PATRIARCADO Y POLÍTICA El Comité de Mujeres del Greater London Council (1981-1986) como una experiencia de democracia local

El presente artículo fue originalmente publicado en la Revista Internacional de Sociología en el año 2006. Se trata de un interesantísimo texto que, a la luz del impresionante crecimiento del movimiento feminista mundial, interpela a las organizaciones de mujeres de forma directa. El artículo analiza una experiencia política concreta que hace más de 30 años generó un impacto inusitado en las políticas de género a nivel municipal en Londres. Una construcción profundamente democrática y comprometida con el trabajo sobre las desigualdades género y las discriminaciones a minorías. Rescatar este documento sirve para pensar nuevas formas de organización para la conducción política en gobiernos locales, pero también estimula la reflexión al calor de la memoria y la recuperación de luchas feministas pasadas.

PATRIARCADO Y POLÍTICA
El Comité de Mujeres del Greater London Council (1981-1986) como una experiencia de democracia local
RAFAEL RODRÍGUEZ PRIETO Y JOSÉ MARÍA SECO MARTÍNEZ
Universidad Pablo de Olavide. Sevilla. España

“El hecho de que estemos implicados en el mundo es la causa de lo que hay de implícito en lo que pensamos y decimos acerca de él”.
(Pierre Bourdieu)

CORO.- Junto al telar, soñar con el ausente: Esta es la dulce ley de nuestras bodas. Sonría la gloria a la prudente reina
Que nunca ha amado a otro hombre que a su esposo.
PENÉLOPE.- ¡Mentira! (Buero Vallejo, 1962: 120).

INTRODUCCIÓN
¿Y Penélope? Penélope continúa tejiendo con unción, aguardando el regreso de Ulises. Aislada del resto de las mujeres, entre un remolino de hombres que la acechan, sigue hilando, evocando al ausente. Junto al telar, sueña con el esposo. Pasiva, sigue tejiendo (y des-tejiendo) la misma manta. Inactúa esperando el retorno de Ulises, a que éste satisfaga su venganza sobre quienes la aguardan y pretenden. La mujer es par, el hombre impar; la mujer es inacción, el hombre acción, la mujer precisa de él porque la completa, lo impar es bueno, lo par malo. “Tal era el razonamiento de los pitagóricos y sobre él se asienta la civilización occidental” (Heilbrun, 1988: 46).
Digamos que fueron dos las obras que apuntalaron el nacimiento mítico de nuestra civilización. La primera es La Biblia, la segunda La Odisea. La primera, ya en el Génesis, relega el papel de la mujer a un plano secundario e inferior, muy desigual al de los hombres. En La Odisea la actitud de Penélope representa el carácter infructuoso del trabajo femenino en las sociedades occidentales. Es un trabajo supeditado a la llegada de Ulises, un trabajo ininterrumpido que no tiene otro objetivo que la distracción. Un trabajo subordinado y sub- sumido en estructuras patriarcales que no aceptan y, por tanto, no respetan lo femenino, un trabajo organizado por el patriarcado para bloquear y controlar la reproducción social de las mujeres.
La interpretación que la antropología androcéntrica ha hecho de la división histórica del trabajo entre hombres y mujeres ha sido considerada como un hecho natural derivado de diferencias biológicas. Empero, hay que decir que esta diferencia ha sido construida de acuerdo a parámetros patriarcales y hegemónicos. El intercambio entre hombres y mujeres en este punto ha sido siempre muy desigual. Tradicionalmente, a la mujer se le han reservado relaciones y/o tareas socialmente devaluadas, que han mermado sus posibilidades de participación en el espacio de la producción. De esta manera, el patriar- cado ha reforzado su posición.
Cabe entonces preguntarse, ¿existe un nexo de unión entre las diferentes actividades de las mujeres en la historia? Podría decirse que sí. El papel de la mujer en el ámbito agregado al espacio doméstico, íntimo o domiciliario es el resultado del diseño histórico de las mismas relaciones de poder. El cuidado de niños, la atención a ancianos y a enfermos, la satisfacción de las necesidades materiales y sexuales de los hombres, han sido tareas encomendadas de manera tradicional a las mujeres. Unas tareas que acarrean la abnegación, esto es, la pérdida de conciencia de sí mismas, de su individualidad, y la renuncia a la satisfacción de sus intereses y necesidades para quienes las realizan, sobre todo si se llevan a cabo gratuitamente, como suele ocurrir en el caso de las mujeres. Son tareas que se realizan en espacios físicos muy restringidos y que contraen relaciones muy estrechas de proximidad con el ámbito de la casa o el hogar. Las mujeres desarrollan su trabajo aisladas las unas de las otras y en espacios muy limitados —la habitación que describiría Virginia Wolf—. Con ello, se reduce tanto su movilidad como su propia conciencia personal (CFED, 1992: 17-19).
Podemos empezar diciendo, por tanto, que el patriarcado invisibiliza a las mujeres. Les roba espacios y tiempos propios, les deniega toda responsabilidad que no esté relacionada con las acciones que él mismo considera que les “son propias por naturaleza”. Uno de los primeros ejemplos históricos lo encontramos en la Grecia clásica. Desde Aristóteles se define una noción de lo humano que se ha asentado como natural. Aristóteles define esta concepción como una opción particular para la existencia humana orientada por una voluntad de dominio expansivo sobre bases racistas y sexistas. Se ordena lo público y lo privado de la vida social, vinculando a la mujer a este último espacio, para supeditarla y olvidarla, para arrancarle cualquier conexión con la verdad, anexa siempre a principios abstractos y masculinos (Moreno, 1988: 16-24).
A la mujer se le priva del espacio, y el espacio es, como apunta Margaret Khon, mitología política realizada, encarnada y materializada (Kohn, 2003: 3-5)1. Recordemos si no a Virginia Woolf y los problemas que planteaba ante la falta de espacios: la mujer no dispone de una habitación propia donde crear, viajar y vivir sin ninguna tutela; carece de un espacio donde llevar a cabo el deseo humano de ser autónoma, en un mundo que le pertenece tanto como al hombre (Forrester, 1977: 69). Y es la propia Virginia Woolf la que en Tres guineas denuncia la discriminación que padece la mujer a todos los niveles. El patriarcado se nos muestra como una revelación absolutamente incuestionable, que alcanza a todos los espacios de la vida (Simón, 1999: 19), que subyuga y discrimina a las mujeres en todos los planos.
De este modo y siguiendo en esta línea, antes de continuar con el análisis, cabe preguntarse lo siguiente: ¿qué aspectos podríamos resaltar de este mecanismo de domi- nación patriarcal? Creemos que existen dos aspectos esenciales sobre los que se ha ido diseñando y construyendo el patriarcado como forma de poder sobre las mujeres:

(i) La construcción de una visión artificial del mundo que supedita y oculta lo femenino. El patrón patriarcal construye el mundo a espaldas de las mujeres. Incluye al hombre y excluye a las mujeres. El hombre está per se en la vida social. Sólo él entra en la histo- ria. A la mujer, en cambio, se le reserva el ámbito de “lo natural”, se le niega “lo cultural” (Reeves, 1988: 54), se le bloquea el derecho de “ser” en la historia. Desde esta visión androcéntrica del mundo se privilegia lo conceptual (lo mental) sobre lo corporal, que ahora se concreta en materia sexuada (Grosz, 1993: 187). El hombre es luz, la mujer es carne y su cuerpo es impuro, por eso ha sido vista como fuente de pecado. Ello equivale a situarla en una posición inferior desde el principio. La mujer queda atrapada y supeditada al hombre, que viene a ser el centro de su existencia, toda su vida (Heilbrun, 1988: 21). Sus problemas, sus anhelos, sus necesidades, sencillamente, no existen. Se aplica un discurso esencialista que vincula la mujer a la maternidad y al cuidado de los niños (Santamarina, 2001: 73), mientras que al hombre se le asigna un papel dedicado a la esfera pública y al mantenimiento de la unidad familiar. La mujer es definida en términos de su relación con el hombre (Westkott, 1990: 59)2. Los hombres, como Deborah Cameron (1985) ha señalado, sólo pueden ser hombres si las mujeres pueden ser mujeres sin ningún tipo de ambigüedad, es decir, si éstas sitúan a los hombres en el centro de sus vidas, o a Dios, permitiendo sólo ocupar un lugar preeminente mientras son cortejadas por aquéllos.

(ii) En segundo lugar, desde esta inferioridad construida, la mujer acepta su opresión como algo natural, siguiendo el esquema patriarcal que restringe y luego naturaliza sus funciones dentro de la sociedad. Construye su personalidad desde la aceptación de esta opresión, que —recordemos— puede ser de género, de clase, de etnia o de orientación sexual3. Algo que, como se podrá suponer, dificulta sobremanera la posibilidad de que las mujeres puedan salir de esta situación de opresión, puesto que (a) terminan por aceptar que su lugar en el mundo no puede ser otro y (b) porque las salidas y/o soluciones a esta situación de sumisión se antojan poco pacíficas, antes bien, traumáticas y, a menudo, trágicas4.
Con esto queremos decir que la delimitación patriarcal del espacio privado ha respondido a otras razones además de las argüidas por el contractualismo liberal —como la de asegurar las libertades civiles frente al poder (Béjar, 1988: 42-43) mediante el diseño de un espacio infranqueable para el Estado, donde el ciudadano (y no el resto de los sujetos) viese garantizados sus derechos individuales—. El hecho de que en la actualidad lo privado avance sobre lo público, de que tengamos abundancia, como bien apunta Walter Antillón, de “reglas privatísticas que se aplican a los llamados entes públicos, mientras que por el otro lado tenemos también disciplinas normativas de orientación publicística que atañen a ciertos sectores de la vida social, como la familia, la relación laboral, el ambiente, la función del consumo (…)” (Antillón, 2001: 257-258), es la demostración de que este esquema cuasi-ontológico (público/privado) ya no es el correlato de la sociedades contemporáneas, de que ha sido superado por la propia dinámica de los procesos sociales. Es la prueba, en definitiva, de que el diseño patriarcal del espacio privado tenía, además, otra función añadida y oculta —que no formaba parte del discurso de la modernidad, pero que era eficaz en la medida en que operaba sobre la realidad— : la reducción de las mujeres al ámbito privado como mecanismo para su exclusión del espacio social de la producción y, por tanto, su vinculación a los cuidados de la reproducción.
Por eso, el patriarcado es mucho más que una cultura androcéntrica de encierros aislados y diferenciados que excluye a las mujeres y disciplina sus cuerpos. Es una visión antropológica del mundo, una manera de ser y entender las relaciones en sociedad, que se materializa en el propio diseño societario: desde las propias instituciones del sistema político —que respaldan tácitamente la reproducción de este tipo de esquemas— hasta sus justificaciones filosófico-morales y religiosas. El patriarcado, por tanto, prefigura las relaciones sociales desde la subordinación y desvalorización de lo femenino, porque opera como un sistema de ingeniería social y “control sobre la reproducción social de las mujeres” (Boaventura, 2003: 325)5. Y lo hace mediante la distribución de funciones e instituciones sociales en distintos espacios6: el espacio público (el Estado), que es el ámbito donde queda instalada la política como acción exclusiva de los varones; y el espacio privado, que es el espacio intocable de la familia y el ámbito de la religión, que consagraba el dominio patriarcal. En este último, en la familia, el trabajo y las funciones reproductivas (maternidad, cuidado de hijos, enfermos y ancianos) quedaba a cargo de las mujeres, “sometidas y disciplinadas, para extraer la totalidad de las potencias productivas de los hombres, cuya espuria gratificación era, en última instancia, el acceso y dominio sobre el cuerpo de las mujeres” (Solórzano, 2004: 163).
Esta es la razón de que el movimiento feminista haya puesto el acento de sus actuaciones en la construcción de alternativas y en la reivindicación crítica del papel realizado por las mujeres en la sociedad7. En esta línea, las experiencias laboristas del Greater London Council (Gran Consejo de Londres) supusieron un intento serio de recuperación y dignificación del concepto de trabajo en la práctica política. Este gobierno puso en marcha políticas de participación muy activas. Buena parte de sus esfuerzos se dirigieron hacia la instauración de un nuevo modelo productivo más allá del monetarismo y el keynesianismo: la producción socialmente útil. El desarrollo de esta nueva idea sobre la producción equivale: (i) a reivindicar el trabajo femenino como trabajo social central y (ii) a enfrentar los procesos patriarcales de desvalorización asociados al espacio doméstico y al de la producción.
En el seno del GLC se creó un Comité de Mujeres, el GLC Women’s Comiteé (GLCWC). Su objetivo fue implicar a un amplio espectro de mujeres con el fin de sostener reuniones y reclutar a mujeres que representaran la pluralidad grupal del movimiento feminista —lesbianas, sindicalistas, discapacitadas, minorías étnicas—. Un punto importante de su programa fue la creación de centros de reunión para las mujeres. Con esta iniciativa se pretendía que éstas contaran con un lugar donde manifestar y compartir sus experiencias e inquietudes. Pero, las propuestas e intervenciones no se detuvieron ahí; destinaron, pese a las resistencias, fondos públicos directos para las mujeres en áreas tan cotidianas como el trabajo, el transporte, la salud y el cuidado de niños y enfermos. Para algunos observadores de la experiencia estos grupos consiguieron gran autonomía, si bien andaban escasos de poder efectivo. No obstante, tuvieron un papel inestimable en la reactivación del tejido social8. Su sola presencia propició que, al menos, las políticas feministas se abrieran paso en la agenda política. Creemos que sus propuestas influyeron de manera decisiva en el tenor de algunas políticas públicas como, por ejemplo, la del transporte. Claro que tampoco faltaron las tensiones. Los problemas y las rupturas no dejaron de abundar en esta experiencia desde su estreno. Al fin y al cabo, el sesgo feminista de las políticas, con su fascinación y lo avanzado de sus denuncias, era incomprensible no ya para el laborismo tradicional, sino para muchos sectores sindicales e incluso para destacados miembros del Greater London Council .
Con todo, el solo hecho de la creación de un comité de mujeres, en franca colabora- ción con los movimientos feministas y con otro tipo de asociaciones —de discapacitados, antirracistas, etc.—, junto a la previsión de partidas presupuestarias específicas para inicializar diferentes proyectos9, hizo sentir a quienes lo vivieron uno de esos momentos cruciales donde parece que va a cambiar el aire de la historia, pues el GLCWC traslu- cía un horizonte alternativo de nuevas posibilidades para la reivindicación de la mujer. Lamentablemente esta experiencia terminó cuando el GLC fue abolido por el Gobierno conservador de Margaret Thatcher. Hablar y escribir sobre lo que hubiese podido ocurrir de no terciar la abolición sería especular.

VÍAS HISTÓRICAS FRENTE AL PATRIARCADO COMO FORMA DE PODER

El Greater London Council

En 1979 llegaba al poder un gobierno conservador con Margaret Thatcher a la cabeza. El ascenso de la “dama de hierro” marcaría un antes y un después en la política europea del siglo XX. Sus políticas radicalmente opuestas al entonces incuestionable Estado del bienestar constituyeron el arranque político de un modelo de Estado decisivamente distinto, demasiado afín a sistemas de regulación más adaptables a los intereses sistémicos del mercado (libre circulación de capitales, potenciación de la oferta, investigación y desarrollo tecnológico, flexibilización de los mercados de trabajo, descentralización empresarial, etc.). Digamos que Thatcher emprendió el re-agrupamiento táctico del bloque histórico dominante en una lucha por la transformación hegemónica de las relaciones sociedad/ poder, mediante la apropiación de las estrategias y consignas “de la tradición popular y su oposición a cualquier política social“(Baratta, 2003: 217). Frente a este replanteamiento histórico del bloque conservador la izquierda parlamentaria tradicional entraría en una fase de confusiones y descensos sucesivos, que se materializaría en la caída del muro de Berlín en 1989, después de no pocas resistencias y revoluciones populares.
Empero, junto a este modelo de izquierda convencional existía otra izquierda muy distinta, cuyos orígenes se remontaban a los últimos años de los sesenta en un contexto generalizado de respuesta y reacciones de los movimientos estudiantiles. La actitud de esta otra corriente de izquierdas frente a los partidos comunistas y social-demócratas fue frontal, y sus registros bastante críticos. A unos por su lealtad con la Unión Soviética, que ya traslucía modelos de fascismo, y a otros por no cuestionar los límites representativos de los sistemas democráticos liberales. El Greater London Council (GLC) fue la escenifi- cación de esta izquierda más dinámica y participativa, la prueba de que las alternativas, en este caso la autonomía de los trabajadores/as, eran posibles. Ha sido la experiencia de democracia local y participativa, parafraseando a Hilary Wainwright —antigua activista de GLC—, más ambiciosa de todo el continente. Influido por los movimientos sociales de los setenta y pilotado por una izquierda radical, llevó a término alianzas con los movimientos sociales y dio autonomía a los diferentes colectivos para que pudieran participar con liber- tad en la toma de decisiones (Wainwright, 2003: 7). Pese a la escasez de competencias y dotaciones —800 millones de libras— marcó un hito en la historia de las relaciones de los movimientos sociales con la administración pública.
Las figuras clave de este cambio de rumbo del Partido Laborista fueron Tony Benn y Ken Livingstone. Ambos representaban a la nueva izquierda británica llamada a romper con las inercias centristas del laborismo. La importancia de estas dos figuras venía marcada por su compromiso directo con los movimientos sociales y con las prácticas populares a nivel local, protagonizadas por toda clase de movimientos sociales —de mujeres, de minorías étnicas, de gays y lesbianas, de ecologistas, entre otros10—. El objetivo era posibilitar una gran coalición, pero no como una mera concentración de fuerzas que reprodujeran los viejos “consensos de poder”, sino como una red con capacidad de aportar alternativas creíbles para el conjunto del cuerpo electoral. Una coalición que no se detuviera sólo en las infidelidades y falsedades del capitalismo o en las disputas y regresiones del sistema político, sino que propusiera prácticas democráticas radicales y relaciones productivas justas11.
Este movimiento, por tanto, se entendió como el punto de partida de un tercer camino—que no hay que confundir con la Tercera Vía (Third Way) de Blair— 12 entre la vía socialdemócrata y el socialismo real, esto es, como punto de arranque de un proceso más amplio, en el que los ciudadanos pudieran ejercer sus responsabilidades y elegir su destino controlando los medios y participando en la vida pública. Se trataba no sólo de construir un nuevo gobierno, sino de hacer, además, un nuevo partido identificado con todos aquellos sectores tradicionalmente olvidados en las políticas públicas, integrando en el mismo las aspiraciones de los movimientos sociales. El objetivo no consistía únicamente en mantener la unidad de la clase trabajadora, sino en profundizar en el autogobierno y en la conquista de espacios públicos de acción colectiva, abiertos a la participación de otras capas de la población. Se trataba de avanzar más allá de las políticas de izquierda tradicionales, dando entrada a movimientos sociales y a otras iniciativas que hicieran la democracia más real, es decir, más transparente y participativa. No en vano, el GLC rompía los límites tradicionales del Partido Laborista y se dirigía a todo tipo de personas con preocupaciones sociales —desempleados, lesbianas y homosexuales, indigentes, intelectuales de izquierda, o clase media con sensibilidad social—. La clase social era el eje crucial de sus políticas, el pivote de toda su reforma social. El GLC representaba por aquellos días, como bien apunta Anthony Barnett, “el fin del laborismo y el comienzo del socialismo en el Reino Unido” (Barnett, 1986: 20).
Y es que la estrategia de construir nuevos espacios públicos para fortalecer el auto gobierno y el civismo responsable de la ciudadanía era central para el GLC. Había que conocer las necesidades de la gente y explicar las políticas que se hacían de manera eficaz. Si los conservadores promovían una imagen de estampa de Londres con el Buckingham Palace y el cambio de la guardia como resumen de la grandeza del Reino Unido, el GLC de Livingstone promocionaba el Londres lírico, cultural y diverso, haciendo de la capital inglesa una ciudad para la diversidad, donde las diferencias debían ser entendidas como enriquecimiento y, sobre todo, como posibilidad para una educación en la ciudadanía. Había que evitar el miedo a las fricciones entre comunidades y colectivos ciudadanos—desempleados, negros, homosexuales, inmigrantes, etc.—, el miedo “a ser tocados”, que diría Canetti (Canetti, 2000: 9).
Poco a poco el GLC se fue haciendo con el apoyo de los sectores menos favorecidos de la población, al tiempo que se ampliaba la base social de las llamadas clases populares. El crecimiento de los movimientos de mujeres, ecologistas, pacifistas, por una parte y, por otra, el rejuvenecimiento de los mecanismos de cooperación comunitaria, cuestionaron el concepto tradicional de clase, incapaz por más tiempo de contener la potencia heterogénea de todo el movimiento. Entre otras cosas, porque la relación del GLC con los movimientos sociales no era instrumental. La fuerza de Livingstone y la izquierda laborista en el Labour Party suscitó fuertes adhesiones de movimientos extraparlamentarios. No hay que olvidar que muchos de sus integrantes habían abandonado tiempo atrás el Partido Laborista para trabajar en el seno de movimientos sociales. Merced a la experiencia del GLC viejos militantes del Partido Laborista emprendieron el camino de regreso. Estos grupos trajeron consigo “otro tipo de militancia más democrática y participativa” (Gyford, 1984: 5-10), con voluntad de cambio, esto es, de transformar la realidad.
Fue en 1981 cuando el Partido Laborista, liderado por Ken Livingstone, accedió a la alcaldía de Londres, con un programa electoral y un compromiso público no conformista. Su objetivo político, lejos de limitarse a la redistribución de los recursos entre la población, no era otro que transformar la realidad social mediante el auto-gobierno de los ciudadanos, a través de prácticas cívicas continuas. El hecho de que dos años antes, en 1979, la izquierda del partido laborista se hiciera con la dirección del Partido a nivel regional de Londres y asumiera estrategias de lucha contra las políticas de Thatcher, desde la re-construcción de un GLC más creativo y comprometido con el carácter multiétnico de Londres y los movimientos sociales, facilitó el triunfo electoral.
El modelo de sociedad política que anticipaba el GLC pretendía restaurar el valor político de la comunidad. Se proponía, así, el replanteamiento de las instituciones democráticas desde el diseño de estructuras y métodos de gestión más descentralizados y democráticos, es decir, desde la realidad desnuda e inmediata de los sujetos; desde la historicidad (finitud) de sus condiciones sociales. Por eso ofrecía más participación en la resolución dinámica y mutualista de los problemas, más fines públicos donde antes no existían. Con semejante vocación —fruto de un amplio proceso de renovación interna, hasta entonces desconocido, en la izquierda británica13—, era lógico que desde el GLC se cuestionara activamente el papel del Estado en la satisfacción de las necesidades cotidianas de la ciudadanía.
Aunque estas políticas de re-situación de la conversación/acción pública se llevaron a cabo con todos los grupos sociales, incidieron de manera especial en aquellos colectivos tradicionalmente olvidados de las políticas más generales del laborismo, históricamente circunscritas en torno a sectores muy específicos de la clase obrera. Temas como el racismo o la discriminación hacia mujeres y homosexuales habían sido siempre posterga- dos en la agenda política. Sin embargo, el trabajo del GLC con estos grupos sobrepasó las esperanzas. Fue tan imaginativo y enérgico que acabó cristalizando en múltiples iniciativas y realizaciones: desde la re-ordenación del transporte público londinense14; el diseño de medidas muy audaces para llevar el arte y la música a todos los barrios de la ciudad15 ;y, sobre todo, las que serían dos de sus mayores producciones intelectuales, The London Industrial Strategy (1985) y el London Labour Plan (1986), con los que se proponía revitalizar el tejido industrial londinense, dando entrada a todos estos colectivos y aportando soluciones a los problemas sociales tan creativas como la producción socialmente útil 16, es decir, haciéndose viable un proyecto económico alternativo al sistema de producción capitalista.
Como era de prever, a esta estrategia se fueron sumando pequeñas y medianas empresas y colectivos sociales que reforzaron la base social de los administradores municipales, lo que supuso un “cambio sin precedentes en las estructuras tradicionales” del laborismo (Livingstone, 1989: 89). Claro que las tensiones no tardaron en aparecer entre quienes se adherían a esta potente propuesta política, con sus instituciones y sus horizontes alternativos, y la dirección del partido laborista, respaldada por la prensa y los sectores públicos más tradicionales. Estas tensiones, lejos de bloquear el cambio, facilitaron la interlocución democrática y dinamizaron el tejido social de la ciudad. Los colectivos comenzaron a participar en las políticas de la ciudad como jamás lo habían hecho antes y las tensiones que se escenificaron en la vida política de Londres, ya fueran externas —piénsese en la acritud de la prensa sensacionalista con ocasión de la creación de un Comité de Mujeres — o internas — del propio Comité de Mujeres entre mujeres negras y blancas, etc.—, estimularon el compromiso crítico de los londinenses con el funcionamiento democrático de unas instituciones que ahora visualizaban alternativas a la gestión tradicional de los asuntos públicos e involucraban a la ciudadanía.
La magnitud revolucionaria de ese experimento político en el área metropolitana de Londres alertó, como no podía ser de otra manera, al Gobierno neoliberal thatcherista. La experiencia política del GLC comenzaba a cristalizar a medida que se dejaban sentir sus políticas en la población. De ahí que la respuesta no se hiciera esperar. Había que incrementar la presión sobre los gobiernos locales para menguar su autonomía en materia económica y social. El objetivo del gobierno de Thatcher básicamente consistía en recortar el presupuesto en servicios públicos esenciales como la educación, el trans- porte, el mantenimiento de las vías públicas o la vivienda. La revolución conservadora de los ochenta estaba allí y nacía con voluntad de ahorro, control sobre los municipios y recortes17.
La acritud de Thatcher y su gabinete hacia el GLC y sus propuestas de participa- ción radical, las resistencias de determinados sectores del Partido Laborista, el escaso beneplácito a sus políticas de los grandes medios o el propio escepticismo social, no consiguieron ensombrecer la popularidad de sus iniciativas. Con todo, no hubo quien detuviera el alud. En 1986 el GLC dejaba de existir con el silencio cómplice de muchos estamentos del propio Partido Laborista18. Después de cinco años, el Gobierno cen- tral, merced a su triunfo en la Guerra de las Malvinas —que insufló aire a la maltrecha popularidad del Gobierno de Thatcher— abolió el GLC contra el grito mayoritario de los londinenses (Campbell, 1986: 10)19. No nos han de parecer extrañas, por tanto, las palabras que vertiera Robin Pauley, el hombre de confianza de Thatcher, al Financial Times el 5 de mayo de 1984: “el GLC representaba el socialismo moderno y, en consecuencia, debía ser desmantelado”
El tiempo ha aclarado las cosas y el gobierno local recién salido de las urnas ha retomado el nombre de Greater London Authority. Pero ya nada permanece igual. Ahora el gran reto para Livingstone y su equipo es bloquear los procesos de privatización del metro. Sus poderes son muy limitados, mucho más que en 1981, y el contexto donde desarrolla la acción ha perdido la ilusión y el empuje de aquellos años. No obstante, el valor democrático de sus estrategias de participación sigue vivo en el recuerdo de muchos/as londinenses. Un ejemplo inapreciable del valor que este tipo iniciativas contrae con las inquietudes, las necesidades y las expectativas de los ciudadanos, fue la creación del Comité de Mujeres del GLC. En él convergieron las voces y los hechos que definirían el GLC.

MUJER Y POLÍTICA EN EL GLC. MÁS ALLÁ DEL PATRIARCADO
Ken Livingstone, en su libro Livingstone’s Labour. A Programme for the Nineties, su obra más importante, nos da cuenta de un dato que, lejos de pasar desapercibido, aparece a sus ojos con inusitado relieve. Cuando haciendo recuento de sus experiencias en uno de sus capítulos rememora la creación, dentro del organigrama del GLC, del Comité de Mujeres, nos describe el asombro que esta iniciativa suscitó tanto en sus rivales políticos, como en sus compañeros del Partido Laborista. Podríamos, incluso, decir que “fue la institución más asediada” del GLC (Livingstone, 1989: 92).20. La gran aportación política del GLC fue, sin lugar a dudas, el estímulo asociativo de colectivos tradicionalmente ausentes de la acción política. Pero, como ya se ha dicho, éstos no se limitaron sólo a evacuar consultas; antes bien, comenzaron a participar activamente en los procesos de decisión, lo que se tradujo en un avance muy significativo en los modos de participación ciudadana —de la consultiva a la decisoria—. Aunque también haya que decir que el GLC supuso muchos desencuentros, ya fuera dentro de sus límites con otros colectivos y/o grupos de trabajo, ya fuera “con los órganos del partido laborista o el resto de instituciones” (Gyford, 1985: 51). Tensiones que, por otra parte, no fueron sólo la escenificación del seguimiento de estrategias distintas dentro del partido laborista, sino del posicionamiento explícito de “grupos de mujeres a determinadas políticas del laborismo, que excluían sus reivindicaciones” (Goss, 1984: 110).
El diseño en el GLC de políticas específicas para las mujeres fue el fruto de una convicción: las mujeres tienen necesidades diferentes a las de los hombres y sus demandas son distintas. En nuestras sociedades, a causa de hábitos y estructuras patriarcales, se ha imposibilitado la reproducción social de las mujeres mediante su relegación al espacio doméstico, bloqueando primero sus posibilidades de participación en la vida social y encasillando después sus potencialidades en la esfera de lo privado. Es decir, excluyendo a las mujeres de la producción, pero encargándolas de los cuidados de la reproducción. Esta separación cuasi-ontológica de la realidad, que reserva lo público a los hombres y lo privado/doméstico a las mujeres21, se ha comportado siempre como un mecanismo de exclusión. En el ámbito público convergen el consenso y lo universal. Dentro de sus límites se dirimen los procedimientos y las decisiones, se ejercen las funciones políticas, culturales y, como no, las productivas. En el espacio privado, sin embargo, se condensan el ámbito familiar y doméstico (domiciliario)22, y a sus límites se remite “la resolución de las diferencias” (Mouffe, 1999: 14). El espacio privado se instituye, de este modo, no tanto como límite al poder, sino como un espacio de impunidad —donde no hay justicia— para el desarrollo de determinadas y cada vez más amplias relaciones de dominación, sobre todo familiares y de género23.
Así es, son las mujeres las que de manera tradicional vienen asumiendo la responsabilidad doméstica de la familia, el trabajo dentro del hogar y el cuidado de enfermos e impedidos. Y son las mujeres —especialmente aquéllas que cuentan con menos ingresos— las que, además de tales obligaciones, deben trabajar fuera del hogar para obtener un salario que contribuya al sustento de su familia. Pero, pese a la sinceridad sombría de esta situación, demostrativa del corte social existente entre hombres y mujeres, sus demandas no sólo no han sido atendidas, sino que sus necesidades han sido subordinadas y ocultadas por quienes han tenido la responsabilidad de gobernar. Así pues, el espacio privado ha operado siempre como un mecanismo de dominación patriarcal, que además ha bloqueado la reproducción social, esto es, ha excluido a amplios sectores de la población, mujeres, ancianos y niños24.
Precisamente por esto, con el firme propósito de encontrar remedios a esta situación, el GLC dio entrada en mayo de 1982 al Comité de Mujeres: Greater London Council Women Committee (WCGLC). En los cuatro años siguientes abordaría tareas y problemas muy diversos, pero, sobre todo, llevaría a primer plano de la actualidad política la diferencia de género, enriqueciendo con sus aportaciones las políticas del GLC —especialmente, materias en transporte y planificación—. En esta misma dinámica se crearían posteriormente comités, partidos o equipos de trabajo ideados para la percepción de los problemas de las minorías étnicas, los homosexuales y los discapacitados (Ethnic Minorities Committee, Gay and Lesbian Working Party, Disabilities Resource Team). E incluso en otros municipios del área metropolitana de Londres, se constituirían sub-comités de mujeres (como los de Camdem, Islington o Southwark ).
La piedra de toque del WCGLC era la siguiente: se han ocultado los intereses y las necesidades de la mitad de la población y no ha existido voluntad política de enfrentar esta situación de exclusiones e impunidad. Quienes han diseñado los programas de gobierno, quienes habitan en política han sido y son, tradicionalmente, hombres. El diseño político de las iniciativas y acciones de gobierno ha estado orientado a “los londinenses y a los clientes, que en la práctica se han revelado como hombres” (Webster, 1984: 31). Se trataba, al fin y al cabo, de que el conjunto de las políticas del GLC fueran permeables al pensamiento y a las estrategias feministas.
El iter de su creación vino de la elección de Valerie Wise como vicepresidenta del Comité de Industria y Empleo (Industry and Employment Committee). Poco después de llegar al cargo organizó un foro para debatir la relación existente entre el trabajo y el movimiento de mujeres. En esta reunión participaron, sobre todo, sindicalistas y economistas. De allí surgieron muchas ideas, que posteriormente influirían en el Comité, relacionadas con: “el cuidado infantil, violencia contra las mujeres, la desigualdad en el trabajo, las mujeres y las minorías étnicas, las lesbianas, y las mujeres con algún tipo de discapacidad” (Goss, 1984: 112).
El hecho es que se generó bastante información sobre y para las mujeres, desde la percepción de estos problemas, con el fin de evaluar sus necesidades. Se exploró la opinión de las mujeres, y no sólo la de las blancas anglosajonas, sino también de las que venían siendo excluidas del debate político —mujeres negras, discapacitadas, lesbianas, jóvenes y ancianas—, tratando, con ello, de eliminar esta discriminación, redirigiendo los recursos disponibles y recurriendo a créditos blandos.
Para el GLC los servicios públicos y sociales eran fundamentales para corregir la situación de desventaja social de las mujeres y hacer frente a las políticas de recortes en gasto social adoptadas por el gobierno de Thatcher25. A aquéllos correspondía el respaldo a sus iniciativas y el hallazgo de oportunidades. La discriminación, con sus violencias y sus exclusiones, era, por desgracia, demasiado ostensible en el área metropolitana de Londres como para eludir las soluciones:

Las mujeres eran las destinatarias de los trabajos peor remunerados en el área metropolitana de Londres. Normalmente carecían de cualificación, de modo que accedían a ellos en condiciones laborales extremas. Por regla general, las mujeres recibían un salario inferior al de los hombres, al menos de un tercio.
La discriminación operaba, según el Comité de Mujeres (WCGLC), ya desde el colegio. Las niñas recibían una educación diferente, menos exigente y con menos formación, lo que ocasionaba que tuvieran menos oportunidades de encontrar un empleo mejor.
La compra de viviendas protegidas y otros tipos de beneficios sociales estaban vedados para las mujeres. La discriminación y la pobreza propiciaban que muchas mujeres vieran en el matrimonio y en sus responsabilidades domésticas la única vía factible para acceder a este tipo de bienes. No pocas instituciones y servicios públicos estaban diseñados en función de esta situación de dependencia de la mujer (los impuestos, la seguridad social, inmigración y los sistemas de pensiones), lo que contribuía a reforzar el imaginario de desigualdad y discriminación hacia las mujeres —aún más si éstas pertenecían a minorías étnicas o eran lesbianas, lo que constituía un claro ejemplo de poli-opresión—. La impunidad para los autores de los malos tratos familiares, de acciones contra la libertad sexual dentro del matrimonio o de actitudes de acoso laboral, fueron el testimonio —por otra parte difícil de aceptar por las autoridades londinenses— de este contexto generalizado de postergación de la mujer en aquellos años.
Las familias monoparentales que tenían por cabeza familiar a una mujer se situaban entre las más pobres de Londres. Casi la mitad de los hogares con bajos ingresos tenía a las mujeres como cabeza de familia, y la cuarta parte más pobre era el grupo representado por una mujer anciana con ingresos muy bajos y dependiente del Estado. Las ayudas a estos colectivos empeoraron. Sólo en Londres, y en poco más de 10 años, descendieron entre un 3% y un 4%. Se estimaba “que el 70% de todos los sin techo adultos eran mujeres” (GLC, 1985: 70).
No obstante, las mujeres no ocupaban ni tan siquiera el 50% de los escaños en la Cámara de los Comunes. Esto es una buena muestra de que la perspectiva de género no estaba presente en la agenda política.

El Comité de Mujeres se abrió a la comunidad. Su andadura se inició con una reunión, en la que participaron un gran número de feministas y de mujeres interesadas en la discusión del perfil del Comité. En lo sucesivo este tipo de reuniones abiertas sería el escenario donde llegarían los temas y se articularían las propuestas. El Comité de Mujeres pronto empezó a desmarcarse de las pautas políticas de la izquierda tradicional y a ganarse, pese a los obstáculos y las resistencias26 de no pocas mujeres del movimiento feminista, una cierta “credibilidad tanto dentro del GLC como fuera de él” (Flannery y Roelofs, 1984: 71). De hecho, el GLC creó una unidad de apoyo para el comité de Mujeres, con el fin de afrontar temas relacionados con la violencia de género y el cuidado de niños. Entre ambos trataron de que el entramado institucional resultante “no reprodujera las relaciones de dominación patriarcales” (Rowbotham, 1983: 143), de modo que la experiencia cotidiana de su funcionamiento pudiera escenificar las debilidades del esquema tradicional de división del trabajo corolario de aquéllas27. No obstante, las dificultades y tensiones no cejaron; más bien fueron el pan cotidiano de cada día del GLC28.
Buena parte de estos escollos fueron el reflejo de los problemas surgidos en el propio corazón de los movimientos de izquierda entre trabajadores blancos y negros, y entre mujeres feministas blancas y negras. La hermandad entre blancas y negras parece quebrarse cuando es necesario priorizar unas políticas sobre otras29. Los problemas son diferentes y “precisan de atenciones distintas” (Arati, 1983: 11). Estos problemas jalonaron gran parte de la travesía del Comité. Pero esta circunstancia no desmerece la importancia que para el propio funcionamiento del Comité de Mujeres tuvo la discusión de unos problemas hasta entonces ocultos30.
Con todo, las políticas feministas del GLC no sólo dispusieron de proyección teórica. No sólo detectaron, en el proceso de elaboración de sus constructos teóricos, los obstáculos existentes para el reconocimiento de conflictos, problemas e injusticias hasta entonces reprimidos, supeditados y ocultados. También se significó por la praxis de sus propuestas y alternativas. Hay que decir que, en la misma, fueron decisivas las ayudas económicas que recibiera de grupos y colectivos sensibilizados con las inquietudes de las mujeres. En la capital londinense muchos de los servicios de atención social a estos colectivos venían siendo dispensados, como de costumbre, por el sector voluntario, formado por organizaciones religiosas, grupos de autoayuda, movimientos sociales y proyectos locales. Sin embargo, pese a los sacrificios contraídos y sus buenas intenciones, este sector no llevaba las trazas de compartir con mujeres o minorías étnicas el diseño de sus iniciativas. En cambio, durante los años del gobierno laborista la ciudad de Londres vio florecer otra clase de proyectos, ideados para la participación de los colectivos beneficiarios en la gestión de las ayudas recibidas. Esta nueva estrategia propició un cambio radical en el tejido asociativo de la ciudad. Muchos grupos de mujeres, especialmente los destinatarios de ayudas y subvenciones, habían andado sus primeros pasos como agrupaciones ocasionales para la reivindicación de actuaciones muy concretas y, sin embargo, ahora se transformaban en asociaciones comunitarias que, además de recibir, participaban en el diseño de sus políticas de ayuda y aportaban servicios básicos a la comunidad31.
Esto explicaría el perfil diverso de las actuaciones del WCGLC en el espacio local.
Sus iniciativas brotaban como de un hontanar: desde sus políticas de mayor éxito en “materia de transporte” o “de cuidado de niños” (Wainwright, 1987: 112 y 114), hasta sus intervenciones en las políticas sanitaria, laboral o de acceso a la vivienda. Durante 1985 y 1986 el Comité de Mujeres contó con una financiación que rondaba los 11 millones de libras esterlinas. Se crearon centros de mujeres que ofrecían consejos, cuidado de niños, puntos de información, formación, ocio y otras posibilidades recreativas. Se redactó, a modo de guía o directorio, el Manual de las Mujeres Londinenses, en el que convergían todas las entidades colaboradoras con las acciones del WCGLC.32 Como recordaría más tarde Valerie Wise, “el manual respondía a la necesidad de seguir avanzando, era un punto de partida que debía estar sujeto a las necesidades de las mujeres” (GLCWC, 1986: 2).Y ciertamente el apremio de estas necesidades acuciaba.
El resultado de estas iniciativas nuevamente sobrepasó las esperanzas. El nivel de participación de las mujeres —incluso de las más escépticas (inmigrantes, de minorías étnicas— fue creciendo a medida que sus actividades anticipaban el crecimiento interno de la comunidad. Algo que contrastaba con el escaso interés de las políticas públicas por la cuestión de género. La Sex Discrimination Act no imponía deberes en este sentido a las autoridades locales o nacionales, no programaba políticas orientadas a la igualdad entre hombres y mujeres, y no preveía las necesidades o intereses de las mujeres. Unas necesidades que ya no eran aparenciales y que disponían de soluciones— desde los setenta se venían articulando respuestas específicas a los diferentes tipos de discrimina- ción desde la universidad y organizaciones sociales—. Aquélla traslucía nuevas relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres, y justificaba la omisión de los poderes públicos, o lo que es lo mismo, la impunidad en el ámbito íntimo y domiciliario.
A la ausencia de medidas específicas del Gobierno central contra la discriminación sexual, la estrategia y el sentido común se impusieron e hicieron el resto. Las mujeres confiaron sus esperanzas en la acción local33. Ahora su implicación se satisfacía en las expectativas que ofrecía el Gobierno local. Muchos de sus proyectos en el espacio local tuvieron un final feliz. Y no ya sólo en el área metropolitana de Londres. El GLC fue el primer consejo en adoptar firmemente políticas sólidamente comprometidas con la promoción de la igualdad de oportunidades para la mujer. Pero no fue el único. Desde 1982, otras treinta autoridades locales siguieron sus pasos. Sólo en los alrededores de la ciudad de Londres otros diez municipios alumbraron sendos Comités de Mujeres con sus respectivos programas y medidas por y para la mujer.

CONCLUSIONES
El Greater London Council acometió un programa en favor de las mujeres que no sólo no estaba supeditado a la política general de la Administración municipal, sino que orientaba la acción del GLC. Era éste, con sus políticas, el que se sometía a las exigencias progra- máticas de aquél —como también lo hacía con minorías étnicas, gays, e incapacitados—. El trabajo del Comité de Mujeres benefició de forma clara a las mujeres de Londres, sin prestar atención a su filiación política. El Comité, además, creó órganos especializados en mujeres que sufrían doble discriminación (por ejemplo, aquellas que además de ser mujeres pertenecían a una minoría étnica o eran lesbianas). En definitiva, según el LLP, el Comité dirigió su acción política sobre cinco áreas fundamentales de trabajo:

a. Recursos de mujeres: El Comité reconoció la contribución inestimable realizada por las mujeres en la provisión de una amplia gama de servicios sin ningún tipo de contrapartidas o retribución34. Hubo un reconocimiento expreso de la negación de este tipo de aportaciones por parte de las autoridades gubernamentales. De ahí que fuera una prioridad la provisión de fondos para estos grupos de mujeres. Dar recursos a las mujeres en la comunidad se contempló como una manera de informarlas sobre servicios oficiales, estableciendo una práctica positiva basada en sus experiencias y consiguiendo la simpatía de otras mujeres hacia responsabilidades en el seno de sus comunidades y con el conjunto de la ciudad. De esa forma, se les daba entrada en el inapreciable papel de diseñar los servicios públicos.
b. Creación de espacios para el uso de las mujeres: Junto a la financiación de grupos locales, se adquirió un edificio en el centro de Londres para que hiciera las veces de centro de recursos para mujeres. En él se prestaban servicios de asistencia sanitaria, había oficinas para los trabajos de los grupos de mujeres y se ofrecían posibilidades para el disfrute de arte y ocio. Con esta iniciativa, el GLC se identificó con la célebre aspiración del movimiento feminista de lograr un espacio propio para las mujeres. Si no una habitación, como señalaba Virginia Woolf, al menos un espacio que compartir con otras mujeres, donde poder reunirse y hablar sobre sus problemas y expectativas.
c. Investigación/acción en temas estratégicos: El Comité jugó un papel estratégico en la investigación y en el análisis de la situación de la mujer en Londres. Y, como no, en facilitar el acercamiento de los municipios, organizaciones —oficiales y voluntarias— y de la opinión pública a las necesidades de la mujer londinense y a sus soluciones políticas.
d. Servicios influyentes del concejo: Como complemento a las estrategias del GLC, el Comité actuó como una fuente de otros departamentos del Greater London Council, que suministraban servicios de manera directa. Por parte del GLC, se aseguraba, mediante la intervención de sus trabajadores, que se cumplían las necesidades de los grupos de mujeres y se trabajaba para satisfacer la igualdad de oportunidades de acceso a los recursos públicos.
e. Consultas y provisión de información: El desarrollo del trabajo del Comité se basó en la consulta directa con las mujeres. El ocultamiento de sus necesidades y perspectivas y la escasa conciencia de la clase política para ofrecer soluciones debía reconducirse minuciosamente. Las propuestas de las mujeres debían estar en primera línea. A ellas correspondía dirigir el proceso. El Comité contaba en su haber con veinte miembros, electos en reuniones públicas de mujeres en Londres, que representaban a grupos de mujeres diversos y en áreas de actuación diferentes. De esta manera, se conseguía que las mujeres tuvieran un control directo sobre las decisiones que finalmente se tomaban.
Pero es que, además, sus programas anti-discriminación para tratar de influir en los programas del sector privado y en los grupos de voluntariado fueron un hito en el sector. Para potenciar la igualdad de oportunidades e imponer en la empresa privada las normas que regían en el Council, el GLC se amparó en su fuerza como comprador, realizando listas de suministradores certificados (es decir, que cumplían normas de igualdad de oportunidades y no discriminación). Aquellos que no cumplieran con éstas dejaban de ser proveedores; una acción que se completaría con la ayuda de los sindicatos, si bien éstos tuvieron previamente que reconocer sus problemas internos de discriminación en sus propias estructuras de funcionamiento35.
Este compromiso de lo local con la mujer inspiró programas de trabajo muy populares y aunó esfuerzos e iniciativas. La clave estaba en el contacto y en la consulta con mujeres y asociaciones comunitarias especializadas en distintos temas de mujeres. Digamos que los resultados no tardaron en hacerse sentir sobre la población, que ahora se manifestaba más sensible a los problemas de género y, sobre todo, a cuestiones tan inquietantes como la violencia doméstica36. Controvertido y atacado al principio, antes de su abolición, el Comité de Mujeres fue uno de los órganos del GLC que más se significó por sus políticas democráticas y de igualdad.
Podemos, por tanto, considerar la experiencia del Comité de Mujeres como uno de los hechos más destacados de la historia política reciente, a pesar de que sea también uno de los más olvidados. La influencia real y activa del pensamiento feminista en todas sus políticas de gobierno local, no solamente en las que concernían al ámbito de la mujer, es el testimonio explícito de que es posible la feminización de la política. La dignificación del trabajo de las mujeres fue definitiva en el diseño final de las estrategias del GLC.
El patriarcado, como el capitalismo, es una forma de poder. El patriarcado (contrato sexual, domicilio, familia) y el capitalismo (fetichismo de la mercancía, valor de cambio, libertad y autorregulación de los mercados) no son más que formas de dominación que debemos superar. Debemos situarnos ante ellas si queremos asegurar la dignidad y el desarrollo personal de los seres humanos. Pero con las palabras no bastan. Por ello, hemos querido recuperar aquí la experiencia histórica del Greater London Council, demostrativa de que las políticas no patriarcales son posibles y efectivas. Tan importante es teorizar, como impedir que nos arrebaten la posibilidad de situarnos ante nuestra conciencia, de reconstruir nuestras esperanzas de democracia. No se trata tan sólo de proponer, sino también de actuar.

Notas:

1 Margaret Kohn publicó en 2003 un libro (Radical Space. Building the House of the People) en el que hacía un brillante y estimulante estudio sobre las Casas del Pueblo italianas. Para esta autora, el espacio incide en la manera en que los individuos y los grupos perciben su posición en el orden de las cosas. La configuración espacial naturaliza así las relaciones sociales, al transformar formas contingentes en un paisaje permanente, inamovible y cerrado a cuestionamientos y contrastes. Es el modo de integrar a los individuos en una concepción compartida de la realidad
2 Ir más allá de estos estereotipos requiere renombrar las características de las mujeres no en términos de desviación o negación de la norma masculina, sino como patrones de respuestas humanas a situaciones particu- lares. Desde esta perspectiva masculinidad y feminidad son posiciones que han sido históricamente construidas. Es necesario hacer una ciencia social para las mujeres en vez de sobre las mujeres (como se hizo para los negros durante un tiempo aunque una vez transcurrida la moda sus problemas parecen haber sido olvidados). Una ciencia social que no se resigne ante el presente y busque cambiar el futuro (Westkott, 1990: 61-62)
3 La aportación más reciente del feminismo, sobre todo el postcolonial, ha sido la necesidad de reconocer que las mujeres han sufrido y sufren varios tipos de opresiones al mismo tiempo. Desde parte del feminismo, el liberal, esta desventaja no ha sido tradicionalmente tratada. Gracias al feminismo postcolonial este elemento ha sido recogido.
4 Recordemos, por ejemplo, el drama que recorre a los protagonistas de la película Las Horas, de Stephen Daldry. Las protagonistas son mujeres que se sienten atrapadas en un mundo en el que no se reconocen, y las salidas que tratan de buscar son especialmente dolorosas.
5 El patriarcado ha construido una concepción del espacio privado que se puede definir e interpretar de dos maneras diferentes, aunque complementarias: una más abstracta, como sistema de relaciones sociales que se articula con el capitalismo, la homofobia y el racismo; y otra más concreta, como forma de poder con estructuras muy definidas, entre las que destacan: (i) el modo de producción patriarcal; (ii) las relaciones patriarcales en el trabajo remunerado; (iii) las relaciones patriarcales dentro del Estado; (iv) la violencia para instaurar este sistema; (v) las relaciones patriarcales en las instituciones culturales; y (vi) las relaciones patriarcales en el marco de la sexualidad (Walby, 1990: 20)
6 Algo que respondía a la propia lógica del capitalismo y su nueva ideología cientificista que distribuía el espacio (cosas y personas) y modulaba los tiempos en función de la productividad y la eficiencia; en definitiva que, establecía su control sobre el imperativo de la reproducción humana.
7 Es cierto que las soluciones y alternativas propuestas han variado dependiendo de las interpretaciones del patriarcado. Así, para el llamado feminismo liberal (V. Friedan, B.(1963), el patriarcado ha sido superado merced a las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX, en la medida en que éstas consiguieron traer la igualdad de derechos, si bien considera que siguen vigentes todavía determinados prejuicios y no pocas exclu- siones. Por eso confía en el modelo de Estado liberal y democrático para el hallazgo de medidas correctoras, que posibiliten el acceso de las mujeres a mejores condiciones de vida y una real igualdad de oportunidades para todos. Para el feminismo “socialista” o “marxista” (V. Hennessy, R., Ingraham (ed.), (1997), el patriarcado opera junto al espacio de la producción, de modo que mientras no se cambien las relaciones entre capital y trabajo no será posible la caída del patriarcado. Producción y patriarcado desempeñan una papel decisivo en la perpetuación de las relaciones de dominación para hombres y mujeres. Por último, el considerado femi- nismo “postcolonial” (V. Bell, H. (2000), considera que ambas opciones no han prestado suficiente atención a la centralidad que el patriarcado asume en el diseño de las relaciones sociales. El patriarcado es un orden de valores que articula relaciones de dominación económicas, étnicas y de orientación sexual. Reprocha a ambos que hayan impulsado espacios de emancipación para la mujer sin reparar en la diversidad de usos culturales del mundo y en la necesidad de que sean las propias mujeres las que, desde sus propia matriz cultural, declaren la guerra a los esquemas patriarcales.
8 El GLC cedía el County Hall para las actividades y reuniones de las mujeres y compró un edificio para el uso de dos grupos feministas: AWomen’s Place y Women’s Research and Resources Center. (Rogers, 1983: 173).
9 En concreto, 8 millones de libras en 1984 y en 1986. El presupuesto creció progresivamente. En otros municipios gobernados por el Partido Laborista también se crearon subcomités o comités. En algunos lugares como Londres, el ejemplo más destacado, la iniciativa procedía del propio ejecutivo, y en otros de los movimientos de mujeres. En el caso de Leeds, de una conferencia local que unió a mujeres del Partido Laborista y del SDP alemán, a sindicalistas y grupos locales de mujeres, se derivó “la creación de un subcomité de mujeres que fortaleció el trabajo emprendido por un grupo de mujeres a favor de la igualdad en el empleo en 1982 por sindicatos y asociaciones locales de mujeres.” (Gleb, 1989: 85).
10 El socialismo se entendió como un proceso hacia un autogobierno real, un camino hacia la transformación del capitalismo y el desarrollo dentro de un mundo donde el imperialismo y el armamentismo desaparecieran (Chun, 1993).
11 En este sentido, Hilary Wainwright señalaba, en un trabajo sobre el Partido Laborista y la incidencia que los movimientos sociales tuvieron sobre el mismo, que durante la primera mitad de la década de los setenta las iniciativas más transformadoras en el ámbito del socialismo no soviético no venían del Partido Laborista, sino de las experiencias locales, prácticas sindicales como las de Lucas Aerospace, el movimiento de liberación de mujeres, los ecologistas y las alternativas culturales. Es preciso evolucionar a un nuevo tipo de partido que aúne diversidad y transformación social (Wainwright, 1987).
12 Para la izquierda surgida de los movimientos sociales de los sesenta y setenta la llamada New Left- la democratización radical del Estado y la economía era la precondición necesaria para acabar con las injusticias del capitalismo. La derrota de la New Left en el Partido Laborista y el auge posterior de la Tercera Vía de Blair acabarían con las expectativas de estos movimientos.
13 El Partido Laborista –como otros partidos de la izquierda europea- estaba fuertemente condicionado por el centralismo democrático, lo que se traducía en un elevado nivel de centralización administrativa como mecanismo para la construcción y la consolidación del Estado del bienestar. Pero, en la práctica supuso que tanto las estructuras y organizaciones del Partido Laborista como los sindicatos no reflejaran los cambios sociales que acaecían en el ámbito local. Véase GLC (1986a).
14 No en vano era este uno de sus principales reclamos electorales. Una de sus primeras acciones de gobierno fue la reordenación frontal del servicio público de transporte y la reducción de sus precios y tarifas, con medidas tan populares como las encaminadas a satisfacer las demandas de colectivos de mujeres, de asociaciones de vecinos y de minusválidos, tales como el subsidio a estos últimos del uso del radio-taxi, la ampliación de los servicios de taxi o autobús a zonas inseguras, el diseño de autobuses más adaptados a las mujeres que viajaban con niños, la restricción prácticamente total de la entrada de camiones de gran tonelaje, y el establecimiento de controles muy expeditivos sobre el estacionamiento en el centro. Con el regreso de Livingstone como alcalde al consistorio londinense se ha vuelto a tomar una medida similar, consistente en limitar el uso del coche en el centro de la ciudad (The New York Times Magazine, April 20, 2003). Las revistas saludaron esta medida como revolucionaria, ignorando que ya fue llevada a cabo por la misma persona dos décadas antes. Curiosamente, el resultado de tales medidas sobrepasó las expectativas; se incrementó el número de usuarios, disminuyó el uso del vehículo privado en un 10%, con el consiguiente alivio en las con- gestiones de tráfico y la reducción de accidentes y, lo que fue todavía más sorprendente, las cuentas públicas experimentaron “un superávit de 36 millones de libras” (LRD, 1984: 24).
15 Se puso especial cuidado en llevar el arte a todos los barrios de la ciudad: se abrieron numerosas
salas de conciertos, museos y galerías de arte gratuitas; se fomentó la música popular y multiétnica; se promocionaron las discográficas locales; y se subsidiaron centenares de grupos locales de teatro, música y baile, corriendo con los gastos de la organización de festivales locales. De hecho, los grupos locales de teatro se habían destacado desde la década de los sesenta por su capacidad para concienciar políticamente a los ciudadanos. No por casualidad, el Reino Unido ha sido uno de los emplazamientos europeos donde este movimiento de teatro popular socialista tuvo una mayor importancia. En este sentido, véase Itzin (1982). Si bien el teatro no puede por sí cambiar el mundo (de hecho el teatro político fracasó en muchos de sus objetivos divulgativos), sí que puede contribuir a abrir vías para que los colectivos que tengan voluntad de hacerlo así lo hagan.
16 La producción socialmente útil es un modelo productivo diferenciado del keynesianismo o el monetarismo.
Para la producción socialmente útil lo importante no es maximizar el beneficio, sino producir de acuerdo con las necesidades sociales reales.
17 Se trataba de recortar para luego ahorrar. Sin embargo, el ahorro no fue tal. Un estudio encargado a la empresa Coopers & Lybrand reveló que en el caso de los seis condados metropolitanos incluidos en el proyecto de abolición junto al GLC no se ahorraría dinero. El ahorro en el caso del GLC vendría dado por el recorte radical en los servicios públicos. Una estrategia de resistencia promovida fue que el líder o alcalde del GLC y su equipo dimitieran, a fin de que se llevara a cabo una nueva elección donde se votara sobre la abolición. Esa alternativa era apoyada incluso por George Tremlett, jefe de los conservadores en el GLC. Por otra parte, el tejido asociativo del Concejo de Londres apoyaba la continuidad del GLC. La gran mayoría de las asociaciones estaban en contra de la abolición –1470 frente a 190- (LRD, 1984: 3). La tesis del ahorro desde una perspectiva conservadora, se desarrolla en el texto del LBA (1991).
18 De hecho, no compartían buena parte de sus imaginativas políticas. No se atrevieron a identificarse con estas políticas que claramente desbordaban las tradicionales estrategias del parlamentarismo y el sindicalismo, e hicieron muy poco por impedir la abolición. Es más, en asuntos como el antirracismo y las políticas sexuales siempre se mantuvieron alejados con el objeto de preservar su moderada y parla- mentaria “respetabilidad”. De hecho, durante la campaña electoral de 1987 los ataques contra el GLC y otros concejos laboristas realizados por la derecha no fueron contestados por los líderes laboristas (Gunn, 1989:108-109).
19 Podríamos afirmar, incluso, que las alternativas del GLC aceleraron, en cierta forma, el proceso de reforma neoliberal del Reino Unido de la mano de actitudes escasamente democráticas (autoritarias) que en cualquier otra circunstancia se hubiesen querido evitar. Actitudes y políticas que hoy se llevan a cabo mediante planes de estabilidad y bancos centrales, pero que en aquéllos días se escenificaban de manera diferente, mediante la adopción de medidas tan expeditivas como la abolición del GLC. Flynn et.al (1985: ix-x).
20 En una reunión en Sheffield en la primavera de 1982 Valerie Wise, que a la postre sería la presidenta del Comité, anunció que el GLC iba a establecer un Comité de Mujeres con el fin de mejorar la situación de éstas en Londres y atender de una vez sus necesidades. Mientras las mujeres allí congregadas aplaudían, David Blunkett, por entonces líder del Sheffield Council, le susurró a Livingstone la siguiente pregunta: “¿verdad que no lo vais a hacer?” Pero el asombro fue mayúsculo cuando Livingstone le confirmó las palabras de Wise.
21 Digamos que el ámbito privado se instituyó como un límite al poder político, como un espacio donde el individuo pudiera ejercer sin sobresaltos los valores sagrados e inviolables (naturales) la vida, de la libertad, la propiedad y la seguridad. Después, con las revoluciones esa idea de espacio inaccesible al poder dará paso a los derechos individuales. Por tanto, hemos de concluir que la separación público/privado es una construcción moderna, por más que algunos insistan, desde una perspectiva histórica, en situar el origen de esta delimitación ontológica en el derecho romano.
22 Veamos si no aquí la claridad con la que se pronuncia en este punto Elena Beltrán: “… podríamos distinguir entre privacidad (privacy), derechos individuales (privacy rights) y esfera privada. La privacidad estaría relacionada con la libertad religiosa, de pensamiento y de conciencia, con la tolerancia, en definitiva. Los derechos individuales se originan en paralelo a la idea de tolerancia y suponen, entre otras cosas, la libertad de mercado y de movimientos, que al facilitar las transacciones comerciales origina una economía privada y una mercantilización de las relaciones interpersonales. La esfera privada es también la esfera íntima, el terreno de la casa, de lo familiar, de lo doméstico” (Beltrán y Maqueira, 2001: 207).
23 Véase Leslie (1997: 302-303). El hecho de que hoy asistamos a no pocas interrelaciones entre lo público y lo privado, que amagan la inminente superación de sus límites, —pensemos, por ejemplo, en las políticas paritarias en materia de representación, en las recientes medidas legislativas contra la violencia de género o para la conciliación de la vida familiar y laboral, etc— no cambia las cosas, porque se siguen reproduciendo las mismos estereotipos y las mismas relaciones sociales agregadas al ámbito privado.
24 Estas ideas las podemos encontrar desarrolladas tanto en el London Industrial Strategy como, espe- cialmente, en el London Labour Plan (GLC, 1985: 65-100).
25 Su gabinete no estaba dispuesto a quebrantar sus políticas de recortes y ahorro en gastos sociales. Pero, lo que es peor, abrigaba la firme resolución de promover, como medida para salir de la crisis y de sus registros de desempleo, el retorno de la mujer al hogar y a los cuidados de niños y ancianos; justamente la filosofía antagónica a la dominante en los años setenta, cuando la idea de la carrera hacia la igualdad, como se desprende de textos feministas como el de Grimshaw (Grimshaw, 1986: 7-35).
26 Resistencias que provenían, sobre todo, de las dificultades de los primeros años en el propio seno del GLC. De hecho, en el propio manifiesto electoral del Partido Laborista de 1981 “no se preveían políticas especiales de empleo para las mujeres, más allá de una genérica apelación a la igualdad de oportunidades”. (Mackintosh y Wainwright, 1987: 105).
27 Era preciso revalorizar el trabajo femenino. Y qué mejor forma de hacerlo que profundizando, como apuntan Borderías y Carrasco, en su especificidad desde las prácticas, los valores, las culturas y los aspectos simbólicos, como una forma de lucha contra imágenes construidas desde la debilidad o marginación (Borderías y Carrasco, 1994: 91).
28 Sobre las tensiones y reacciones que se escenificaron, véase Sofer (1984).
29 Con Amos y Parmar (1984).
30 Este grupo de trabajo se sentía, en muchas ocasiones, marginado de las acciones del Comité. Además, parecían tener que elegir entre trabajar con las mujeres o con las unidades de minorías étnicas. Véase GLC (1982).
31 Algunas asociaciones empezaron con un grupo de madres reunidas para demandar oportunidades y decidieron organizarse para cuidar de los niños (Moss, 1985).
32 Durante septiembre de 1985, el Comité de Mujeres organizó una conferencia en el County Hall a la que asistieron 300 mujeres que desempeñaban tareas de cuidado de enfermos, discapacitados y ancianos en el hogar. Dicha reunión fue apoyada por asociaciones de voluntarios y por los servicios sociales de los municipios. Estas mujeres, a menudo, se encontraban solas y carecían de apoyo. Además ellas mismas muchas veces estaban enfermas. De esta reunión se extrajeron muchas conclusiones que ayudaron en la redacción de los planes de acción y en el diseño de las políticas del Comité. Era la primera vez que un hecho así ocurría y la primera consecuencia práctica fue la elaboración de un directorio con todos los servicios sociales que ofrecían los municipios. Fruto de esta reunión fue el manual de referencia titulado The London Women’s Handbook.
33 Es interesante mostrar el hecho de que cuando las cosas en el espacio nacional o global se ponen difíciles
se deposita la esperanza en lo local. En la actualidad esa idea ha crecido y se ha agudizado de un modo que podíamos calificar como perverso. La moda de lo local, de la actuación local, de la parcelación de los temas, del desarrollo local, tiene dos vertientes: la primera, evitar la necesaria proyección global de los proyectos, como si en lo global o nacional todo estuviese hecho o se diera por sentado que es imposible de cambiar; y en segundo lugar, reconducir los deseos de acción política de la gente y reducirlos a espacios limitados, a tiempos limitados y a objetos igualmente muy específicos que evitan la conexión con otros problemas que se relacionan. Hay que decir que una de las grandes frustraciones del Comité de Mujeres fue precisamente no haber conseguido una normativa estatal comprensiva de soluciones a las necesidades e inquietudes de las mujeres. Se pensó, incluso, en extender la acción más allá de lo local. Sin embargo, no fue posible.
34 De esta forma, el GLC pretendía revalorizar la utilidad social del trabajo no retribuido, ya fuera el empleado para la comunidad, o el realizado dentro del hogar. Para el neoliberalismo, las trabajadoras no remuneradas “son una suerte de inútiles para el mundo. Sin embargo, el trabajo para la reproducción supone la donación de un tiempo propio en beneficio de los demás; dicho trabajo no aporta beneficios económicos, ni ventajas sociales. Al contrario que el trabajo voluntario, el doméstico aporta escasa satisfacción, pero constituye una contribución de primer orden en el mantenimiento de la asistencia social en estados que dedican menores partidas financieras a las mismas”. (García Sainz y García Diez, 2000: 59). En este sentido resulta interesante la aportación de Mª Angeles Durán sobre el trabajo no monetarizado. Sobre la base de una serie de encuestas realizadas en ámbito nacional y regional en torno al trabajo no remunerado, esta autora pone de relevancia que el bienestar social depende del trabajo monetarizado y no monetarizado. La distribución global equilibrada de la carga de éste último es imprescindible para que las mujeres accedan en condiciones de igualdad a la vida política y al mercado de trabajo (Durán, 2000: 121).
35 Según The London Labour Plan, aunque los hombres han usado en muchas ocasiones los sindicatos en contra de las mujeres, éste es un instrumento fundamental en la lucha por la igualdad y la anti-discriminación. Entre 1975 y 1985, la representación de las mujeres en Londres adquirió un incremento considerable, tanto en sus cuotas de representación sindical, como en su influencia en la agenda y acciones del movimiento sindical. No obstante, dicha representación también experimentó desviaciones y retrocesos, especialmente
en los sectores más precarios del sector privado, en los que abundaba la contratación femenina (limpieza, restauración, textil). El GLC financió proyectos como City Centre Project (para trabajadoras públicas) o grupos como Women in Construction (basado en la mejora de áreas específica de trabajo), al tiempo que co-financió, junto a plataformas sindicales, cursos de formación y potenció los procesos de sindicalización de la mujer en las empresas por medio de subvenciones e incentivos (GLC, 1985: 91- 92).
36 En este tema, el grupo Women’s Aid tuvo un protagonismo muy especial, así como dentro del organigrama del GLC en el marco de la Equal Opportunities Comisión, además de la Unidad de Apoyo y el propio Comité.

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