Ronald Beiner: El peligroso mundo de Steve Bannon, Mentes peligrosas en tiempos peligrosos

Link original: https://theconversation.com/stephen-bannons-world-dangerous-minds-in-dangerous-times-100373

Bannon, el populista agitador y facilitador de la nueva derecha impactantemente llevado a la Casa Blanca por Donald Trump, dijo lo siguiente en una reunión del Front National en marzo de 2018:

“Cada día nos volvemos más fuertes y ellos más débiles… La historia está de nuestro lado”

¿Es cierto?

Bannon no está en la Casa Blanca desde hace casi un año, pero Trump parece ser más un “bannonita” actualmente que cuando Bannon tenía una oficina en el Ala Oeste, y pareciera serlo cada día más. El mismo Bannon visitó recientemente Europa, donde está planeando un “súpergrupo” de derecha europeo.

Mientras la extrema derecha vuelve a escena, también lo hacen las preocupaciones sobre la posible importancia ideológica de pensadores vehementemente anti-liberales y anti-igualitarios como Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, cuyas influencias sobreviven.

En el mundo académico contemporáneo, ha sido ampliamente aceptado que Nietzsche y Heidegger son recursos intelectuales para la izquierda cultural y filosófica, pero en un contexto en el que la derecha y extrema derecha están resurgiendo, esta presunción requiere un escrutinio más profundo.

Filósofos peligrosos

Como sugiero en mi nuevo libro, Dangerous Minds (Mentes peligrosas, en español), los intelectuales necesitan estar mucho más alerta que lo que han estado en el pasado de potenciales apropiaciones de extrema derecha de estos poderosos pero peligrosos filósofos.

Consideremos también dos escritores de la derecha radical que han sido calurosamente reivindicados por la nueva derecha contemporánea: Julius Evola y Aleksandr Dugin. Evola, el baron italiano y elitista propulsor de un pseudo-fascismo, inspirador del terrorismo negro en Italia y un discípulo explícito de Nietzsche, articuló una visión basada en casas de la neo-aristocracia Nietzscheana.

Charles Clover, en un reciente e iluminador libro, escribe que Evola “creía en la guerra como una forma de terapia, que guía a la humanidad a una forma más elevada de existencia espiritual”

“El hombre debería sobreponerse”

Recientemente, ha sido descubierto que Heidegger sintonizaba bastante con Evola como un colega crítico de la modernidad. Actualmente, Dugin, discípulo de Evola, se presenta a sí mismo como el Heidegger ruso y es publicitado por dos diarios nacionalistas blancos (Arktos y Radix, de Rcihard Spencer).

En abril de 2014, le preguntaron a Dugin en la televisión rusa: “¿Hay alguna cita filosófica que aprecies especialmente?” Dugin respondió: “Sí: ‘el hombre es algo que debe ser superado’”.

Dugin no especificó el origen de esta cita, pero cualquiera con conocimiento de la novela filosófica Así habló Zaratustra sabe que es de Nietzsche.

En la misma entrevista, Dugin declaró: “La esencia del ser humano es ser un soldado”. Estas son frases en las que Dugin se presenta a sí mismo como el profeta de una “nueva era” que “será cruel y paradójica”, incluyendo esclavitud, “la renovación de lo arcaicamente sagrado” y “una cósmica violencia del Superhombre”.

Él celebra “los valores jerárquicos, verticales, ‘heroicos’ y ‘espartanos’”.

Semejantes opiniones reflejan bastante bien por qué los pensadores que las expresan se comprometen, en un espíritu fielmente nietzscheano, con el rechazo radical del horizonte de vida materializado en sociedades liberales, burguesas e igualitarias.

El liberalismo es “deshumanizante”

Desde el Iluminismo, ha existido una línea de importantes pensadores para quienes la vida en una modernidad liberal es vivida como profundamente deshumanizante. En esta categoría se incluye, aunque no sean los únicos, a Nietzsche, Heidegger, Joseph de Maistre y Carl Schmitt.

Para tales pensadores, la modernidad liberal es tan degradante que la Revolución Francesa y su igualitarismo, rastreables en última instancia a la Reforma Protestante, deberían ser en lo posible eliminadas. Para todos ellos, la jerarquía y el elitismo son moralmente de mayor imperio que la igualdad y la libertad individual; la democracia es vista como algo que reduce nuestra humanidad más que elevarla.

Es poco probable que entendamos por qué el fascismo sigue vivo en el Siglo XXI a menos que seamos capaces de captar por qué ciertos intelectuales de principios del Siglo XX gravitaron hacia el fascismo, a saber, a cuenta de una seria preocupación de la percibida falta del alma de la modernidad y un objetivo de reivindicar cualquier política, aun extrema, que les pareciera prometer “renovación espiritual”, para citar a Heidegger.

Para estos pensadores y sus adherentes contemporáneos, el liberalismo, el igualitarismo y la democracia son la receta para la mediocridad absoluta y el vacío espiritual, y por ello, para una profunda contracción del espíritu humano.

No irrelevantes actualmente

Para la tradición político-filosófica en la que Nietzsche y Heidegger se posicionan, la Revolución Francesa trajo consigo un mundo donde la autoridad reside en el rebaño y no en el pastor, en la masa (“ellos”) y no en la elite y consecuentemente, en última instancia la experiencia completa de vida decae en una insoportable superficialidad y falta de sentido.

Ferdinand Mount, en un ensayo reciente de la New York Review of Books sobre Johann Wolfgang von Goethe, escribe correctamente que Nietzsche reverenciaba a Goethe porque “solo Goethe había tratado a la Revolución Francesa y la doctrina de la igualdad con el asco que merecían”.

Por supuesto, Richard Spencer dijo Nietzsche le dio la “píldora roja”, jerga de la nueva derecha para expresar que Nietzsche le abrió sus ojos acerca de la verdad sobre el fascismo.

Todo esto puede haber sido irrelevante durante los últimos setenta años, desde 1945 a 2015, cuando el fascismo estaba completamente desacreditado.

No parece irrelevante hoy.

Por el contrario, la democracia liberal parece estar crecientemente a la defensiva. Hoy en día tenemos trumpismo y bannonismo en EEUU, putinismo en Rusia y orbanismo en Hungría, erdoganismo en Turquía, xiismo en China, modismo en India y duterterismo en las Filipinas.

Ciertamente, ninguno de estos líderes es tan malo como Hitler o Mussolini o Stalin. Pero al mismo tiempo, ninguno de ellos es guardián de la democracia liberal.

Roger Cohen publicó recientemente una editorial del New York Times sobre el ascenso del cuasi-autoritarismo en Hungría y Polonia en la que cita la expresión de desprecio de un exministro  polaco hacia “aquellos que creen que la historia se encamina inevitablemente a una nueva mixtura de culturas y razas, un mundo hecho de ciclistas y vegetarianos que solamente usan energía renovable”.

La política puede generar caos

El proyecto de los populistas nacionalistas en Polonia y Hungría es defender lo que ellos creen es la civilización europea cristiana de esos patéticos débiles. Esto, no deberíamos fallar en reconocerlo, es una versión del Siglo XXI de la historia de Nietzsche acerca del último hombre que le importaba el bienestar material y la falta de aspiraciones más altas, arrastrándose por la vida sin nada genuinamente meritorio para lo que vivir.

La política siempre ha tenido el potencial de generar caos o cosas peores. La posibilidad es quizás particularmente alta en un mundo político intranquilo como el nuestro: donde el cambio tecnológico es tan rápido, donde los límites entre diferentes sociedades y culturas están siendo renegociados a escala épica, donde el internet da cauce a pasiones políticas inhibidas por las normas de civilidad, y donde el hombre más poderoso del planeta es alguien tan volátil como Donald Trump.

Bannon buscaba encapsular este nuevo espíritu del tiempo con una frase memorable: “Estamos presenciando el nacimiento de un nuevo orden político”.

Tenemos que tomar con extrema seriedad la posibilidad de que este sea realmente el caso y equiparnos intelectualmente por una completa y robusta defensa de la democracia liberal.

traducción: Juan Delgado