Boris Groys: Google, las palabras más allá de la gramática


¿Por qué leer a Boris Groys?

Hernán Borisonik

La sociedad y la subjetividad que están caracterizando al mundo contemporáneo presentan algunos rasgos que las diferencian claramente del entramado que hubo de construirse durante el siglo XX. Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se generó en Occidente una suerte de constructo moral que incluyó presentar a la democracia como valor primordial y atenuar los componentes religiosos como portadores de gran conflictividad. Se dio así un nuevo proceso de secularización que fortaleció la “profesionalización” de casi todos los ámbitos de la experiencia humana y la búsqueda de lenguajes transnacionales que lograran imponer un zócalo común de conexión humana.
Todo esto redundó en la consolidación de dos medios como protagonistas casi absolutos de todos los vínculos de las personas entre sí y con el mundo: el dinero y la informática. Ambos fueron exhibidos como mecanismos automáticos (impersonales, poco librados a los potenciales riesgos de la parcialidad humana) que prometían relaciones transparentes, mesurables y controlables entre los diversos actores. Sin embargo, a partir del efecto de desencanto (y desengaño) que se se produjo con la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, los mecanismos de control y el inédito hiato entre la minoría más rica y el resto de los mortales se hicieron cada vez más evidentes y acuciantes.
Hoy vivimos en un mundo de “emprendedores” cuyos cuerpos, pensamientos y gustos son objeto de medición permanente a través de dispositivos digitales que han convertido a toda experiencia vital en un conjunto de datos imposibles de metaforizar. En esta era de la literalidad, Boris Groys aporta un pensamiento lúcido y dinámico que nos ayuda a reflexionar sobre el recorte subjetivo que está modelando a una generación atravesada por las redes sociales y la regresión en materia de derechos y de posibilidades (sobre todo simbólicas) de enfrentarse a los poderes establecidos. Con una mirada a la vez foránea y comprometida, sus análisis sobre el arte, la política, el lenguaje y las propias posibilidades de la humanidad actual, Groys es uno de los faros intelectuales en actividad más interesantes que hoy se pueden leer.


Google: las palabras más allá de la gramática

Boris Groys
Traductor: Hernán Borisonik

Podríamos retratar a la vida humana como un largo diálogo con el mundo. La humanidad interpela al mundo y es interpelada por él. Este diálogo está regulado a partir del modo en el que definimos cuáles son las preguntas que legítimamente podemos hacerle al mundo, y que el mundo puede hacernos, así como de la identificación de cuáles son las respuestas relevantes a tales interrogantes. Si creemos que el mundo fue creado por Dios, haremos preguntas y esperaremos respuestas diferentes de aquellas que haremos o esperaremos si consideramos que el mundo es una “realidad empírica” no creada. Asimismo, si creemos que el ser humano es un animal racional, el diálogo será distinto que si lo consideramos como un cuerpo deseante. Así, nuestro diálogo con el mundo se basa siempre en determinadas presunciones filosóficas que definen su medio y su forma retórica.
En la actualidad, desarrollamos nuestro diálogo con el mundo fundamentalmente a través de Internet. Si queremos preguntarle algo al mundo, utilizamos Internet. Y si queremos responder las preguntas que nos hace el mundo, le proveemos contenidos a través de la red. Así, en ambos casos, nuestro comportamiento dialógico está definido por ciertas reglas y modos específicos a partir de los cuales las preguntas se formulan y se responden en el contexto de Internet. Bajo el régimen en el que Internet funciona actualmente, estos modos y reglas son definidos predominantemente por Google. Así, hoy Google encarna el papel que fue tradicionalmente representado por la filosofía y la religión. Google es la primera máquina filosófica conocida que regula nuestro diálogo con el mundo; una máquina que sustituye suposiciones metafísicas e ideológicas “vagas” por reglas de acceso estrictamente formalizadas de aplicación universal. Por esa razón es central para las investigaciones filosóficas contemporáneas analizar el modo en el que opera Google, y en particular las presunciones filosóficas que determinan su estructura y su funcionamiento. Como intentaré mostrar, Google, en tanto que máquina filosófica, encuentra su genealogía en la historia de la filosofía, especialmente en la filosofía reciente.
Consideremos las reglas del diálogo con el mundo establecidas por Google. De acuerdo con estas reglas, toda pregunta debe ser formulada como una palabra (o una combinación de palabras) y la respuesta será dada bajo la forma de un conjunto de contextos en los cuales esa palabra (o combinación de palabras) puede ser descubierta por el buscador. Eso quiere decir que Google define a una pregunta como legítima cuando busca el significado de una palabra suelta. E identifica como respuesta legítima para esa pregunta al despliegue de la lista de todos los contextos accesibles en los que aquella palabra se encuentra. La suma de todos los contextos de la lista es entonces comprendida como el verdadero significado de la palabra que ocasionó la pregunta. Y dado que Google no permite formular ninguna pregunta más allá de aquella que refiere al significado de una palabra suelta, ese significado verdadero aparece como la única verdad accesible para el sujeto contemporáneo. En consecuencia, el conocimiento verdadero es comprendido como la suma de todas las comparecencias de todas las palabras de todos los lenguajes a través de las cuales la humanidad opera.
Así, Google presupone y codifica una disolución radical de la lengua en conjuntos de palabras individuales y opera a través de palabras que quedan liberadas de su sujeción a las reglas usuales del lenguaje, es decir, de la gramática. Tradicionalmente, cuando se elegía el lenguaje (y no, por ejemplo, el éxtasis religioso o el deseo sexual) como medio para el diálogo con el mundo, se asumía que las preguntas, para ser legítimas, debían formularse en forma de frases gramaticalmente correctas, del tipo “¿cuál es el sentido de la vida?” o “¿ha sido el mundo creado por una inteligencia superior?”, etcétera. Obviamente, estas preguntas podían y debían ser respondidas sólo a través de un discurso gramaticalmente correcto (una lección filosófica, una teoría científica, una narrativa literaria).
Google disuelve todos los discursos y los convierte en nubes de palabras, colecciones de palabras que funcionan más allá de la gramática. Estas nubes de palabras no “dicen” nada; sólo contienen o no contienen esta o aquella palabra en particular. En consecuencia, Google supone la liberación de las palabras individuales de sus cadenas gramaticales, de su sujeción al lenguaje comprendido como una jerarquía verbal definida gramaticalmente. En tanto que máquina filosófica, Google se basa en la creencia en una libertad extragramatical, en la igualdad entre todas las palabras y en su derecho de migrar autónomamente en cualquier dirección posible (desde una nube de palabras localizada y especificable a cualquier otra). Tal y como lo dispone Google, la trayectoria de estas migraciones es la verdad de una palabra en particular. Y la suma de todas las trayectorias es la verdad del lenguaje como un todo (la verdad de un lenguaje que ha perdido su poder gramatical sobre las palabras).
La gramática es el medio a través del cual el lenguaje había creado tradicionalmente jerarquías entre sus palabras. Y tales jerarquías conformaban y determinaban el modo en el que las preguntas filosóficas sobre el conocimiento y la verdad habían funcionado. Preguntar a través de Google supone, al contrario, obtener como respuesta un conjunto de nubes de palabras extragramaticales (aquellas en las que la palabra buscada aparece).
Sin embargo, percibir la verdad como el verdadero significado de palabras individuales no es exactamente una novedad en filosofía. Platón había ya comenzado a cuestionar al significado de ciertas palabras sueltas como “justicia” o “bien”, comenzando con el proceso de liberación de las palabras de su sujeción a las gramáticas de las narraciones míticas y los discursos de los sofistas. No obstante, él creía que su significado podía solamente hallarse en una única nube de palabras que estaba ubicada en el cielo trascendente de las ideas puras. Más tarde, las enciclopedias y diccionarios intentaron definir los sentidos privilegiados, normativos, de las palabras separadamente. Estos diccionarios y enciclopedias dieron el siguiente paso en la historia de la liberación de las palabras de sus lenguajes. Pero la libertad de las palabras se encontraba aún restringida por un uso regulado en contextos establecidos.
Fue la filosofía del siglo XX quien apuró este proceso de liberación. El estructuralismo (iniciado con Ferdinand de Saussure y Roman Jakobson) desplazó la atención del uso normativo de las palabras a su uso concreto en el marco de las lenguas vivas contemporáneas. Eso representó un enorme paso hacia la liberación de las palabras, pero el concepto de un contexto normativo de uso permanecía aún básicamente intacto. Lo mismo podría decirse acerca de la tradición de investigación anglo-norteamericana sobre el “lenguaje ordinario”, que también se basaba en una ideología de la presencia. La mutación real comenzó con el posestructuralismo, especialmente con la decostrucción derrideana. En ella, las palabras individuales comenzaron a migrar de un contexto a otro, modificando, en el camino, permanentemente sus significados. Entonces, cualquier intento de establecer un contexto normativo era declarado estéril. Pero esta migración fue comprendida por la deconstrucción como potencialmente infinita, con trayectorias infinitas, razón por la cual toda pregunta acerca del significado de las palabras era señalada como imposible de responder.
Google, por lo tanto, puede ser tomado como una respuesta a la deconstrucción en, al menos, dos sentidos. Por un lado, se basa en la misma comprensión del lenguaje como como espacio topológico, en el cual las palabras sueltas siguen sus propias trayectorias (socavando cualquier intento de territorializarlas en contextos fijos, privilegiados o normativos, o de atribuirles significados normativos). Por otro lado, sin embargo, Google está basado en la creencia de que tales trayectorias son finitas (y, por lo tanto, que pueden ser calculadas y enumeradas). Por supuesto que podemos imaginarnos un número infinito de contextos y, por ende, infinitas trayectorias para cada palabra suelta. Con todo, ese tipo de imágenes desatiende el hecho de que cada contexto debe tener algún tipo de materialidad (un medio) para ser “real”. De no ser así, el contexto sería meramente ficcional y, por lo tanto, irrelevante para nuestra búsqueda del conocimiento y la verdad. Podríamos decir que Google pone de cabeza a la deconstrucción, pues sustituye una proliferación de contextos potencialmente infinita (pero sólo imaginaria) por un motor de búsqueda finito. Este buscador no indaga infinitas posibilidades de significados, sino un conjunto objetivamente disponible de contextos de definición de significados. De hecho, el juego infinito de la imaginación poseería sus propios límites si todas las palabras apareciesen en todos los contextos. En una situación límite como esa, todas las palabras se volverían idénticas en sus significados (colapsarían en un significante flotante sin significado). Google evita un resultado de esas características limitando su búsqueda a contextos realmente existentes, ya listados. Así, las trayectorias de las diversas palabras continúan siendo finitas y, por ende, diferentes. Podríamos decir que cada palabra se termina caracterizando por la sumatoria de sus significados, es decir, la suma de los contextos que la palabra ha acumulado en su migración a través del lenguaje y que puede definirse como el capital simbólico de esa palabra. Y esas sumatorias (al ser “reales”, es decir, materiales) son asimismo diferentes.
En el contexto de una búsqueda de Google, quien usa Internet se encuentra en una posición metalingüística. En efecto, el usuario o usuaria en tanto que tal no es presentado en Internet como un contexto verbal. Por supuesto que cada cual puede googlear su propio nombre y recibir todos los contextos en los que aparece. Pero los resultados de tal búsqueda no manifiestan al usuario en tanto que usuario, sino como alguien que provee contenidos. Al mismo tiempo, sabemos que Google rastrea los hábitos de búsqueda de cada usuario individual y crea contextos a partir de tales prácticas. Sin embargo, esos contextos (utilizados en primer lugar como estrategias para dirigir mejor las publicidades) normalmente permanecen ajenos al conocimiento de quien los usa.
Heidegger definió al lenguaje como la casa del ser, una casa en la que el hombre habita. Dicha metáfora supone comprender al lenguaje como una construcción gramatical: la gramática del lenguaje puede, de hecho, compararse con la gramática arquitectónica de una casa. Sin embargo, la liberación de las palabras separadas de sus estructuras sintácticas convierte a la casa del lenguaje en una nube de palabras. El humano se convierte en un sin-techo lingüístico. A través de la liberación de las palabras, el usuario del lenguaje es colocado en una trayectoria que es necesariamente extralingüística. En lugar de ser un pastor de palabras, como lo sugirió Heidegger, el ser humano se convierte en un curador de palabras, usando viejos contextos, espacios o territorios lingüísticos o creando nuevos, de modo que deja de hablar en el sentido tradicional de la palabra. En cambio, hace que las palabras aparezcan o desaparezcan en diferentes contextos, en un tipo de práctica extra o metalingüística completamente silenciosa, puramente operacional.
Esta transformación fundamental en el uso de la lengua se ve claramente reflejada en la creciente equivalencia entre contextos afirmativos y contextos críticos. La disolución de la gramática y la liberación de las palabras sueltas vuelve cada vez más irrelevante la diferencia entre sí y no, entre posiciones afirmativas y críticas. Lo que importa es si una palabra (o nombre, o teoría, o evento) emerge en uno o en varios contextos. En los términos de una búsqueda de Google, una aparición en un contexto afirmativo o negativo le otorgan a la palabra la misma cantidad de capital simbólico. Así, las operaciones lingüísticas básicas (afirmar y negar) se vuelven irrelevantes y son sustituidas por operaciones extralingüísticas, es decir, la inclusión y exclusión de ciertas palabras en ciertos contextos, que es precisamente la definición de curaduría. Quien “cura palabras” opera con los textos igual que con nubes de palabras, su interés no es lo que los textos “dicen”, sino qué palabras aparecen en ellos y cuáles no.
Este proceso ya había sido pronosticado por algnuas vanguardias artísticas de principios del siglo XX, especialmente por el futurista italiano Filippo Tommaso Marinetti en su texto sobre “la destrucción de la sintaxis” de 19123, donde explícitamente clama por la liberación de las palabras de sus cadenas sintácticas4. Por esa misma época, en 1914, Marinetti propuso una versión temprana de las nubes de palabras que llamó parole in libertà (palabras en libertad)5. Asimismo, como se sabe, comenzó a practicar conscientemente formas de arte y política cuyo objetivo era conmocionar y perturbar el ambiente cultural burgués de Europa. En ese sentido, Marinetti inventó algo que podría llamarse la auto-propaganda negativa: comprendió que, en la era de las palabras liberadas, se aparece más en los medios masivos de comunicación siendo el objeto del disgusto (o incluso el odio) del público que captando la simpatía general. Y hoy todos estamos al corriente de que esa estrategia se ha vuelto parte de las tácticas estandarizadas de la publicidad en la era Google.
Otra fuente temprana para la emancipación de las palabras de la gramática puede verse en el uso freudiano del lenguaje. Allí, las palabras sueltas funcionan casi como links de Internet: se liberan de sus posiciones gramaticales y comienzan a funcionar como conexiones a otros contextos (inconscientes). Esta invención de Freud fue extensivamente utilizada por el arte y la literatura surrealistas. El arte conceptual de las décadas de 1960 y 1970 creó espacios instalativos para los contextos y nubes de palabras. El arte vanguardista también experimentó con la liberación de fragmentos sonoros y letras sueltas de la sumisión a las formas verbales y gramáticas establecidas. Se pueden rememorar aquellas prácticas artísticas al encaminarse en una búsqueda de Google “en tiempo real” (cuando el buscador comienza a trabajar antes de que emerja la forma gramaticalmente correcta de la palabra buscada).
Así, podríamos decir que Google, con su aproximación metalingüística, operacional y manipulativa al lenguaje, se coloca a sí mismo con más fuerza dentro de la tradición de las vanguardias del siglo XX que en la de una filosofía de avanzada. Pero, al mismo tiempo, es precisamente esa tradición artística la que desafía las prácticas googlianas. La lucha por la liberación de las palabras lo es también por su igualdad. La igualdad radical de las palabras (ya libradas de las estructuras jerárquicas de la gramática) proyecta al lenguaje como una especie de democracia perfecta entre las palabras, que se corresponde con la democracia política. De hecho, la liberación e igualación de las palabras las hace, también, universalmente accesibles. Podríamos decir que las vanguardias poéticas y artísticas del siglo XX crearon la imagen de un Google utópico (es decir, el libre movimiento de las palabras en el espacio social). El Google-realmente-existente es, por supuesto, una elaboración técnico-política, pero al mismo tiempo es una traición al sueño utópico de la liberación de las palabras.
En efecto, podríamos preguntarnos si verdaderamente Google muestra todos los contextos realmente existentes cuando lo utilizamos para revelar la verdad del lenguaje (es decir, la sumatoria total de las trayectorias de cada una de las palabras). Pero, desde ya, la respuesta a tal pregunta sólo podría ser negativa. En primer lugar, varios de los contextos permanecen escondidos (para visitarlos se necesita un acceso especial). Además, ciertos contextos determinados son priorizados por Google (y quienes lo utilizan suelen restringir su atención a las primeras páginas de la lista). Sin embargo, el problema más importante se vincula con la posición metalingüística de Google en sí mismo como buscador. Quien usa Internet opera (como ya se dijo) desde una posición metalingüística, pues no habla sino que realiza una selección y evaluación de palabras y contextos. Sin embargo, Google también se escapa de la representación lingüística al llevar a cabo la preselección y priorización de los resultados, que son a su vez actos de curaduría de las palabras. Quien busca en Internet sabe que sus selecciones y evaluaciones están sujetos a los procesos de pre-selección y pre-evaluación efectuados por Google; sólo puede ver lo que Google le muestra. De ese modo, Google es percibido inevitablemente como una subjetividad oculta (y potencialmente peligrosa) que opera del mismo modo que las conspiraciones mundiales. Ese pensamiento conspirativo sería imposible si Google fuese infinito. Pero es finito y, por lo tanto, sujeto a manipulaciones. En consecuencia, se vuelve ineludible la formulación algunas preguntas, como ¿por qué se muestran estos contextos y no otros?, ¿por qué los resultados se priorizan de esta manera y no de otras?, ¿cuáles son los contextos ocultos que Google crea cuando observa las prácticas de búsqueda de quienes lo utilizan?
Estas preguntas nos conducen hacia un fenómeno que define cada vez más la atmósfera intelectual de las últimas décadas: el giro político y tecnológico en la historia de la metafísica. Se habló (y aún se habla) mucho del fin de la metafísica. No obstante, hay que decir que, de hecho, en verdad ocurre lo opuesto: no estamos viviendo el fin de la metafísica, sino su democratización y proliferación.
Ciertamente, quienes usan Internet no están “en el mundo”, pues no están en el lenguaje. Mientras tanto, Google se presenta a sí mismo como una máquina metafísica que es, al mismo tiempo, manipulada por una subjetividad metalingüística y metafísica. Así, quien busca a través de Google se implica en una lucha por la verdad que es, por un lado, metafísica y, por el otro, política y tecnológica. Es metafísica pues no busca esta o aquella verdad “terrenal” o, para decirlo en otros términos, este o aquel contexto; al contrario, es una lucha por el acceso a la verdad en sí misma (comprendida como la suma total de todos los contextos materialmente existentes). Es una lucha para conseguir el ideal utópico del libre flujo de la información, o sea, la insubordinada migración de las palabras liberadas a través de todo el espacio social.
Sin embargo, esta lucha se vuelve técnico-política porque, si las palabras ya son reconocidas como “metafísicamente” libres e iguales, cada instancia singular que las incluye o excluye debe ser identificada como un un acto de poder político, tecnológico o económico. Sin una visión utópica de las palabras como completamente liberadas, Google sería imposible (al igual que cualquier crítica de Google). Solamente cuando el lenguaje queda transformado en una nube de palabras puede ser formulada la pregunta acerca de el capital simbólico de cada palabra en particular. Pues sólo en ese caso el capital simbólico de cada palabra llega a ser el resultado de las prácticas extralingüísticas de inclusión y exclusión. El Google-realmente-existente sólo puede ser criticado desde la perspectiva poética de aquello que podría llamarse un Google utópico (uno que encarna los conceptos de libertad e igualdad para todas las palabras). El ideal utópico y vanguardista de la palabra liberada produjo una “poesía difícil” que parece ser inaccesible para una gran parte de quienes la leen. Sin embargo, es precisamente ese ideal utópico el que define hoy nuestros esfuerzos cotidianos por alcanzar un acceso universal al libre flujo de la información.