Clara Cat Vidal: Venezuela, reconstruir la voluntad general

Clara Cat Vidal es politóloga por la Udelar (Universidad de la República – Uruguay). Generosamente escribió esta reflexión para Sociedad Futura.

A la memoria de Julio Marenales

La nueva táctica imperialista de instalar un “doble poder” en Venezuela ha dado un giro nuevo a la ya difícil situación que se vive en el país bolivariano. Los socialistas latinoamericanos tenemos mucho que reflexionar respecto a las lecciones políticas que enseñan tanto los impasses del proceso en el país hermano así como la contraofensiva del imperialismo local y sus agentes políticos de la burguesía local. Para entender lo que pasa ahora es necesario entender el proceso histórico en el cual se inserta la actual crisis.

Los problemas estructurales

Lo primero que hay que subrayar es que el capitalismo venezolano se estructuró en base a la renta petrolera. De esto se derivan dos cuestiones. La primera es que el estado venezolano ha estado orgánicamente integrado a este proceso productivo y a partir de esto se desarrolló una burocracia gerencial ligada a la burguesía venezolana, que fue protagonista del intento golpista de 2003, conocido como el “paro petrolero”. El dominio estatal sobre el petróleo se fue trasmutando en el dominio de esa burocracia burguesa sobre este bien nacional. La segunda cuestión es que el rentismo petrolero como elemento central del capitalismo venezolano derivó en que la propia burguesía local tuvo, en general, un carácter fuertemente intermediario y alejado de lo productivo. Es decir, se limitaba a los servicios o a comercializar mercancías producidas en otra parte.  La sociedad burguesa venezolana se limitaba a importar lo que necesitaba.

De allí que los procesos de industrialización sustitutiva vividos en la mayoría de los países latinoamericanos hayan tenido en Venezuela una magnitud bastante menor a lo que se dio, por ejemplo, en el Río de la Plata. El conjunto de la industria venezolana en su apogeo no llegó a superar el 20% del PBI y nunca consiguió despegarse demasiado de la dependencia respecto a la inversión estatal (que siempre superó el 50%). Con el giro internacional neoliberal y la inflexión que significó la dura devaluación de febrero de 1983, conocida como el “viernes negro”, el estímulo a la industrialización económica se perdió. Sin embargo, la urbanización de la sociedad continuó y empezó a acumularse una amplia capa de pobres urbanos que imaginaron que su destino, al emigrar del campo a la ciudad, era convertirse en trabajadores, ciudadanos y consumidores. Las víctimas de esta frustración social, a través de distintas generaciones, constituyeron la base social del movimiento chavista.

La llamada Venezuela saudita continuó su marcha sin preocuparse demasiado de estos pobres resultados. La burocracia burguesa de PDVSA producía cada vez más petróleo. Esto era completamente funcional a la economía imperialista, ya que una mercancía que abunda en su oferta suele ser barata. Con la sobreoferta petrolera, esta elite burguesa continuaba con su crecimiento al mismo tiempo que se emancipaba respecto a los pobres resultados de la economía nacional.

La frustración política

Venezuela vivió dos dictaduras largas: la de Juan Vicente Gómez (de 1908 a 1935) y la de Marcos Evangelista Pérez Jiménez (de 1952 a 1958). A partir de 1958 la confluencia entre una rebelión popular y un golpe militar abrió un proceso de democratización, que se desarrolló paralelamente a la frágil industrialización sustitutiva, que encarnó expectativas de que las clases subalternas  pudieran avanzar socialmente. El llamado pacto de Punto Fijo dio inicio a un régimen político en el que se alternaron gobiernos de Acción Democrática (conocidos popularmente como los adecos) y gobiernos democristianos (estos últimos bajo la extraña sigla COPEI). Los conflictos estuvieron lejos de evaporarse sino que continuaron bajo otras formas pero es bastante claro que se inició un período de estabilización duradera del capitalismo venezolano.

El desarrollo de un importante ala izquierda en el principal partido burgués de amplia base popular, Acción Democrática, y la influencia de la revolución cubana en el conjunto de la izquierda política (centralmente el PCV) impulsó un enfrentamiento armado con el conjunto del régimen burgués que acrecentó los elementos policiales y represivos de la naciente democracia venezolana. Se trató de un frecuente malentendido en la política, que se dirime entre las ilusiones democráticas y la realidad de la democracia tal cual es.

Una vez concertada la paz entre el régimen y el grueso de la guerrilla, estos elementos represivos siguieron formando parte de la vida política venezolana. Sin embargo, durante los años setenta transcurrieron los mejores años del régimen gracias a la renta petrolera, que prohijó el desarrollo de una clase media, que careció de la amplitud de la argentina o  de la uruguaya pero que a escala venezolana era un dato inédito. La Venezuela de los setenta recibió, como el México del PRI, a parte importante del exilio latinoamericano[1].

Ese período excepcional fue, relativamente, breve. Aunque el retorno, aparentemente ilusorio, a esa época está en la mente de la inmensa mayoría de la base social antichavista. Entre el ya mencionado “viernes negro” de 1983 y el “caracazo” de 1989 se dirime el agotamiento paulatino del régimen de Punto Fijo. Carlos Andrés Pérez representó, en su primera presidencia, el punto más alto de la estabilidad puntofijista mientras que su segunda presidencia transcurrió en el momento más crítico de esta: cuando se produce el “caracazo”, seguida de la dura represión al pueblo por parte del régimen democrático burgués y en 1992 el comienzo de los intentos golpistas del nacionalismo militar de Hugo Chávez.

La década del 90 estuvo marcada por las secuelas del “caracazo” y una crisis financiera generada a partir de autopréstamos y negociados con las carteras de un número selecto de bancos, que arrasan con la mitad del sistema de ahorros. Rafael Caldera, un disidente democristiano funda un nuevo partido llamado Convergencia y, en alianza con el Movimiento al Socialismo (MAS), gana las elecciones. A pesar de sus iniciales intentos reformistas (control de cambios y de precios), su gobierno, al no poder hacer frente a la inflación y a la fuga de capitales, cayó bajo la inercia neoliberal dominante en la época. Sin embargo, su política de pacificación permite la salida de prisión de Hugo Chávez, quién convertido en una figura de escala nacional, en diciembre de 1998 gana las elecciones.

La revolución política y cultural chavista

Chávez llega al poder con una variopinta coalición política, en la que figuraba un movimiento propio llamado Quinta República[2], nuevamente el MAS y otros sectores de izquierda, como el partido Patria para Todos, y sectores periféricos de la burguesía (principalmente agrarios). Buscaba ser una coalición nacional-popular democratizadora pero al no representar orgánicamente a ningún sector de clase preciso debía llevar adelante una serie de reformas drásticas al régimen político, si pretendía implementar alguna de sus ambiciones en tanto que proyecto. La ocasión le fue propicia, dado el amplio desprestigio que sufría lo que quedaba de puntofijismo residual. A través del mecanismo de la Asamblea Constituyente, Chávez construyó una nueva institucionalidad y una nueva constitución. Esta reconstrucción político-institucional fue ratificada por el voto popular en diciembre de 1999. Al año siguiente Chávez es reelegido presidente en el marco de la nueva institucionalidad. Estas reformas también tuvieron como fin mantener una iniciativa política permanente ya que, casi desde el inicio del ciclo chavista, existió un sector opositor radical que acusaba al chavismo de múltiples faltas y crímenes, entre ellos “cubanizar” la educación venezolana.

Entre 1999 y 2004 el chavismo ocupó su tiempo de gobierno en modificar la estructura del régimen político, a través de una asamblea constituyente que dio lugar a la nueva Constitución, y en resistir las avanzadas de la derecha que se manifestaron en el golpe de Carmona y en el llamado “paro petrolero”, convocado por la estructura sindical vinculada a Acción Democrática y por el conjunto de las cámaras empresarias. Al fracasar estos intentos y triunfar Chávez en el referendo revocatorio en 2006, el movimiento bolivariano obtuvo su mayor momento de estabilidad política. Esto también fue producto de una coyuntura regional marcada por la década progresista.

La burguesía venezolana se resignó a la hegemonía chavista y privilegió el momento de negociación con el nuevo régimen, al mismo tiempo que luchaba como una fiera por defender cada uno de sus negocios respecto a la injerencia estatal. También, en el campo del chavismo se fue desarrollando un estrato privilegiado de nuevos ricos que es conocido popularmente como la boliburguesía.

El chavismo postuló un horizonte político que rompía con el de la Venezuela saudita puntofijista. Planteaba un nuevo modelo de desarrollo nacional de tipo industrialista e igualitario y una afirmación centrada en los aspectos más democráticos y progresistas de las luchas independentistas del siglo XIX. El sentido nacional quedaba ligado a la igualdad social y una nueva percepción de los derechos ciudadanos. Este nuevo horizonte era totalmente opuesto al de la burguesía y la clase media acomodada, las cuales de una manera que nos cuesta representarnos, se halla absolutamente alienada a los modelos de consumo norteamericanos. Las clases pudientes venezolanas son un modelo casi puro de las nociones prebischianas sobre la aspiración de los grupos sociales de la periferia que se obstinan en vivir según las pautas de consumo de los países centrales aunque esto dificulte al extremo el desarrollo económico nacional.

Las clases subalternas se sumaron mayoritariamente al proceso chavista, al cual veían como la esperanza de una mejor vida. Esta expectativa se validó inicialmente. Chávez atendió escrupulosamente a que las mayorías tuvieran dinero en su bolsillo. Esto dará, sin embargo, un resultado diferente al de las tradicionales políticas keynesianas, debido a que por causa del carácter intermediario de la burguesía, no se fortaleció el mercado interno. La clase obrera industrial apoyó al chavismo, aunque solamente una minoría de esta se integró al proceso. La tónica dominante la tuvieron los pobres urbanos (desmercancificados en su mayoría) así como sectores importantes del campesinado. Sin embargo, conviene matizar esta cuestión. La clase obrera llevó adelante una serie extensa de experiencias de control obrero. Algunas de ellas progresaron hacia procesos de administración obrera. Otros (pocos) se mantuvieron como experiencias ortodoxas de control obrero. Es decir, coexistiendo con la patronal. Y otros procesos fueron hacia una estatización lisa y llana que, en la mayoría de los casos, la administración crecientemente militar de esas empresas frustró en tanto experiencias de control obrero.

Lo que se puede subrayar como elemento central de esta etapa del proceso es la emergencia de actores sociales populares[3] que a partir de la acción política del gobierno de Chávez se asumieron como portadores de nuevos derechos. Este proceso no se dio a partir de la movilización popular encuadrada bajo la hegemonía de los trabajadores asalariados sino a través de una coalición nacional popular, en la cual la orientación más general no estaba decidida previamente, debido a que las pujas internas del movimiento bolivariano se resolvían en torno a las decisiones de Hugo Chávez. Una situación socio-política que en la tradición marxista clásica ha sido pensada con la categoría de bonapartismo, desde Marx y Engels hasta Trotsky y Gramsci.

Los dilemas del socialismo del siglo XXI

La coalición nacional popular chavista terminó de estructurar su poder a partir de reafirmarse en el gobierno del estado venezolano y en administrar la renta petrolera, principal recurso del país en relación a la inserción venezolana en el mercado mundial y a la distribución del ingreso entre las clases sociales del país. El uso de la renta petrolera permitió cambiar las prioridades distributivas vigentes hasta entonces. Las clases subalternas accedieron a nuevas fuentes de ingresos que produjeron una mayor integración social, centralmente por vía mercantil. La inversión pública en salud, educación y en asistencia social aumento de manera muy significativa. También la política económica se orientó a recrear una nueva infraestructura pública, la cual se había diluido en importante proporción durante los años setenta. Por ejemplo, en la reconstrucción del sistema ferroviario.

Muchas veces se ha dicho que lo único que hizo Chávez y su movimiento fue distribuir la renta petrolera. Esto es absolutamente verdad pero también cuando se lo subraya se sobrentiende que distribuir la renta petrolera era muy sencillo. La lucha de clases en estos últimos veinte años en Venezuela deja a la vista que esta tarea de generar una nueva distribución de la renta petrolera es una tarea nada sencilla. Por el contrario, desata todos los demonios de la lucha política.

Plantear la cuestión del socialismo del siglo XXI fue la apuesta máxima de Chávez. La caída del socialismo real a fines del siglo XX, en una mezcla de derrota y de fracaso, generó todo tipo de puntos de vista en la izquierda. Se podría decir que, mayoritariamente, se planteó un balance implícito y minimalista en el que se advertía que la estatización generalizada, que fue la característica más clara del socialismo real, llevó a una situación económica de mucho desorden, retroceso productivo a la larga[4] y escasez de mercancías. Chávez se manejó muy pragmáticamente en lo referente a los ingresos de las clases subalternas, construyendo un sistema de capitalismo estatal limitado que coexistía con una clase propietaria que mantenía la mayor parte de sus prerrogativas. En ese sentido, el socialismo del siglo XXI emprendió una vía de construcción distinta a Europa del Este o Cuba, procesos en los que se expropió a la burguesía nativa. También está la experiencia de desarrollo china, convertida en el principal centro productivo del mundo y en el que se balanceó con eficacia la estructura heredada de las concepciones tradicionales del socialismo real con amplias cuotas de libre mercado[5].

En años anteriores, la experiencia venezolana resultaba atractiva para muchos movimientos políticos (a pesar de la persistente oposición de la oligarquía mediática transnacional) porque además de mercado, el modelo venezolano incluía la democracia política, más allá de los inevitables rasgos plebiscitarios con los que los neoliberales “republicanos” hicieron eje en sus críticas.

De alguna manera el orden socio-político bolivariano se sostuvo de manera próspera por unos cuantos años. Al mismo tiempo, el gobierno pronunciaba unos discursos revolucionarios que iban bastante delante de su avance real en contra del capitalismo. La prosperidad relativa permitía pagar las expropiaciones y atemperar la confrontación con el capital nacionalizado. La figura central de Chávez conseguía mantener el equilibrio entre los distintos sectores políticos y sociales de su movimiento y esto constituía una muralla en contra de la desestabilización de la derecha burguesa.

La muerte de Hugo Chávez abrió una brecha enorme en el régimen bolivariano. A pesar de los esfuerzos de la dirección chavista por garantizar una continuidad, el proceso entró en una zona de debilidad e inestabilidad, con una magra victoria de Nicolás Maduro sobre Henrique Capriles, que impulsó el avance del golpismo de derecha. Pero lo más determinante no es la oposición violenta de los grupos enragés antichavistas sino la ruptura unilateral de las clases empresarias venezolanas con el gobierno. En un capitalismo como el venezolano, que importa la inmensa mayoría de las mercancías que consume y posee este carácter tan decisivamente intermediario y poco productivo, esta ruptura política y social significó la desaparición del mercado de los bienes de primera necesidad (por ejemplo, alimentos y medicinas). El gobierno de Maduro intentó varias vías de solucionar este problema pero la caída del precio del petróleo, de 100 u$s en 2013 a 24 u$s en 2016, que fue el peor año, determinó el fracaso de esos esfuerzos. El año pasado el precio del petróleo volvió a subir, aunque sin alcanzar el precio de los mejores momentos (gracias en parte al poder de lobby de los norteamericanos sobre los saudíes) y no compensó las terribles caídas del PBI que sufrió la economía venezolana desde 2014.

Esta situación económica de creciente deterioro ha clausurado de hecho el problema de las vías de transición hacia un modelo poscapitalista y socialista y ha concentrado los esfuerzos del gobierno de Maduro en la búsqueda de la supervivencia y en intentos por llegar a acuerdos con algunos sectores más conciliadores de la oposición.

La escalada golpista

En ese momento se registró la desestabilización conocida como “la salida”, impulsada por el sector duro de la oposición liderado por Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma, que concluyó con varias decenas de muertos y la destrucción de una enorme cantidad de infraestructura pública.

La consolidación de una situación de amplísima escasez de las mercancías de primera necesidad, el desarrollo de un sector informal de abastecimiento de bienes mediante el contrabando (bachaqueo), el desborde inflacionario y la instalación de mecanismos especulativos en los precios de estos artículos destruyó completamente la solidez del salario real de toda la etapa anterior del chavismo. A esto hay que agregar la vinculación progresiva del paramilitarismo colombiano con el bachaqueo y con actos de sabotaje a la economía venezolana. Esto ha aumentado la tensión entre el gobierno bolivariano con el régimen oligárquico de Colombia.

La situación económica y social de Venezuela se deterioró aceleradamente por esta combinación de circunstancias que van desde ciertas orientaciones generales del gobierno chavista que fueron desacertadas hasta la ruptura de la burguesía local y su promoción del desabastecimiento. A esto hay que agregar un creciente aislamiento internacional del gobierno venezolano, una vez que el signo político de la región viró a la derecha y Estados Unidos ha tomado enérgicamente la iniciativa de poner en orden lo que considera que es su patio trasero.

Dentro de esta situación catastrófica han existido diferentes coyunturas. A finales de 2015 la oposición obtuvo una aplastante victoria en las elecciones a la Asamblea Legislativa que le quitó la iniciativa política al gobierno. La Asamblea Legislativa con mayoría absoluta de la oposición comenzó a producir leyes que trataban de vulnerar aspectos centrales de ciertas medidas sociales del chavismo (por ejemplo impulsando la re-mercantilización de la vivienda social). Esto desató una guerra entre el gobierno y la oposición que fue resuelta por el poder judicial, la mayoría de las veces en favor del punto de vista del gobierno. Al mismo tiempo, las movilizaciones para desestabilizar al gobierno dieron un salto cualitativo. El gobierno de Maduro parecía reducido a su mínima base social y al apoyo de unas fuerzas armadas politizadas y chavistas. Éstas son una defensa importantísima para enfrentar a la insurgencia derechista pero también han constituido un freno para las iniciativas desde abajo, incluso para combatir socialmente a la reacción política.

En el curso de esta etapa política desfavorable Venezuela ha estado al tope de las noticias políticas internacionales. Los multimedios mediáticos estaban exultantes con la catástrofe económica venezolana. Llevaban años esperando algo así. En la arena internacional habían logrado colocar definitivamente a Venezuela en el círculo de los apestados del orden mundial. Si bien esto era un hecho entre los poderosos, que detestaban animosamente a Chávez y a su movimiento, la partida por la conciencia de los sectores subalternos a escala internacional, se perdió y el espantajo de la catástrofe venezolana es levantado por la derecha internacional contra toda política progresiva, revolucionaria o meramente reformista. Toda defensa del proceso venezolano quedó en una situación precaria y reducida a los activistas más concientes políticamente (entre los cuales hay una gran variedad de percepciones y balances sobre Venezuela). Lo que vino a coronar el triunfo de esta percepción fue la aparición de un masivo exilio venezolano en varios países de la región.

Al interior del país la situación era distinta. Las expectativas por el triunfo legislativo de la oposición se iban esfumando. Además, la cronificación de la desetabilización callejera y la violencia política (sobre todo de la oposición que veía muy cercano su triunfo) dieron una posibilidad al gobierno de recuperar la iniciativa. Y con los estrechos límites que la situación le imponía, el gobierno de Maduro aprovechó su oportunidad. En nombre de la pacificación y la conciliación nacional, llamó a una Asamblea Constituyente que se convirtió en el nuevo centro político del país, desplazando a la Legislativa de la oposición. Ésta atravesó un momento de intensa división en sus fuerzas y no pudo responder, debilitada por el desprestigio causado por la enorme ola violentista que su ala radicalizada impulsó desde 2014. Para una minoría amplia de la sociedad venezolana y para el orden neoliberal internacional hegemónico, la convocatoria era ilegítima. Las fotos falsas de lugares de votación vacíos, que circularon abundantemente en los medios de comunicación, quedaron en evidencia con el correr de los días. El gobierno posteriormente se impuso en unas elecciones competitivas (con un 67% de los votos emitidos que proporcionalmente representa a poco más del 40% de la población en edad de votar), a las que no concurrió la oposición radicalizada, y que tuvieron una asistencia relativamente mayoritaria.

Este escenario más favorable al gobierno, no pudo consolidarse. En parte por el aislamiento de Venezuela respecto al orden internacional, contrapesado únicamente por el apoyo de China y de la burguesía burocrática de Rusia. La modificación del escenario terminó de producirse cuando la moribunda Asamblea Legislativa nombró a Juan Guaidó (de Voluntad Popular, partido liderado por Leopoldo López) como presidente interino. Este hecho político cohesionó a la debilitada oposición radicalizada y sobre todo cerró cada vez más fuerte la presión del orden internacional sobre Venezuela. En cierto modo, a pesar de la caída de popularidad del gobierno de Nicolás Maduro, Guaidó es un presidente de la nada. Carece de todo control y decisión en el territorio venezolano y parece mucho más popular en el extranjero que en su propio país. Por supuesto que representa a un sector social y político real en la sociedad venezolana pero este parece reducirse a la minoría intensa que es partidaria de recurrir a cualquier método en contra del chavismo.

Lo que está en disputa es el apoyo, o al menos la neutralidad, de un amplio sector de la población que no se identifica con el chavismo pero tampoco con la oposición apoyada por el orden neoliberal internacional. El núcleo del rechazo hacia la oposición conservadora es debido a sus métodos violentos. También parece cada vez más difícil decidir ignorar el elemento cada más evidente de apoyo extra-nacional a esta oposición. Primero por las incursiones del paramilitarismo colombiano pero, cada vez más evidentemente, apoyada por los norteamericanos. Aquí podemos ver cómo este elemento de identificación creciente de la oposición con los norteamericanos fideliza a la base social del antichavismo, identificada con el modo de vida yanqui, pero quizás esto mismo le termine colocando un techo en el apoyo de la mayoría de los venezolanos, chavistas o no. Para una parte de la sociedad venezolana se plantea una opción parecida a la que planteó el pensador argentino Juan Bautista Alberdi frente al gobierno de Juan Manuel de Rosas, cuando la posibilidad de derrocar a este último pasaba por apoyarse en el poder extranjero. Alberdi recusó esta posibilidad como completamente perjudicial. Incluso el tucumano subió la apuesta cuando afirmó preferir a los tiranos de su país frente a loa “libertadores” de las potencias extranjeras. La creciente amenaza de la intervención militar norteamericana (probablemente con la máscara interamericana) probablemente refleja, aunque sea parcialmente, estos dilemas para una parte amplia de los venezolanos.

Sería un error pensar que la fabricación del “presidente” interino Guaidó, si bien unifica a la oposición atrás de una bandera, cierra los conflictos de ésta. El eclipsado Capriles Radonski manifestó su oposición a la táctica de la oposición (hoy hegemonizada por Voluntad Popular[6]) de extender las movilizaciones de tipo insurreccional en esta etapa. Crudamente las describió como la fabricación de “carne de cañón”, afirmando que la política de sus rivales en la oposición era irresponsable, generadora de violencia innecesaria y que probablemente les iba a llevar a cortar lazos con una parte no estrictamente alineada de la sociedad venezolana.

De todas formas, la apuesta de la oposición liderada por Voluntad Popular parece ser la de ir por todo, con la disposición a una libertad absoluta respecto a los medios a los que está dispuesta a recurrir. La tónica ultimatista de la política de la oposición no habilita a creer que se trata de desalojar al gobierno de Maduro para poner en igualdad de condiciones a todas las fuerzas políticas en pos de una competencia limpia. La presunción realista de un escenario de toma del poder por parte de esta oposición lleva a darse cuenta que, por numerosas que puedan ser las defecciones de funcionarios y políticos chavistas que puedan eventualmente sucederse en un escenario de esta clase, el chavismo como fuerza política va a ser destruido sin piedad.  El gobierno de Maduro parece limitarse a resistir el acoso. Su apuesta pasa por sobrevivir. Esto es totalmente entendible pero sobrevivir implica no poder gobernar ni desplegar un proyecto político, lo cual lo coloca en una situación de desacumulación política constante, que solamente puede sostenerse en su base política más fidelizada, que es muy grande pero no mayoritaria en términos absolutos. Esta situación del gobierno venezolano no puede seguir prolongándose indefinidamente.

Reconstruir la voluntad general

La ascensión a los extremos está planteada. Una fuerza tiene que vencer a la otra. Para la oposición dura está planteada la victoria por los medios que sean, incluidos aquellos que implican la derrota nacional de Venezuela a manos de la intervención extranjera “humanitaria”. Un gobierno de este tipo va a tener una prolongada luna de miel con el orden internacional y solamente concentraría sus tensiones en el plano interno, las cuales podrían ser conjuradas con una dosis importante de represión sobre el pueblo chavista. Por otra parte, si el gobierno de Maduro quiere atravesar definitivamente el umbral de la mera supervivencia debe derrotar definitivamente a esta oposición, la cual asumirá un carácter de expatriados, de oposición en el exilio. La manera y el momento en el que estas medidas de desarme y represión sobre su enemigo se lleven a cabo es muy difícil de precisar si se lo mira desde afuera[7]. Para desarmar la iniciativa de la oposición hay que atender a las condiciones políticas en que se encuentra la sociedad venezolana, a la solidez de la fuerza propia, a aprovechar las diferencias existentes en el orden internacional para hacer frente a la crisis venezolana[8] y poder anticipar las medidas que el orden neoliberal va a desatar como represalia cuando su caballo de Troya, Juan Guaidó, sea puesto fuera de juego. La alternativa a esto es aceptar, mansamente o con protestas, la derrota definitiva.

Pero de ningún modo esta tarea mayormente negativa constituye el desafío mayor del proceso venezolano. Para construir un nuevo orden social y político, cualquiera sea el nombre que decidan darle a este proyecto, el apoyo militar es progresivo pero insuficiente. Hay que reconstruir un sujeto dispuesto a asumir las consecuencias del enfrentamiento ya desatado y a ser protagonista de su construcción. Este sujeto no sólo va más allá de lo militar sino también de lo propiamente estatal. Aunque un proyecto nacional popular no pueda renunciar a la estatalidad como base de apoyo, si además es de izquierda no puede sostenerse solamente en ella. En ese sentido rescatamos la noción rousseauniana de voluntad general, superación del mero conjunto atomista de votantes. La voluntad general implica contenidos determinados, un proyecto nacional a la altura de la dignidad humana, que es su contenido universalista. Esta voluntad general implica una construcción/deconstrucción del proyecto bolivariano que pueda basarse en el sujeto concreto que puede asumir un mayor perfil de universalidad: los trabajadores asalariados y sus aliados del conjunto de las clases subalternas. En ese sentido, el alma más propiamente populista del chavismo debería ser superada por sus contenidos implícitamente más democráticos y socialistas, que hasta ahora han podido coexistir (conflictivamente) pero que empiezan a bifurcarse cada vez en mayor medida. Los desafíos del proceso venezolano son inmensos. La responsabilidad de los militantes de la izquierda latinoamericana y mundial también es muy grande. En primer lugar, no se puede ser tibio: hay que defender el proceso bolivariano del acoso de la derecha y el imperialismo. Eso es lo primero. También hay que evitar el ultimatismo en el diálogo con los sectores populares que están influenciados por la dictadura mediática internacional. Hay que ser pacientes y educativos. También porque somos concientes de que el proceso venezolano ha tenido marchas y contramarchas, han existido muchos errores[9] y no se pudo modificar la estructura rentística del capitalismo petrolero venezolano. Esto último, más allá de la voluntad es imposible modificarlo en medio del ataque imperialista y reaccionario. Hay que vencer a la oposición para que esto sea posible. Y otro aspecto central de la solidaridad con el proceso venezolano es la capacidad de no perder la conciencia de ver los problemas y los impasses y, con la debida responsabilidad política adecuada a cada momento, ser capaz de traducirlos en formulaciones y planteos que ayuden al proceso a superar sus limitaciones.

Las armas de la crítica

Por último, hay que reconocer que el imperialismo neoliberal logró construir un nuevo consenso anticomunista en torno a un espantajo amenazante. La Venezuela que sufre el acoso imperialista hoy cumple ese papel de disciplinamiento ideológico. “No ser Venezuela” es la nueva palabra de orden que levanta la derecha neoliberal. Algunos hablan, muy correctamente, de un “anticomunismo sin comunismo” porque señalan que las transformaciones en torno a la propiedad capitalista avanzaron muy poco en Venezuela. Por más que el estatismo no es equivalente al socialismo, la intervención pública en la economía venezolana está lejos de superar los límites standard del capitalismo clásico. La diferencia con el socialismo real, como ya dijimos, es que en Venezuela los intentos transformadores conviven con una clase propietaria que tiene intactas una cantidad importante de sus poderes y facultades. La situación venezolana es muy distinta a la de Cuba o incluso de China, donde el estado ha recreado una suerte de nueva burguesía millonaria y entrepeneur. Sintomáticamente, el sector financiero venezolano nunca dejó de ser un lugar por el que se fuga una parte de la renta petrolera nacional, cosa impensable que suceda en el país asiático.

La discusión neoliberal respecto a la catástrofe económica en Venezuela suele centrarse en un grupo de lugares comunes neoclásicos que podrían resumirse en que los chavistas no entienden el mercado[10] y que esta falla de origen llevó a la crisis económica actual. Es una afirmación extraña, que contrasta con un período más largo de bastante prosperidad que atravesó el proceso bolivariano. A esto los liberales suelen responder que esta prosperidad debía conducir necesariamente a la escasez presente. Este recurso al pensamiento mágico tiene su eficacia discursiva, que no discutiremos aquí. Solamente nos interesa indicar que un argumento que puede hacer referencia a una diversidad de escenarios nacionales tan disímiles nunca puede ser una explicación global de lo que sucede en una formación social determinada. De ahí que lo interpretemos como una variedad, más o menos tecnocrática, de pensamiento mágico.

Las discusiones implícitas y explícitas respecto a Venezuela presentan, como es notorio, una amplia panorámica de cuestiones políticas que se enmarcan en un momento coyuntural en el que el capitalismo neoliberal consiguió superar la crisis de 2008, al mismo tiempo que la principal potencia imperialista, Estados Unidos, está buscando reconfigurar su lugar en el mundo ante la competencia china y, secundariamente, rusa. Esto lo lleva a una reafirmación de su poderío en Latinoamérica. La destrucción de la experiencia venezolana parece ser una condición de esta reafirmación. La manera en que este objetivo se logre –por intervención directa, por derrumbe interno o por una más probable combinación de ambas- le es relativamente indiferente. A los sectores de izquierda y a los movimientos nacional-populares de la región nos coloca ante la cuestión de qué sociedad buscamos y cómo los proyectos emancipatorios posibles se relacionan entre sí, más allá de las distancias relativas que se pueden tener respecto a la experiencia bolivariana. El progresismo light aspira a sacarse de encima el clavo ardiente bolivariano para volver a sus insulsas utopías ciudadanas y municipales. Sin embargo, si se derrumba la experiencia venezolana, las condiciones para cualquier proyecto transformador, por más reformista que este sea, van a cerrarse por un período probablemente prolongado. Todas las discusiones son lícitas, todos los debates legítimos pero hay que dar una respuesta sobre las consecuencias reales que tienen los acontecimientos.

Montevideo, mayo de 2019

CLARA CAT VIDAL

Politóloga

UDELAR


[1] Es conocido que Venezuela rompió relaciones con la dictadura uruguaya, al producirse la fuga de Elena Quinteros (militante del Partido por la Victoria del Pueblo) de las manos de los represores. Esta militante logró ingresar a los jardines de la embajada venezolana en Montevideo. Fue nuevamente secuestrada por los represores que entraron por la fuerza a la embajada y violaron la soberanía del territorio venezolano. Como consecuencia de este episodio Venezuela rompió relaciones con Uruguay.  

[2] Su principal ideólogo era el ex militante comunista y filósofo José Rafael Nuñez Tenorio. Este político e intelectual colaboró con Chávez de manera discreta pero muy estrecha. Murió antes del triunfo político del movimiento bolivariano.

[3] Es decir, como algo distinto de ser portadores de fuerza de trabajo.

[4] En el inicio del modelo de desarrollo del socialismo real se generó un importante crecimiento que, paulatinamente, se fue ralentizando hasta extinguirse.

[5] Conviene recordar que las cuatro estrellas de la bandera china aluden a la política comunista del “bloque de las cuatro clases” (enunciada por Bujarin, posteriormente denunciada como oportunista por el stalinismo). Una de esas estrellas representaba a la burguesía nacional, la cual ha sido recreada desde el estado chino a partir de las reformas de Deng.

[6] Este partido representa un fenómeno interesante al que hay que prestarle la debida atención. Por una parte, ha sido el partido que ha postulado el enfrentamiento más radical con el gobierno de Maduro. Esto lo ha favorecido en su objetivo de desplazar a Capriles del centro político de la oposición. Por otra parte, parece buscar representar a un sector más amplio que la mera derecha. Su principal dirigente Leopoldo López (por lo menos hasta la aparición de Juan Guaidó) se ha definido como socialdemócrata y la Internacional Socialista lo ha aceptado como miembro (de igual modo que contiene en su seno a la UCR argentina que integra el gobierno neoliberal radicalizado de Macri). Cuando uno consulta los medios ligados a Voluntad Popular se encuentra con la idea de que este partido no tiene aún contornos ideológicos muy definidos y que todo está en discusión. Afirman que en su seno hay liberales progresistas, socialdemócratas, ordoliberales, etc que se sostienen en una identidad común anti-populista. Pero evidentemente esta voluntaria indefinición de Voluntad Popular lo ubica como una construcción política que intenta captar una diversidad de intereses e identificaciones para ponerlos al servicio del enfrentamiento con el chavismo. Este rasgo lo lleva a una vecindad con ciertos fenómenos de una nueva derecha que se resiste, inteligentemente, a identificarse como tal, apostando a abrirse a audiencias ciudadanas que no sintonizarían inmediatamente con esas ideas. Curiosamente, o quizás no tanto, Voluntad Popular afirma la “libertad personal” como idea ordenadora que comparten todas sus sensibilidades. Voluntad Popular tiene una mirada moderna de la comunicación y también se observa una inteligente política explícita hacia las sexualidades alternativas. En un sentido más general, es interesante pensar esta reivindicación de la “libertad personal” en relación al concepto de voluntad general de Rousseau y su vínculo con una idea profunda de democracia sustancial. Por último, es sintomática la postura de Voluntad Popular respecto al monopolio estatal del petróleo. Hay acuerdo en entregar concesiones al capital privado en el área petrolera. Una curiosa socialdemocracia que postula una política petrolera que, en las condiciones venezolanas, imposibilitaría cualquier política socialdemócrata real.

[7] Desde Uruguay en mi caso, este raro país que gusta de autopercibirse como naturalmente moderado y racional.

[8] Como las diferentes posiciones planteadas por el Grupo de contacto internacional de Montevideo y el frente de apoyo a Guaidó liderado por Trump, Macri y Duque

[9] Un ejemplo de esto es el abuso al recurso devaluatorio por parte del gobierno de Maduro. La expectativa era que esto ayudara a superar ciertos desequilibrios del sector externo y la política monetaria. El único efecto real que tuvo fue la pérdida de ingreso de los asalariados.

[10] Es interesante ver los videos “La crisis de Venezuela en 8 minutos” y “¿Por qué hay desabastecimiento en Venezuela?” que están colgados en youtube.