos años como el producto de hermenéuticas interesadas, esparcidas, desde el siglo XIX, a través de manuales universitarios y otras fuentes, de modo que las lecturas actuales de los economistas prácticamente no incluyen las obras de Smith, sino que prefieren versiones simplificadas que dejan de lado aristas sustanciales de su pensamiento.
Cuando aún no se habían curado (o muerto) los últimos pacientes de la peste bubónica, y mientras se dejaban sentir los efectos de la segunda guerra con Holanda, tuvo lugar el Great Fire, la primera semana de septiembre de 1666, el cual se extendió hasta quemar, entre otras cosas, la célebre catedral de Saint Paul y los muros de la ciudad. En medio del fuego, Samuel Pepys –funcionario político y almirante–sugirió que se derribaran los edificios que se encontraban en la trayectoria del fuego para detenerlo y salvar las zonas aledañas. Y, en efecto, el triunfo contra el cataclismo se dio gracias a la confección de cortafuegos, conformados a través de la demolición de construcciones que se encontraban en sitios estratégicos. Pero esta decisión tardó en tomarse, ya que para llevarla a cabo era necesario destruir propiedades privadas, con lo cual no fue sino hasta la llegada de una prescripción directa del rey que comenzaron las obras de contención. Si bien las pérdidas materiales fueron enormes –el incendio fue una de las causas directas del endeudamiento y posterior gran reacuñación de 1669–, se supone que no hubo más de medio centenar de muertos, lo cual es muy poco en relación con la ruina a la que se redujo la ciudad de Londres, que quedó inutilizable en unos cuatro quintos de su territorio. Se estimó una pérdida de diez millones de libras –en un momento en el que los ingresos totales por año de la ciudad rondaban las veinte mil libras–, lo cual hizo que algunos pensaran que era el fin definitivo de aquella urbe.
Sin embargo, como consecuencia del incendio, Londres fue en parte modernizada con calzadas más anchas y el uso de materiales menos inflamables, lo cual representó, finalmente, un importante impulso para el crecimiento de los mercados. El evento de 1666 facilitó la racionalización y reducción de las antiguas ferias comerciales. Mientras que hasta ese momento los mercados públicos de Londres habían sido esparcidos uniformemente, confinados a algunos puntos específicos de las calles de la ciudad, un siglo después se hallaban repartidos (y multiplicados) en una metrópolis más cómoda y expandida, corriendo, además, con la ventaja de poseer edificaciones propias con diseños funcionales. Conjuntamente, la gran merma poblacional permitió que más del treinta por ciento de las viviendas fueran eliminadas definitivamente del trazado urbano, en un proceso que abrió nuevas arterias mucho más transitables y dejó atrás la ciudad de los nobles (y del trazado medieval), siendo reemplazada por un espacio casi exclusivamente comercial.
Para la población de Londres de mediados del siglo XVII, el fuego representaba un bien fundamental para las necesidades cotidianas. Pero el incendio mostró su carácter doble: parte de la “cultura” (sometido a la utilidad humana) y de la “naturaleza” (anárquico, capaz de destruir). Frente a eso, los seguros contra incendios se desarrollaron de una manera muy representativa de la mentalidad liberal temprana, es decir, como compañías “aventureras” que aseguraron su subsistencia a través de la formación de los cuerpos privados de bomberos. Las brigadas eran presentadas a los ciudadanos como grandes salvadoras (sus primeras acciones fueron en espacios no asegurados, como medio publicitario), mientras ayudaban a formular las primeras estadísticas sobre causas y modalidades de combate de los incendios. Sin embargo, tiempo después, las casas aseguradas eran distinguidas con marcas que indicaban a las cuadrillas a quiénes salvar y así lograron que los seguros fueron contratados por un tercio de los moradores londinenses. No obstante, como ya se adelantó, la verdadera causa del fin del incendio no fue el agua sino los cortafuegos que realizaron las fuerzas públicas.

II.
La mirada filosófica sobre los desastres naturales antes de su sistematización en el siglo XVIII asumía como virtud política el evitar o remediar ese tipo de catástrofes. La referencia de Adam Smith en este asunto es del todo importante. Veamos una primera frase, de la célebre Theory Of Moral Sentiments:
Supongamos que el enorme imperio de la China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede ser así aniquilado en un instante. Si fuera una persona analítica, quizá también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si ningún accidente hubiese ocurrido.

Smith comprende que las catástrofes sólo son percibidas en toda su magnitud por aquellos que son directamente afectados por ellas, mientras que el resto tiende a observarlas desde puntos de vista muy sesgados. Sin embargo (o, por eso mismo) comprende que esta dimensión subjetiva (y natural) debe ser superada políticamente para lograr mantener viva a la sociedad:
Habrá quien sostenga que impedir que un particular reciba en pago los billetes de un Banco, por una suma grande o pequeña, cuando no tiene inconveniente en aceptarlos, o prohibir a un banquero que los emita cuando los demás no tienen inconveniente en recibirlos, es un atentado contra la libertad natural, que la ley viene obligada a proteger y no a violar. Estas reglamentaciones pueden considerarse indiscutiblemente como contrarias a la libertad natural. Pero el ejercicio de esta libertad por un contado número de personas, que puede amenazar la seguridad de la sociedad entera, puede y debe restringirse por la ley de cualquier Gobierno, desde el más libre hasta el más despótico. La obligación de construir muros para impedir la propagación de los incendios es una violación de la libertad natural, exactamente de la misma naturaleza que las regulaciones en el comercio bancario de que acabamos de hacer mención.

Smith dice clara y explícitamente que la concentración de libertad (incluso de “libertad natural”) en manos de unos pocos –normalmente, los más ricos– amenaza a la sociedad en su conjunto, sin excepción de aquellos que tienen la posibilidad de usar al máximo (o abusar) de las libertades. Por ello critica los monopolios, los beneficios extremos o cualquier forma excesivamente desigual. Si se busca una sociedad libre, dice Smith, hace falta que haya un Estado alerta, que pueda crear cortafuegos allí donde los incendios amenacen con la vida de la sociedad. En pocas palabras, que no hay economía que no sea política y que no hay mano invisible que funcione sin regulación visible, pública y humana. Así, Smith ha sido muy explícito en sus apreciaciones acerca de la importancia de evitar la excesiva desmembración social y en el inmenso valor de las soluciones colectivas, aún cuando deban ser contrarias a la naturaleza.

III.
En los últimos años, hubo algunos intentos de revisitar a Smith evadiendo los vicios de las lecturas más canónicas y con un afán de recuperar y contextualizar su obra con el fin de, entre otras cosas, distanciarlo de los valores del neoliberalismo. Dentro de esos intentos, tal vez el más logrado ha sido el de David Casassas, quien interpreta a Smith como eslabón de una línea de pensamiento político republicano, de la que forman parte desde Aristóteles y Cicerón hasta Maquiavelo y algunos federalistas norteamericanos. Si bien esta línea ha sido minoritaria, vale aclarar que en la famosísima biografía de Rae, ya hay comentarios que concuerdan con ese punto de vista. Y aunque en este caso es más importante pensar en una mirada que pueda dar cuenta del rol de la política frente a las catástrofes naturales que evaluar la justicia que se haya hecho al legado smitheano, la deformación que este pensamiento ha sufrido (como mínimo desde la muerte de David Ricardo, a mediados del siglo XIX) ha sido una de las causas de que el sentido común actual acepte como naturales determinadas formas o relaciones sociales que responden a fuertes arbitrios políticos.
Una de las hipótesis principales del texto de Casassas es que Smith no comprende a la sociedad civil como un espacio neutro, regulado por contratos entre particulares (que actúan en libertad e igualdad de condiciones), sino como la suma de actores concretos, determinados, que tienen diferentes posibilidades. Así, el sujeto homogéneo que luego establecería la revolución francesa no respondería, en la mirada de este filósofo moral, más que a una abstracción peligrosa para el funcionamiento de las naciones. Smith no es el abanderado del libre mercado que han bosquejado algunas interpretaciones, aunque no haya en su pensamiento ninguna crítica a la propiedad privada (mas sí a su concentración). Sea como sea, Smith parece haber sido consciente de que a los incendios los apagan más los cortafuegos que cualquier brigada contratada para ese fin (y, pese a eso, las compañías de seguros lograron instalar, como ya se vio, la idea de que el combate del cataclismo es una responsabilidad individual). Para Smith el único modo de oponerse con éxito a la naturaleza era a partir del esfuerzo mancomunado. Y sin embargo, la idea que ha triunfado y subsistido es aquella que sostiene que la mejor solución para los problemas colectivos es la fragmentaria y personal.
A diferencia de lo que, con descuidada naturalidad los manuales de economía hoy plantean, Smith no logró anticipar cuáles serían los caminos que el libre comercio habría de transitar en los doscientos cuarenta años posteriores a la publicación de su The Wealth of Nations. Este ilustrado escocés se encontraba librando ciertas batallas ideológicas contra el ànciene regime, contra el mercantilismo, contra algunas escuelas filosóficas, contra la dogmatización católica, contra la concentración de poder político y económico y contra la iniquidad social extrema que puede surgir cuando falta intervención estatal.
Si bien aparecen manos invisibles y naturalezas con capacidades arquitectónico-ingenieriles, Smith apeló siempre al derecho natural como arma para acabar con tiranías, opresiones y privilegios muy concretos en su tiempo de vida, en el que había una clara identificación entre los políticos y los poderosos. Entonces, era más imperioso que los Estados se enfrentaran a la Iglesia y a otras estructuras verticalistas, que a las leyes del mercado que eran percibidas como antídotos contra los abusos.
Tal vez, finalmente, en un mundo en el que la concentración y la iniquidad han alcanzado niveles tan preocupantes, la especulación ha sometido a la producción y hay más brigadas de bomberos privados que cortafuegos, la lectura de Smith pueda ser de alguna utilidad. El incendio ya está a la vista; el Amazonas se está quemando y lo hace por la negligencia de un gobierno y la voluntad de un puñado de especuladores. ¿Será este el evento que de lugar a una (nueva) filosofía política que recupere el valor de la vida en común?