Jorge Tula: El neoliberalismo es más que una receta económica

[Recuperamos un texto de Jorge Tula escrito para la revista Ciudad Futura en 1988.
Tula es para nosotros un faro y ejemplo del intelectual orgánico socialista. Siempre reflexivo, fue promotor de diversas aventuras políticas, y editoriales .
A su vez. la revista Ciudad Futura fue la expresión escrita del Club de Cultura Socialista. Tula fue director de esta junto con José «Panco» Aricó y Juan Carlos Portantiero.
Sociedad Futura]

Individualismo económico + autoritarismo político

El neoliberalismo es más que una receta económica

Jorge Tula

El neoliberalismo excede sus propuestas económicas. El individualismo económico, la autosuficiencia familiar y al autoritarismo político constituyen los pilares de esta nueva «filosofía de vida». En gran bretaña, laboratorio privilegiado en donde se realiza esta experiencia, es posible ya observar sus resultados: pobreza extrema, marginalidad, desintregración social y barbarismo político

Portantiero, Aricó y Tula en el aeropuerto Benito Juárez de México.
En épocas más afortunadas, recordaba alguien, los sabios, quienes eran expertos en las cuestiones de los hombres y quienes se dedicaban a la reflexión discutían insistentemente sobre las características que debería tener una sociedad justa. Pero además, cuando se trataba de distinguir entre una sociedad basada en la fuerza y otra estructurada a partir de alguna norma de reciprocidad, se utilizaban con frecuencia ciertos argumentos o criterios cuya calidad y razonabilidad no resulta fácil encontrar actualmente. Eran otros tiempos, es cierto, otra sociedad por cierto menos cuantiosa y más simple, y cercanas a la simpleza eran también las categorías que se empleaban en estas adquisiciones.
En estos años que nos toca vivir, con muchas menos certezas y dificultades, con sociedades más complejas y con mayor cantidad de hombres a los que debería prestarse atención, aquellas distinciones claras, y las discusiones racionales sobre ciertos valores y principios alternativos perdieron presencia para dar lugar a la creencia de que solo existen intereses y fuerzas, como si éstos estuvieran en la sociedad independientemente de las creeencias, de las expectativas, del reconocimiento y de las identidades de quienes la integran.
Muchos de esto impregnan las respuestas neoconservadoras, o neoliberales, como se quiera, cuyo diagnóstico de la crisis de los últimos años es que ésta proviene de una desproporción entre las expectativas siempre creciente que emanan de la sociedad civil y la capacidad que tiene el sistema político para satisfacerlas. Este exceso de expectativa aparece como la causa y el efecto de una desmesurada expansión y complejidad de las tareas del estado, hasta alcanzar una presencia totalizadora y sofocante. Se produce, así las cosas, como una especie de círculo vicioso, en el cual la amplitud de las tareas estatales da lugar a expectativas cada vez mayores, las que a su vez exigen nuevas tareas del estado, hasta que su accionar conjunto produce una reducción de sus respuestas, y por ende una sobrecarga. Después de diagnosticar este exceso de demandas, el sobredimensionamiento del estado, la ineficacia cada vez mayor, la insuficiencia de recursos y por fin la crisis del estado, propone un retorno al mercado y a su «orden espontáneo» y una reducción enérgica de los problemas, su despolitización y la limitación de las tareas y funciones del estado hasta convertirlo en un «estado mínimo». De esta manera, el capitalismo de estos últimos años se define por un virulento retorno al «liberismo», para utilizar la expresión de Croce, por un regreso mucho más marcado a la contraposición entre ganancia privada e interés general de la sociedad, por el pasaje de la regulación a la regulation, por el intento en modificar en todo o en parte las conquistas del estado social. En fin, la vieja ideología del capitalismo popular ha sido sustituida por la teoría según la cual es necesario favorecer el crecimiento de los réditos más altos como único camino para imprimir un nuevo dinamismo a la ganancia y acumulación. No obstante esto, pretende también, y en parte lo ha logrado, identificarse, tout-court con la innovación misma.
La «democracia de los propietarios»
 La propuesta neoliberal, o la «revolución de los conservadores», como también se la ha llamado, no se agota, claro está, en meras respuestas económicas y políticas a la crisis. Va mucho más allá y postula una nueva «filosofía de vida» y por tanto una nueva concepción de las relaciones sociales y políticas. Se trate de la democracia de los propietarios, mezcla de individualismo económico, autosuficiencia del grupo familiar y autoritarismo político. En una versión distinta de la independencia y de la interdependencia, los individuos conquistan la primera como actores económicos en el mercado la segunda como miembros del grupo familiar, que es el encargadoa su vez de distribuir los recursos y las responsabilidades de la manera más adecuada a los efectos de poderse sostener recíprocamente en la adversidad. Haciendo uso naturalmente de su energía, de su habilidad e iniciativa en el mercado, los individuos están en condiciones de acumular recursos bajo la forma de propiedades familiares que garantizan su autosuficiencia para atender a sus necesidades, entre las que se deben incluir desde luego las pensiones, las obras sociales, las asignaciones escolares, etcétera.
Se trata de lograr un objetivo que no resulta muy difícil de adivinar: demostrar que en la sociedad moderna los bienes públicos son mucho menos necesarios de lo que la gente cree y que por lo tanto, como es obvio, el papel del estado tiene que ser mucho menor del que se la ha atribuido hasta ahora. Bastará el aumento de la prosperidad y el incremento del número de propietarios (de acciones, de casas, de pensiones), cosa no muy difícil de lograr en este modelo de sociedad por otro lado, para que los individuos estén en condiciones de adquirir más servicios y satisfacer un mayor número de exigencias con los recursos que él mismo ha logrado. Una vez conseguido esto nos introducimos a un ámbito en donde una libertad más amplia y una mayor posibilidad de elección están garantizadas, con lo cual ya no existen obstáculos para elegir el estilo de vida que se prefiere y es posible alejarse del conformismo y la estandarización que, como es de sospechar, y siempre según esta nueva ortodoxia, son propias del socialismo y de los servicios públicos.
Así las cosas, la función del estado no puede sino estar reducida a producir un limitadísimo número de servicios, esto es, sólo aquellos que el mercado no puede producir: la defensa, el mantenimiento de la ley y el orden, y el respeto de los contratos. Esta cantidad reducida de bienes públicos tienen en común una característica que es evidente: se fundan sobre la constricción. El estado, en consecuencia, resulta convertido así en una agencia residual, coercitiva, cuyo poder sólo es necesario cuando se trata de garantizar las condiciones de la libertad, pero cuyas actividades son necesariamente represivas o punitivas.
Siempre y cuando se trate de responsabilidades residuales, el estado puede tener otra: por ejemplo, la de proveer a los individuos que no pueden o no quieren proveerse a sí mismos. Haciendo gala de una generosidad impropia, la nueva ortodoxia considera que siempre existen casos de «necesidades genuinas», de individuos que por haberles tocado un destino social desgraciado pueden reclamar con un cierto grado de legimitidad asistencia de parte de las reparticiones públicos que han sido destinadas para eso, asistencia que sólo dbeería ser otorgada de manera muy estricta en la medida en que este tipo de servicio público corre el riesgo de comprometer la ética de la empresa y la confianza en sí mismo, pero también de la responsabilidad gamiliar que, como ya sabemos, es el pilar fundamental que soporta todo el sistema de relaciones sociales. En un mundo plagado de paradojas, este sistema no escapa a ellas: en los hechos introduce a la gente en la pobreza y en la pasividad, dejándola afuera de las oportunidades y de los incentivos que usfructúa el resto de la sociedad. Alejada de cualquier posibilidad de salida legal de la pobreza, terminan siendo presa de la apatía o bien, como también resulta obvio, emplean sus energías para fines ilegales.
La autosuficiencia económica como base de la ciudadanía
 Es por lo demás impropio hablar de la democraticidad de esta nueva ortodoxia, pues, como hemos visto, se trata más bien de una ilusión. En los hechos, una mayoría se constituye en torno al temor de una subclase y elfin del gobierno es el de proteger los privilegios de esta mayoría y usar el poder del estado para suprimir las aspiraciones de la minoría. A su vez los trabajadores, que deben lidiar cada vez más con una mayor inseguridad y con menores derechos económicos, se ven de alguna manera obligados a identificar sus intereses con los de los propietarios, lo cual quiere decir que se contraponen a los pobres y a los que nada tienen. Y, sobre todo, les es negada cualquier tipo de ciudadanía social. La única forma de ciudadanía reside en la autosuficiencia económica, con todos los riesgos que esto significa, pues quienes la pierden están prácticamente condenados a engrosar la fila de los dependientes y a estar sometidos a una coerción autoritaria. Como dice Bill Jordan, la libertad económica de un grupo de la sociedad es´ta pagada con la servidumbre impuesta por el estado, de otro grupo.
Está de más decir que este individualismo económico tan férreamente practicado afecta el interés común para participar en el bienestar colectivo y la buena calidad de las relaciones sociales. Es que en una sociedad que se encuentra diseñada a partir de la propiedad privada exclusiva, el bien común deja de ser perceptible en la medida en que la gente actúa impulsada por el propio interés en el marco más general y limita su visión del bien común exclusivamente a los miembros del grupo familiar. La plaza pública, por ejemplo, espacio emblemático de una sociedad que valoriza la vida pública de la ciudadanía, carece del más mínimo sentido en una socieda que sólo atribuye valor a la propiedad privada.
No obstante todo esto, en una perspectiva de larga duración, el individualismo económico arremete también contra la voluntad de contribuir para sostener los bienes públicos, los únicos bienes aceptados por los políticos de derecha, esto es, defensa, orden, seguridad. Se trata pues de una lógica que lleva en última instancia a una sociedad corrupta, en la que cada uno ve y acepta sólo aquello que coincide con su propio interés y nadie se preocupa por el bien de la comunidad.
Las virtudes de esta «democracia de los propietarios» ha sido pregonada con una insistencia y una eficacia tal que en muchos casos ha logrado modificar las ideas hasta ese momento dominantes, impuso nuevos modelos culturales y hasta logró cambiar el sentido común y las constumbres de las masas. Desde que esto se inició ya han pasado muchos años, los suficientes como para poder ver los resultados de la experiencia neoliberal en algunos lugares que, por lo menos cierta prensa argentina, sigue presenteado como modelo a seguir para salir de la crisis que afecta a nuestro país.
Después de quince años de férreo gobierno por parte de Margaret Thatcher y de perfeccionamiento de la estrategia de «conquistar el corazón y la mente» a través de medios de comunicación que, parece, sólo serían parangonables con los de nuestros país, los conservadores británicos -que con el 35% de los votos en la última elección están por debajo de su mínimo histórico en este siglo- se encuentran cada vez más lejos de algunas metas que se habían propuesto: el 8,3% de inflación duplica el del año pasado y el aumento del costo de vida junto al 14% de las tasas de interés afecta a millones de personas y se aleja también de los logros de la economía continental, tan repudiablemente socialdemócrata.
Sin embargo son otros los aspectos a los que conviene aludir para tener una idea más clara de las transformaciones que se han producido en el país donde descansan los restos de Marx. La desocupación, seguramente el mayor problema que enfrenta el viejo continente, siguió su marcha ascendente: entre 19173 y 1975 pasó de medio millón a un millón de personas, es decir el 5% de la población activa, porcentaje que se incrementó a 8,5% hacia fines de 1980 y al 13% en 1985; pero si en estas cifras se incluyen las mujeres casadas, los 3 millones de desocupados se incrementarían en 1 millón. Por otro lado el 25% de los desocupados son menores de 25 años. La misma línea de tendencia puede observarse en las modificaciones que se produjeron en la distribución de la renta. Desde la asunción de Thatcher se ha producido una evolución fuertemente regresiva en este item como lo demuestra la reducción considerable de los impuestos a las personas más ricas: la tasa de imposición sobre la renta más elevada se redujo del 83 al 60%, y todo esto se incrementa cada vez más al disminuir la imposición de las plusvalías y de las rentas que no derivan del trabajo. Paralelamente la presión fiscal sobre los miembros relativamente más pobres aumentó progresivamente. En los hechos, cuando más bajo es el nivel de renta más fuerte ha sido la suba de los impuesots: entre 1979 y 1984 los impuestos medios de una pareja con renta media aumentó en 5,50 libras esterlinas por semana, a la vez que una pareja con ingreso cinco veces mayores vio disminuir sus impuestos medios en 71 libras por semana.
El ejemplo de liverpool
Inquietud social y malestar existencial son conceptos que están presentes en cualquier análisis efectuado por quienes estudian la sociedad inglesa tal como se presenta después de deiz años de «thatcherismo». En ninguna parte como en una gran ciudad se puede observar mejor las contradicciones y laceraciones que han marcado al Reino Unido. «Liverpool, mi ciudad, se ha convertido en el símbolo del caos, del desorden de masas, que está asociado a la declinación y a la pobreza del norte de Inglaterra y contrapuesto al próspero sur, privilegiado desfachatadamente en estos años de revolución tchatcheriana», afirma Glyn Ford, parlamentario europeo laborista. Este país partido en dos y su inocultable diferenciación social está simbolizado de la mejor manera en las tribunas de los estadios de fútbol. En uno de ellos, los hinchas del Tottenham, equipo del sur, recibe a su tradicional y acérrimo adversario, el Liverpool, representante de aquel norte donde hace doscientos años dio comienzo a la revolución industrial, mostrando centenares de tarjetas de crédito y cantando: «Nosotros tenemos montones de dinero, ustedes no tienen ni siquiera trabajo».
Liverpool, en efecto, encarna mejor que cualquier otra ciudad inglesa la idea de sociedad propugnada por la Tchatcher, pues es allí donde se manifiesta con más evidencia los signos de su política y las más lacerantes contradicciones de un proceso de restructuración salvaje de los aparatos productivos que ha creado un nuevo bienestar para un sector de la población y al mismo tiempo ha ampliado los bolsones de pobreza y marginalidad social.
El malestar social ha desencadenado, entre otras cosas, un grado de violencia hasta ahora no visto en la sociedad británica. Stuart Hall, diretor del Center for Contemporary Cultural Studies, con sede en Birmingham, que se dedica especialmente al estudio de la cultura y subcultura juvenil, sostiene que para entender el por qué de la proliferación acctual de las bandas juveniles , y sobre todo de la criminalidad difusa basta visitar Liverpool y recorrer la ribera del Mersy, otrora pletórico de vida y que hoy está convertido en un espectáculo de desoloación y abandono verdaderamente angustiante. Un espectáculo que, por otra parte, se repite una y otra vez en casi todos los centros urbanos. Las grandes industrias han cerrado sus puertas y la ciudad ha perdido sus mejores fuerzas, las que han sido, claro está, obligadas a emigrar. Si la desocupación ha alcanzado niveles de gran envergadura (el 60% de la fuerza de trabajo activa) no menos considerable es el consumo de drogas y de alcohol. Sin embargo, agrega Hall, sería un error demasiado grave «leer» las nuevas agregaciones juveniles sólo en términos negativos. Si así se hiciera se estaría reduciendo una situación sumamente a un mero problema de orden público.
La protesta juvenil se manifiesta en formas metapolíticas que están relacionadas sin duda alguna con profundos y devastantes cambios en el mercado de trabajo: en una franja en la que están incluido los jóvenes de 14 a 20 años los sin trabajo son más de 660 mil sobre cerca de 2 millones y medio de desocupados totales. Pero también se vincula, y muy especialmente con un sistema político cerrado, sustancialmente impermeable en el plano cultural y organizativamente y que es incapaz de ofrecer salidas positivas a los fermentos juveniles, ciertamente caóticos pero no siempre únicamente destructivos.
Los jóvenes, como acabamos de ver, han sido particularmente afectados por la filosofía de vida propugnada por la «dama de hierro» y que podría expresarse en la siguiente consigna: «quien se arriesga es un héroe y quien es pobre debe convivir con el fracaso, captando todo el peso material y moral». Ante esta propuesta vital el nuevo lumpen inglés tiende a rebelarse, y cuando esto sucede la reacción se debe no al hecho de que está inspirado por valores de solidaridad sino simplemente porque el éxito predicado por los conservadores no llega a alcanzarlo también a él. Se trata entonces de una subalternidad cultural que es vivida no obstante en términos conflictivos y fuertemente agresivos.
La sociedad inglesa, ya no sólo el variado y fragmentado mundo juvenil, vive en la actualidad un preocupante proceso de barbarización cultural y social que ha llegado a afectar hasta las instituciones mismas. Que esto sea así lo demuestran las declaraciones efectuadas por el jefe de policía de Londres en las cuales propicia que se implementen nuevamente las penas corporales y en la obstinada propuesta, en el seno del partido gobernante, de la reimplantación de la pena de muerte. No está ausente tampoco el barbarismo político: la irrupción de grupos de derecha radical, cuyo programa puede ser reducido a la lucha por defender siempre y en cualquier lugar la independencia de la nación britátnica; es un fenómeno que no debe ser descuidado porque alimenta las tendencias xenófobas y las manifestaciones de intoleranci racial presente, es cierto, en una sociedad atravesada por profundas contradicciones sociales. El crecimiento de estos fenómenos va acompañado pues con la destrucción de cualquier forma o tejido de asociación pública.
Revalorización de la esfera pública
Quienes estén a favor de una sociedad dual, fuertemente polarizada, que expulse hasta la marginación a sectores cada vez más numerosos de la población para garantizar el bienestar de una franja cada vez más reducida de privilegiados, no debe desentenderse del costo que todo esto conlleva: pobreza extrema, marginalidad, delincuencia, desintegración social y barbarismo político. Por el contrario, quienes creamos en la necesidad de buscar alguna alternativa al individualismo económico y a la autosuficiencia familiar propugnados por los defensores de la «democracia de propietarios» deberemos proponer una revalución de la esfera pública en la vida social. Sin embargo, esta revalorización debe ir más allá de la reafirmación de las virtudes de las instituciones con las cuales hemos crecido sino que debemos encontrar una nueva base de cooperación ciudadana que refleje el interés común por una nueva calidad de vida y por novedosas formas de organización que garanticen la justicia y la libertad, tan fuertemente afectadas en los últimos tiempos. No puede ser otro el desafío de los socialistas.

Fuente: Ciudad Futura, n°20. Año 1989