Angelo Tasca: Condiciones generales del nacimiento y auge del fascismo

Tomamos este texto de una antología que realizó el ideólogo socialista alemán Wolfgang Abendroth sobre «Fascismo y capitalismo». En esta también se encuentra otro texto interesante, «Fascismo como movimiento de masas» de Arthur Rosenberg.

Angelo Tasca fue un peculiar dirigente comunista italiano. Fue fundador de la publicación turinesa L´Ordine Nuovo junto a Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti, entre otros. Pero luego fue echado de la redacción por sus compañeros al no compartir sus proyecciones. Participó luego en el naciente Partido Comunista Italiano, en su ala derecha. En estos tiempos, estuvo en conflicto y negocación con su centro, representado por Gramsci. De estos años es un lúcido texto conjunto que aborda el problema del sindicalismo «El sindicato y el partido»

Luego, en el auge del nazifascismo, participó del gobierno títere de Vichy en Francia aunque luego se demostró su colaboración en la resistencia francesa.  Terminó sus años en posiciones alineadas a la derecha.

Más allá de sus polémicas posiciones en su etapa tardía, vale aprovechar la lucidez de Tasca en sus análisis políticos de la realidad italiana. En particular su libro «El nacimiento del fascismo» de donde está extraído este texto.

Transcripción de Ramsés Oholeguy

Condiciones generales del nacimiento y auge del fascismo

El fascismo es una dictadura; de este punto arrancan todos los intentos actuales de definición. Pero este punto es también el único en que hay coincidencia. Dictadura del capital financiero; {Dictadura terrorista manifiesta de los elementos mas reaccionarios, chauvinistas e imperialistas del capital financiero}; dictadura de las [doscientas familias]; con muchas precisiones y circunloquios, finalmente se viene a considera el fascismo como la dictadura personal de Mussolini o de Hitler. El fascismo italiano es Mussolini, se ha llegado a afirmar. Cada una de estas definiciones contiene mayor o menor proporción de verdad, pero ninguna de ellas puede ser aceptada sic et simpliceter. Por nuestra parte, nos guardaremos de poner en circulación una nueva definición con pretensiones de ser la verdadera, la fórmula práctica que todos pueden tener a mano para disipar las dudas propias y ajenas. Para nosotros, definir el fascismo quiere decir ante todo escribir su historia. Una teoría del fascismo tendría que partir del estudio de todas sus formas, de las encubiertas tanto como de las manifiestas, de las reprimidas tanto como de las triunfantes; pues hay varios tipos de fascismo, y cada uno encierra tendencias múltiples y a veces contradictorias, que se desarrollan y pueden llegar a modificar algunos de sus rasgos fundamentales. Definir el fascismo equivale así a comprender esa evolución, a captar la diferencia especifica es un país determinado y en una época determinada. No basta catalogar los atributos del fascismo, por cuanto éste es resultante de una situación de conjunto, de la cual no puede ser separado. Los errores de los partidos obreros, por ejemplo, forman parte de la definición del fascismo tanto como el aprovechamiento de aquéllos por parte de las clases dominantes.
El fascismo es un fenómeno de postguerra, y todo intento de definirlo mediante paralelismos históricamente pretéritos -como por ejemplo el bonapartismo- es estéril y puede inducir a errores peligrosos.
Entre las condiciones generales que prepararon el terreno de cultivo del fascismo, figura un primer lugar la crisis económica. Sin crisis económica no hay fascismo. Y no se trata de la crisis económica en general, sino de aquella que padece permanentemente el mundo como consecuencia de la guerra de 1914-1918. Dicha guerra dejó un aparato industrial superior a las necesidades, y un grave desequilibrio entre distintos sectores de la producción que casi en todos los países se vio agravado por la disminución del poder adquisitivo de las masas. Por ello coexiste la superproducción con la escasez, la inflación con la parálisis. No nos encontramos frente a las crisis clásicas, que arrasaban sin contemplaciones la economía para conducirla luego de un nivel más elevado de producción y consumo. Las crisis clásicas se han visto sustituidas por un estancamiento crónico ligeramente fluctuante por la sucesión de recuperaciones relativamente breves y depresiones relativamente largas, que ya hace un siglo había predicho Engels. Incluso en los Estados Unidos, donde gracias a las posibilidades del mercado interior las crisis conservan todavía su carácter periódico, la permanencia irreductible de varios millones de parados demuestra que se trata de crisis de un nuevo tipo. En países que no disponen del gran mercado interior que tienen los Estados Unidos, el Imperio Británico o la Union Soviética, estas crisis se manifiestan como desesperadas en distintos grados. Bajo tales condiciones, el malestar económico se asocia fácilmente a reivindicaciones nacionalista y al mito del lugar del sol. Por una parte, se exige la concentración de la economía nacional, lo cual agudiza en consecuencia sus rasgos artificiales y parasitarios; por otra parte, se manifiesta la ilusión de romper el cerco y buscar allende las fronteras una solución violenta. La economía capitalista, perdida la mayor parte de sus móviles específicos, ya no oscila entre crisis y prosperidad, sino entre autarquía y guerra.
Como consecuencia de la guerra y en relación con la crisis económica, en todos los países ha tenido lugar una revolución social más o menos profunda. Se ha formado una nueva burguesía, no solo por la arribada de nuevos ricos, sino además por una notable transformación de los círculos capitalistas tradicionales. Casi todo los empresarios, acostumbrados a extraordinarios beneficios, han olvidado el conocimiento exacto de los costes medios y además no experimentan el estímulo de la competencia. Los conceptos aludidos aparecen en la discusión siempre que se habla del salario de los obreros, pero ya no son eficaces, y casi siempre los capitalistas se dan cuenta de que no pueden salir adelante sin la ayuda directa del Estado. Para ellos, el apoderarse de todos los recursos del Estado se convierte en una cuestión vital.
Por otra parte, la guerra moviliza a las masas populares, y el período postbélico tiende a reforzar aún más ese movimiento. Los cuadros de los partidos obreros y de los sindicatos se ven sometidos a la presión de cientos de miles o millones de nuevo afiliados. Al no estar consolidados dichos cuadros, un rápido reflujo sucede a la crecida. A pesar del crecimiento de los cuadros tradicionales, hay una masa de indecisos que no se asimila en los mismo, siempre dispuesta a precipitarse como un alud en cualquier dirección. En relación con esta masa, se ha hablado de clases medias pero conviene destacar aquí que no se trata de las clases medias de la época tradicional del capitalismo, las cuales se veían absorbidas, después de cada crisis, por una producción incrementada o por una nueva leva de proletariado. A las clases medias de la época de postguerra no les queda ni siquiera la esperanza de proletarizarse porque la crisis económica impide tanto su promoción hacia la burguesía como su ingreso en las filas proletarias. Esta burguesía pequeña y mediana, a la que se le cierran todas las salidas y que se ve rechazada por todos los partidos, ha representado en Italia, asì como en otros lugares, una importante aportación al fascismo. Pero es preciso ampliar el concepto de clase media para tener en cuenta la masa heterogénea que abarca desde el hijo de la buena familia que espera una colocación o una herencia y desde el “demi solde” hasta el infraproletario, el rompehuelgas y el zángano intelectual. Esa clase media incluye también al trabajador que se considera a sí mismo más como ex-combatiente y parado que como obrero, y que por temperamento se distancia de su clase para pararse en las filas enemigas.
Después de la guerra, los distintos estratos populares aumentas sis exigencias, precisamente cuando aquélla y sus consecuencias han reducido el volumen de recursos inmediatamente disponibles: la tendencia señala más bien la concentración que la mejor distribución, y así se plantea la cuestión de poder. En este campo, colaboran a preparar el fascismo tres factores: la agudización de la lucha de clases, su carácter cada vez más político y el relativo equilibrio de las fuerzas que se enfrentan. Suponiendo dados los dos primeros factores, es el tercero el que se juega un papel decisivo. El equilibrio de las fuerzas enfrentadas paraliza a los gobiernos, cualquiera que sea la denominación que éstos adopten: unión nacional, trust de las izquierdas o mayoría social demócrata. Cuando este equilibrio se prolonga demasiado, cuando no es vencido mediante una fórmula superior, se producen conmociones súbitas y ciegas en las que halla expresión la tendencia conservadora, la defensa de los privilegios amenazado, al mismo tiempo que las esperanzas de las clases movilizadas y excitadas por la crisis. Como la clase obrera renuncia a superarse por vía legal, tiende a constituir un segundo poder dentro del Estado y contra éste; mientras que la burguesía recurre o bien a la transformación reaccionaria del Estado, o bien a la fuerza fascista.
Entre las condiciones generales del fascismo hay que contar finalmente la presencia de un cierto clima, de una atmósfera especial de embriaguez y excitación, de la cual no puede prescindir el fascismo ni antes ni después de su victoria, y que sus dirigentes y cómplices procuran mantener por todos los medios. En esta atmósfera, las reacciones se vuelven desproporcionadas, el sentido de la medida está falseado, se han perdido todas las orientaciones. El shock psicológico viene a ser para el fascismo tan imprescindible como lo es el estupefaciente para algunos neuróticos; la exaltación pasa a ser el estado normal y adquiere una peligrosa autonomía. No hay que confundir el fascismo con al psicosis del fascismo, se escribe al mismo tiempo uno de los capítulos más impresionantes e inquietantes de la patología social.
La aportación más importante al fascismo fue realizada por las clases medias de la postguerra, cuyos rasgos particulares acabamos de poner de manifiesto. ¿ Será preciso, pues, definir el fascismo como un movimiento de las clases medias, desencadenado y aprovechado por la reacción capitalista? Aunque esta definición contiene una buena parte de verdad, no puede ser aceptada sin reservas. Ante todo, el contenido social de un movimiento no queda determinado exclusivamente por su composición, por su base social. Aunque se recluta predominante entre las clases medias, el fascismo hace su aparición en la historia destruyendo los partidos obreros y los sindicatos. A partir de este instante, y cualesquiera que sean sus partidarios y su programa, se alinea dentro de la ofensiva capitalista. La represión de las organizaciones obreras libres modifica a largo plazo la estructura del poder. El fascismo y el capitalismo no podrán seguir actuando como si las posiciones obreras no hubieran sido destruidas. Aun cuando el fascismo pretende ser el árbitro entre capital y trabajo, ha puesto a una de las partes en situación inferior, al privarla de toda autonomía. La parte perjudicada no podrá restablecer su situación sino recuperando la autonomía, es decir, liberándose del fascismo.
Las clases medias atraídas por el fascismo son, ante todo, las clases medias de la ciudad. En julio de 1919, Mussolini creía no solo que el movimiento estaba destinado a ser siempre de una minoría, sino incluso que no se propagaría fuera de las ciudades. Bien es cierto que el fascismo italiano pudo imponerse a partir de 1921 gracias a la irrupción de los rurali en sus filas; sin embargo, los jefes de las escuadras fascistas eran sobre todo elementos de la burguesía media de las ciudades o hijos de agrarios-oficiales, estudiantes-, que vivían en las ciudades y que, recién regresados del frente, no tenían ganas de hacer el papel de Cincinnatus. Como primer paso en el camino hacia el poder, se había propuesto más bien conquistar la ciudad que ser los primeros en su pueblo. Por otra parte, en Italia el fascismo venció por cuanto dejó de ser agrario, y su victoria no se preparó y decidió en los campos de la llanura del Po, sino en Milán y en Roma: la metrópoli, como siempre, conservaba su función rectora.
Las clases medias que se asocian al fascismo son ante todo aquellas que ya no están o ya no se sienten ligadas a ninguna base económica propia y autónoma, lo cual facilita su desintegración y su absorción en los nuevos cuadros creados por el fascismo. No por acaso es contraría al fascismo la clase campesina de Francia, y probablemente seguirá siéndolo mientras no vea amenazada su base económica- la parcela de tierra que posee y trabaja- y su autonomía más o menos real. En los países balcánicos, todos los regímenes autoritarios, salidos de los centros urbanos, se impusieron después de muy violentas luchas a la población rural, cuya nacional-zaranista en Rumanía, partido campesino croata en Yugoslavia, agrarios búlgaros. La reforma agraria realizada en todos estos países después de la guerra creó un número considerable de propietarios rurales que, incluso viéndose vencidos, siguieron siendo enemigos del fascismo. Por otra parte, la inexistencia de tal reforma o su puesta en práctica increíblemente lenta ha sido uno de los motivos del peligro fascista y del éxito fascista en Italia, Alemania y España.
De igual manera, hay que abandonar el esquema que presenta al fascismo como un movimiento que fue revolucionario en un principio, y sólo se hizo reaccionario debido a la influencia que ejercían sobre él las clases propietarias. El fascismo fue un movimiento reaccionario desde el primer momento, no sólo porque sus primeros pasos fueron apoyados e influidos por la reacción, sino también porque su intervención desplaza de un modo irreversible el centro de gravedad de las fuerzas políticas y sociales. Además, la coincidencia de la evolución fascista y de la ofensiva política y económica de las clases propietarias es un fenómeno general.
El fascismo italiano no empezó a desempeñar un papel decisivo hasta 1921, cuando se desencadenó el esclavismo agrario de la llanura del Po, de las toscana y de Apulia, simultáneamente con la ofensiva de los industriales contra los salarios obreros y los contratos colectivos de trabajo. Análogamente, el nacionalsocialismo, que en 1923 aún se hallaba en estado embrionario, comenzó a desarrollarse en Alemania hacia 1928 y 1929, es decir, al comienzo de la gran ofensiva industrial contra los salarios y al comienzo de la política deflacionaria del gobierno. En el plano político, la acción de Mussolini desde 1922 corrió pareja contra los liberales del corriere della Sera, los conservadores del Giornale dItalia, los propietarios latifundistas y el Vaticano, quienes trataban de evitar la participación de los socialistas en el poder; igualmente, Hitler exigirá en 1930 la ruptura de la gran coalición y la exclusión de los socialistas del gobierno prusiano.
En Italia, las clases medias habían participado hasta cierto punto en los movimientos populares de los años 1919-1920, pero la impotencia de los socialistas y del movimiento obrero para encontrar una salida hizo que aquéllas les abandonaran. No deja de ser culpable de este cambio la alusión descarada y desmedida, aunque únicamente verbal, a la dictadura del proletariado. Las cales medias se vieron o se creyeron amenazadas en sus intereses, prejuicios e ilusiones por la acción socialista, y se pasaron al fascismo.
Entonces salieron de nuevo a la superficie los posos del antiguo odio ala gente de la gorra y blusa azul, manifestándose por una parte en violentos ataques contra los obreros, y por otra en vagos deseos autonomía e incluso en un cierto idealismo. El idealismo pequeño-burgués ayudó no poco la lucha de las clases propietarias, pues él y el nuevo lenguaje que empleaba sirvieron a éstas para recuperar el contacto, que habían perdido, sobre una parte de las masas, y el control sobre ellas.
El fascismo en la reacción pura, pero una reacción que emplea los medios de masas, únicos que tienen eficacia en la situación de postguerra. Intenta conducir la lucha precisamente al campo de sus adversarios, para socavar la influencia de éstos sobre las masas. De ahí el empleo de fórmulas demagógicas e incluso de la terminología socialista: el periódico de Mussolini se denominó durante mucho tiempo diario socialista y el partido del Fuhrer se llama nacional-socialista. Esto crea nuevas situaciones que con frecuencia desorientan a los antiguos círculos políticos.
Pero la verdadera originalidad del fascismo radica, no tanto en sus tácticas de masas ni en su programa demagógico, como en la función determinante y en cierto sentido autónoma que reviste la táctica frente el programa. Gracias a Mussolini he comprendido-dice Giolitti- que un Estado no tiene que defenderse del programa de una revolución, sino de su táctica. El fascismo no lucha por unos principios, sino por unas posiciones. Su mayor recurso son los hechos consumados, y éstos no son tales sin la conquista del poder. Sólo los medios del poder permiten al fascismo superar las contradicciones internas que encierra y conservar el ritmo ya alcanzado: El botín conquistado le permite satisfacer las más diversas exigencias; el prestigio de la victoria multiplica el número de sus partidarios; el poder del Estado le permite sosjugar largo tiempo a sus adversarios. El escritor fascista Curzio Malaparte, en su Técnica del golpe de Estado, pudo describir así la crisis italiana que precedió a la marcha sobre Roma. Los mismos liberales, demócratas, conservadores, que tanta prisa se dieron en ofrecer a los fascistas la participación en el bloque nacional en elevar a Mussolini al Panteón de los – salvadores de la patria -… no se decidían a comprender que el objetivo de Mussolini no era salvar a Italia dentro de la tradición oficial sino apoderarse del Estado: un programa mucho más serio que el de 1919.
De aquí el papel que desempeña en el fascismo la organización y, sobre todo, la organización armada. Todo fascismo implica organización armada; sin organización armada no hay fascismo. Esto no quiere decir que todos los fascistas tengan armas, ni que el movimiento fascista disponga siempre directamente de depósitos de armas o arsenales. La organización fascista es militar en sus cuadros y en su disciplina, en sus reuniones y en su instrucción. Lo es también porque todos los fascistas, desde el – capo – hasta el último afiliado, están convencidos de que esta forma de organización ha de ser el instrumento necesario y adecuado para la conquista de poder. El fascismo empieza siempre proclamándose antipartido, y siempre acaba por constituirse como partido político; a pesar de esta evolución, la organización militar sigue siendo una de sus características importantes en todas las grandes naciones. En diciembre de 1921, Mussolini ni pudo encuadrar todo el partido en las square dAzione, al igual que De la Rocque pudo transformar en 1936 las squadre dAzione en partido; el objetivo que permanece es el de proteger mediante un camuflaje la organización militar. Esta organización determina la naturaleza del fascismo: Cuius existentia involvit essentiam, como podríamos decir parafraseando a Spinoza.
Así pues, la lucha contra el fascismo, ¿ Será primordialmente una lucha militar? Sin duda alguna es una cuestión de poder, pero al igual que una buena política necesita siempre un poder en que apoyarse, también ese poder puede ser creado sólo gracias a una buena política. Se podrá impulsar la organización militar todo lo que se quiera, pero si permanece aislada del resto del país, su situación será desesperada, bien se trate de las escuadras fascistas en Italia a mediados de 1921 o de las Ligas de acción socialista en Austria en febrero de 1934. De hecho, las victorias de Mussolini y de Hitler se lograron fundamentalmente en el plano político ( crisis Facta en octubre de 1922 y crisis Schleicher de 1933).
En consecuencia, la acción antifascista plantea en primera línea el problema de un contacto permanente y eficaz con las masas populares, con la gran mayoría del país; y con Estado. Es posible en una situación dada, como consecuencia de una fusión completa del aparato estatal y de las clases dominantes con el fascismo, no haya otra opción sino de lucha revolucionaria directa o dictadura fascista. Pero ni siquiera en este caso queda dicho que sea preciso caer en el falso dilema de bolchevismo o fascismo, con lo cual se correría el peligro de limitar las posibilidades de acción precisamente en el momento en que más falta hace ampliarlas. Todas las experiencias pasadas ( Italia, Bulgaria, Alemania, Austria), demuestran que una situación de alianza entre el Estado y el fascismo es lo peor que puede ocurrir.
La política de la clase obrera, en su lucha contra el fascismo, debe evitar e impedir como sea que se le imponga tal situación. La clase obrera, las masas populares, deben esforzarse en aislar el fascismo, y luchar contra ellas. El fascismo sin el Estado no puede nada, y menos que nada contra el Estado. Por otra parte, el antifascismo difícilmente podría vencer si se viera obligado a luchar contra todo el Estado y al mismo tiempo contra todo el fascismo. Los comunistas italianos, que proclamaban en 1921; – El combate esta empeñado entre la dictadura proletaria y la fascista-, y los comunistas alemanes, que dieron en 1932 la consigna de la lucha – en dos frentes-, contra Weimar y contra Postdam, terminaron por no luchar ni contra el fascismo ni contra el Estado.
La lucha antifascista es triple: frente antifascista, el cual debe hacerse tan amplio como sea posible; bloque fascista, el cual debe ser minado; y Estado, cuyos medios para la defensa de la democracia hay que movilizar. La victoria sobre el fascismo sólo será posible mediante una estrategia política que tenga en cuenta estos tres elementos y logre disponerlos y ponerlos en aplicación de manera que el – poder – esté del lado de la democracia. Si se quiere llevar más adelante el análisis de la – naturaleza – del fascismo, habrá que considerar sus consecuencias, que son una parte integrante e inseparable de aquél; las consecuencias en el interior del país, y las consecuencias en el plano internacional, que son estrechamente interdependientes.
Cuando se ha instalado el fascismo, la consecuencia más importante y que acarrea todas las demás es que el pueblo queda excluido de la participación en la actividad política. Las reformas constitucionales, la represión parlamentaria, el carácter totalitario del régimen no se deben considerar aisladamente, sino siempre en relación con los objetivos y resultados que persiguen. El fascismo no es un régimen político que sustituya a otro; es la anulación de la vida política, convertida en monopolio y función del Estado. Circulan, decaen y cambian las fórmulas, pero en su elaboración y modificación el pueblo no participa jamás. Aunque haya sindicatos y hasta un partido, éstos nunca superan la función de medios subordinados, y por tanto integrados en la omnipotencia del Estado, reforzándose su carácter instrumental: han pasado a ser medios de segundo grado, medios para un medio. Al quedar suprimida toda independencia y autonomía de sus instituciones, el pueblo no es más que una masa manejable a capricho, cuya resistencia y rendimiento se calcula y se regula. El pueblo aún toma parte en desfiles y manifestaciones, e incluso es mantenido en un estado de permanente alarma y tensión; pero esto no es más que una parte de la técnica de coordinación, que nunca se eleva al nivel de una vida política consciente.
Bajo tal sistema no cabe ya el engaño, tanto tiempo alimentado por los comunistas, de que el fascismo, al destruir las ilusiones democráticas, representaría en el fondo un progreso. En efecto, los comunistas italianos declararon en mayo de 1922: Es cierto que la reacción blanca se ha apuntado pasajeras victorias sobre un enemigo que purga así su falta de preparación, pero con ello destruirá la ilusión democrática y liberal, y anulará la influencia de la socialdemocracia sobre la masa. Y en enero de 1934, las conclusiones del Presidium de la Internacional comunista postulaban que: La implantación de la dictadura fascista manifiesta, al destruir la ilusión democrática de las masas y liberar a éstas de la influencia socialdemócrata, acelera la marcha de Alemania hacia la revolución proletaria. No es éste el lugar adecuado para hacer una crítica fundamental de esta postura, la cual no ha rectificado nunca la Internacional comunista, a pesar de sus muchos cambios de rumbo; baste observar que el fascismo no sólo destruye las ilusiones democráticas, sino también al sujeto que las alentaba: el movimiento socialista obrero. Del fascismo cabe decir aquello de – las curas que matan – : el paciente no sobrevive a ellas y así se va libre, no sólo de sus ilusiones sino de cualquier ilusión posible.
Por reducir el pueblo de papel de simple instrumento, el fascismo anula la nación. Este aspecto del régimen pasa fácilmente desapercibido, porque lo oculta el exagerado nacionalismo que el fascismo fomenta y exacerba. Aquí, la razón del Estado suplanta a la conciencia nacional, entendida ésta en el sentido que anunció Mazzini, el profeta de las naciones, en el siglo XXI; sin pueblo libre no hay nación. La conquista de la libertad política y la de la independencia nacional responden a la misma exigencia y, en la mejor tradición jacobina, románticamente patriótica y democraticamente, son idénticas. Para Mazzini, el resurgimiento de la consciencia nacional es una frase necesaria para la formación de una consciencia europea; la joven Italia sólo puede encontrar su culminación en la joven Europa.
Esta visión nos aparta muy lejos del fascismo, y al mismo tiempo explica por qué éste quiere destruir el movimiento socialista obrero. Desde finales del siglo xix, el socialismo asumió casi en todas partes la tarea de conducir a las masas hacia la vida nacional. Las masas encontraron en el terreno social acceso a la nación y al Estado. Esto originó dificultades y a veces crisis y revoluciones, pero queda el gran hecho histórico de la intervención de las masas, con roda su carga de necesidades y esperanzas, en la vida nacional; además, a partir de ese instante la vida no puede ser concebida ni organizada sino a nivel de una mayor consciencia, libertad y bienestar. En cambio, para el fascismo el pueblo es sino el instrumento de una voluntad de poder impuesta por el nacionalismo exacerbado, el cual se apropia y aprovecha los postulados socialistas. Las frases más manidas de la lucha de clases se emplean como consignas del conflicto armado entre los pueblos: la lucha de los pueblos jóvenes contra los caducos, de las naciones pobres contra las opulentas, de las proletarias contra las plutocráticas. Y así, en todo nacionalsocialismo el nacionalismo acabará mas fascista, el ejercito acabará devorando a la nación.
De aquí proviene la simultánea tendencia a la autarquía y a la guerra. Las dificultades y contradicciones económicas del régimen fascista refuerzan esta orientación, aun cuando no la determinen exclusivamente. Los fascismos no son sólo tendencias hacia la guerra; la persiguen por la interacción de todos sus móviles y encuentran en ella sus posibilidades y su ambiente. Entre las distintas soluciones necesarias (pues hay siempre más de una) escogen la de la guerra; se ven obligadas a escogerla. A partir de un instante dado, la preparación bélica pierde su carácter mediato y se convierte en un fin en sí misma, al modificar de manera esencial y permanente la estructura económica, social y política del país. El fascismo se lanza a esta preparación y no le queda más salida que huir hacia adelante. Para él, preparar la guerra no significa tener a mano una entre varias soluciones para el caso de que por desgracia estallase el conflicto, sino que significa tener dispuesta esa solución y obstaculizar todas las demás. Para el fascismo, la guerra no es una posibilidad a tener en cuenta por el Estado, sino una certeza y una necesidad, a la que debe subordinarse todo lo demás.
El 23 de marzo de 1936, hablando ante la asamblea de las corporaciones, Mussolini precisó su política y sus intenciones del modo siguiente: – Para los tiempos en paz, pero sobre todo para los tiempos de guerra, Italia debe alcanzar un grado máximo de autonomía económica. Toda la economía italiana debe ajustarse a este imperativo superior; de ello depende el porvenir del pueblo italiano. Y ahora voy a pasar a un punto muy importante: voy a llamarlo el plan de regulación de la economía italiana para la era fascista inminente. Este plan se subordina a una premisa: que la nación será inevitablemente confrontada con la prueba de la guerra. ¿Cuando? ¿Cómo? Eso nadie puede decirlo, pero la rueda de la fortuna gira muy de prisa.
Con vistas a la guerra, la economía fascista es una economía planificada y cerrada. En ella, los precios de coste, la competencia e incluso el beneficio han dejado de desempeñar una función decisiva. El objetivo político de la preparación bélica predomina sobre cualquier consideración económica; por otra parte, la organización económica resultante no puede servir a ningún objetivo sino a ése. En un discurso de 26 de mayo de 1934 decía Mussolini: – Si yo tuviera ganas de implantar en Italia el capitalismo de Estado o el socialismo de Estado, tendría hoy en mi mano todas las condiciones necesarias, suficientes y objetivas para hacerlo.
¿Cabe afirmar que la economía fascista sea un capitalismo de Estado? Pese a ciertos indicios y elementos, creemos que no. En el fascismo, el Estado no sustituye simplemente a los capitalistas privados como organizador de la economía, sino que ante todo les impone su plan político. El verdadero campo del fascismo es el del poder, y no el de los beneficios . Naturalmente, algun día el beneficio tendrá que ir nuevamente asociado con el poder; pero entre ambos objetivos hay una diferencia natural y cronológica que la clase capitalista como tal sólo puede aceptar y superar si se ve obligada a ello.
Ésta es la misión de una nueva clase política, producida por la evolución económica del fascismo y que por su parte reacciona frente a dicha evolución económica para conducirla a sus últimas consecuencias. De esta nueva clase política está totalmente excluido el proletariado, en tanto que clase. La preparación de la guerra puede causar una relativa disminución del paro y favorecer a determinados estamentos obreros, pero dentro de la autarquía sólo es posible sacrificando el nivel de vida de la clase obrera en conjunto. Y como determina una fuerte concentración de la industria, del comercio y del sistema crediticio, e intensifica en el campo la producción de cereales y los métodos industriales de cultivo, arruina en mayor o menor grado a una parte de la clase media urbana y a toda la clase media rural. La progresiva concentración industrial, el control de precios y otras muchas intervenciones del Estado eliminan o sacrifican al pequeño o mediano industrial así como a los pequeños comerciantes y campesino. En cambio, a parte de la clase media urbana que no desempeña ningún papel directo en la producción se beneficia considerablemente con este régimen y participa del botín; penetra en el régimen por todos sus poros y ocupa numerosos cargos en la dirección del partido, en el ejército y en los sindicatos, es decir, en todas las viejas y nuevas instituciones estatales, contribuyendo ala formación de la gigantesca burocracia fascista, que es hoy día la clase política que domina al país. Simplificando las cosas, podríamos decir que esta nueva clase dominante es el resultado de un compromiso entre los capitalistas y la pequeña y mediana burguesía urbana. En todo caso, su composición es muy heterogénea, pues encontramos en ella incluso oficiales y miembros de la aristocracia. Pero la mayoría está formada por los homines novi, que logran imponer en nacionalismo exacerbado y la glorificación del Estado según corresponde a su ideología y a sus intereses. Esta nueva clase vive a costa del régimen, se disputa los cargos en desvergonzada competición, atesora nuevas riquezas, explota y carga de impuestos; pero no ocupa el lugar tal clase en la vida económica. El jefe fascista, aun cuando se convierta en terrateniente o capitalista, seguirá sacando sus mayores beneficios del monopolio político que se ha asegurado, y del constante crecimiento del aparato estatal, impulsado por él con todas sus fuerzas.
La autarquía y la preparación bélica crean las condiciones más favorables para este crecimiento, y lo hacen por demás inevitable. El crecimiento del aparato estatal, por su parte empuja a la autarquía y a la guerra, sin que dentro del país nadie pueda romper ese círculo infernal. El fascismo ha ido excluyendo, uno tras otro, al movimiento obrero, al pueblo y a la nación: todos los frenos han sido suprimidos. Tal es el triste balance de la ofensiva fascista de los años 1921-1922, que sobrepasa con mucho el límite de los acontecimientos meramente italianos.
Los llamas que destruyeron las Casas del Pueblo (Case del Popolo) fueron el comienzo de un incendio que amenaza con extenderse en toda Europa. Los golpes que derribaron los locales de los sindicatos, cooperativas y círculos socialistas, han sacudido al mismo tiempo los fundamentos de la nueva Europa, de una Europa que no quiere tolerar el fascismo a ningún precio, porque no sobreviviría a él ni a la guerra.
Este programa no asume en el fascismo ninguna otra función sino la de recurso de emergencia, de medio que se configura según las necesidades inmediatas de la maniobra política. En los prolegómenos de la – marcha sobre Roma , al igual que en el instante de la dimisión de Scheleicher, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán exigieron el poder en nombre, no de sus programas antiguos o nuevos, sino del mismo poder ya conseguido. Y en su fuerza, orientada contra los obreros y socialistas, lo que quieren explotar los círculos conservadores cuando les abren las puertas del Estado.

  • Nuestra doctrina es el hecho – anunció Mussolini ante el Congreso fascista de octubre de 1919. Esta fórmula no expresa solamente una idea táctica, sino que es expresión de una filosofía en la que todo depende ineluctablemente de la – voluntad de poder -. Aquí se enfrentan el fascismo y el socialismo sin posibilidad alguna de compromiso; del resultado de este enfrentamiento dependerá para mucho tiempo el destino de la humanidad. Podrá parecer que son dos filosofías las que están en conflicto, pero en realidad se trata precisamente del conflicto entre la filosofía y la negación de toda filosofía.
  • La acción ha enterrado a la filosofía – comentó Mussolini mientra viajaba en tren hacia Roma, donde el rey proyectaba confiarle la formación del nuevo gobierno. Este realismo exigido siempre por el fascismo señala el nivel que su – doctrina – nunca sobrepasará. Una vez llegado al poder, el fascismo tratará de hacerse unos antepasados, como cualquier nuevo rico que colecciona blasones. Recurrirá a la tradición de los Guelfos, a la Contrarreforma, al romanticismo: todo puede servir en esa febril búsqueda de antecedentes. A pesar de estos esfuerzos, antes y después de su victoria el fascismo quedará reducido a los subproductos de un pragmatismo grosero, a la hipertrofia del poder, cuyas manifestaciones más llamativas son su nacionalismo exacerbado y su glorificación en sí mismo; de ahí la exagerada valoración de la guerra. – Sólo la guerra – escribe Mussolini en la Enciclopedia Italiana – lleva a un máximo de tensión todas las energías humanas e imprime un carácter de nobleza a los pueblos que tienen la valentía de afrontarla -.
    Cierto es que los fascistas hablan de servicio, ascetismo y disciplina, y condenan el egoísmo individual; pero en realidad, el fascismo sólo es – antiindividualista – por cuanto ello le permite reprimir lo que hay de más humano en toda conciencia: la aspiración a la universalidad, a lo absoluto. Le quita sus inhibiciones para mejor poder ignorar sis exigencias. Con la consciencia individual se sacrifica, no sólo la parte del individuo, sino al propio sujeto consciente. Puesto que la vida moral en bloque es delegada en el Estado, todo parece quedar resuelto. – Para el fascista, todo existe en el Estado, y nada humano ni espiritual existe ni tiene valor fuera del Estado -.
  • Para el fascismo, el Estado en lo absoluto, frente al cual son relativos los individuos y los grupos – Y como es imposible fundamentar un imperativo moral allí donde todo es relativo, será preciso preguntar en qué consiste ese – absoluto – que el fascismo identifica con el Estado. Mussolini nos contesta: – El Estado fascista es voluntad de poder y de mando –. Como el fascismo parte de la – voluntad de poder – y le ha subordinado los individuos, sólo podrá hallarla en el Estado: el círculo se ha cerrado, quedando fuera del mismo toda la vida moral y todo de mando – no tiene nada en común con la vida moral, aun cuando esté puesta al servicio de las – necesidades vitales – de un pueblo, como aseguró Hitler.
    Sean cuales fueren sus errores y deformaciones, el socialismo permanece como el mayor intento de someter a las exigencias de la consciencia humana todos los elementos de la realidad que se oponen a ella y le son extraños o enemigos. El socialismo quiere asegurar la primacía de lo humano sobre lo económico, quiere – humanizar – y – moralizar – la naturaleza, impidiendo que ésta se desarrolle como una fuerza bruta, independiente e invencible. Estudia sus leyes para dominarla, no para someterse a ella. Al luchar cuerpo a cuerpo con la – materia – , intenta liberar a la consciencia humana de esas ataduras externas, poner las cosas a su servicio para que pueda cumplir el imperativo de sus propias – leyes – internas, es decir, realizarse a sí misma. Por eso, no sólo quiere dominar el mecanismo industrial y su gigantesca fuerza productiva, sino también el aparato estatal y su enorme poder de coerción; tanto más cuanto que estas dos maquinarias tienden a confundirse. El socialismo es una concepción finalista, mientras que el fascismo es – instrumental . El fascismo es un equilibrio, un régimen, una energética que, aunque se imponga como tal en el campo individual y en el público nunca puede servir de base a una ética, ni mucho menos sustituirla.
    Por eso el fascismo, negación de la filosofía, es también la negación de la política y de la religión. – La democracia tiene una concepción de la vida esencialmente política, el fascismo tiene una visión esencialmente guerrera , escribía Mussolini en septiembre de 1922. El fascismo sólo puede tolerar a la religión si ésta le abandona también la consciencia individual, que a ella parecía reservada. La iglesia, después de contribuir a romper la resistencia que oponían los individuos y grupos contra su absorción por el Estado fascista, ha aceptado y favorecido la omnipotencia de ese Estado, donde ya no es posible la autonomía de la consciencia individual ni la de la propia religión. Bajo el fascismo , y aunque éste le mantenga todos los honores oficiales, la religión sólo puede subsistir con la condición de limitarse al papel de instrumento. En este caso la religión, como el propio fascismo, no es mas que un expediente, un – sistema – útil para consolar y dominar a los pobres; es esa ayuda insustituible cuya necesidad han proclamado tantos ateos, desde Voltaire hasta Mussolini En el rico arsenal de la razón de Estado fascista, la – religión para los pobres – viene unida al – imperialismo para los proletarios-.